miércoles, 10 de febrero de 2016

La venta de comida



La gente siempre ha sabido que en la familia somos unas calientes. La única herencia que nos dejó la abuela fue la de tener muchachitos antes de los dieciséis. Casi todas las mujeres de la casa, que somos seis, para cuando cumplen dieciocho ya tienen por lo menos tres chirices. Aunque siempre hay gente como la Claudia, que esa se fue más lejos. Empezó a los catorce y ahorita ya tiene tres nenes y una hembrita. Y eso porque algo le pasó en la matriz, si no estaría inundada de güiros. Y digo inundada porque cuatro niños es lo normal aquí en la casa, aunque yo solo tengo dos.

Pero eso de que supieran que somos unas calientes no quería decir que pensaran que éramos unas putas. Teníamos fama de buenas patojas. La abuela siempre dijo que había que ser mujer de su casa y quedarse con el mismo marido, porque si no, ¿Qué iba a pensar la gente? Yo ya voy para diez años con el Carlos. Siento que ya me aburrió, pero de vez en cuando salimos con los nenes, tratamos de hacer cosas diferentes, y no la pasamos mal. Lo mismo pasaba con mis hermanas, así que todas tenemos una vida más o menos estable, aunque durante mucho tiempo, nuestros maridos trabajaron en otros pueblos y no los veíamos mucho.

Ahora que lo pienso, la otra herencia que nos dejó la abuela fue un terrenón cerca del centro del pueblo, en el que todos construimos nuestras casas. Eso me gusta porque siempre estamos cerca y siempre se puede echar la mano a alguien que lo necesite y también pedir ayuda cuando hay clavos. Solo es de salir de la casa y tocar otra puerta, porque todos somos familia. Y los terrenos que están cerca, en general son de familias amigas de mi abuela y por eso todos nos conocíamos de toda la vida y eso estaba bien. Lo malo fue que hace unos años, en tiempo de vacas flacas, Don Octavio vendió su terreno, que empieza donde se termina el nuestro a mano derecha, y una constructora puso una lotificación de casas bien bonitas que estaban más o menos baratas, aunque eran chiquitías. Se vendieron rápido y cuando nos dimos cuenta, vivía cerca de nosotros mucha gente que nunca habíamos visto y a la que no teníamos ganas de conocer.

Justo por esos días, Roberto empezó a viajar mucho para la capital, porque había encontrado trabajo como camionero y le pagaban muy bien. Él me caía bien porque era de los pocos hombres que no habían buscado trabajo fuera. Siempre lo ayudaba a uno, y siempre andaba  contento. Se miraba que quería mucho a la Juana. Antes de su trabajo de camionero, tenían una aceitera en el centro y los dos trabajaban todos los días allí.  Cuando él decidió irse por lo del nuevo trabajo, vendieron el negocio. Yo pienso que ella también quería a su marido pero ya llevaban como catorce años juntos y de plano ya estaba aburrida y por eso no se puso tan mal cuando él ya no estuvo cerca siempre.

Lo que si pasó es que la Juana estaba acostumbrada al trabajo y cuando ya no tuvo que hacer, se deprimió mucho.  Una vez llegó a la casa y nos pusimos a pensar en qué ocupar nuestro tiempo porque ninguna de nosotras estaba trabajando y todos los patojos estaban ya en la escuela. Se nos ocurrió poner una venta de comida y llevársela a la gente a sus casas. Repartimos volantes, armamos un nuestro menú y mandamos a imprimir una manta vinílica que pusimos cerca de la calle para anunciar el negocio. Luego nos emocionamos mucho porque la gente de la lotificación empezó a comprarnos bastante.

Entonces empezamos a armar nuestra rutina. Lo que hacíamos era arreglar a los patojos y llevarlos a la escuela en la mañanita, e ir al mercado por las cosas que íbamos a usar. Luego regresábamos a la casa a preparar la comida y ya para el medio día salíamos con nuestros azafates llenos de comida en platos de duroport con tapadera y cubiertos plásticos dentro de una bolsita con su servilleta. Hablábamos un rato con la gente que nos compraba a veces, cobrábamos y regresábamos a limpiar los sartenes y ollas. Después de eso regresábamos por los patojos y les dábamos de comer. Por la noche revisábamos las ganancias y también lo que tocaba hacer el día siguiente. Era bien bonito porque todas nos turnábamos para hacer de todo y estábamos ganando un buen dinero. La mayoría de nuestros maridos se pusieron a la defensiva y Carlos, por ejemplo, me dijo que él era hombre suficiente para darnos de comer a todos. Pero ninguna hizo caso porque nosotras no estábamos para que nos dijeran qué hacer, y además el negocio estaba bonito.

Un día llegó a mi casa un negro que venía de la costa y que se llamaba algo así como Anderson. Era un hombrón de dos metros y que tenía como sus cuarenta años. Era un poco panzón y me fue a buscar porque quería que le vendiéramos comida por mes. Al parecer tenía algo que ver con la constructora y había comprado una su casita allí mismo, con lo que trabajaba en la administración toda la mañana y luego se iba a comer a donde vivía.  El lugar en donde había comprado estaba casi al final de la lotificación, así que le dije a la Juana que fuera ella a dejarle la comida. Nunca habíamos llegado allí pero ella quería hacer ejercicio, así que le iba a dejar la comida al Anderson y de paso caminaba un su poquito.  Durante un par de meses la Juana estuvo haciendo su recorrido y ya hasta se miraba más delgada porque decía que después de ir a dejar la comida, caminaba por el borde de la lotificación, para hacer más cardio, y se regresaba a la casa.  Roberto se había ido un mes a recorrer la capital, así que ella tenía más tiempo para hacer las cosas del comedor. Cada vez se tardaba más en regresar, pero se miraba más en forma y también más arreglada, así que todos pensábamos que estaba bien que hiciera sus cosas. Cuando Roberto regresó, la Juana no salió unos días de la casa. En cuanto los patojos se iban se encerraba con el marido. Por eso no nos extrañó que al poco tiempo nos dijera que estaba embarazada. Era su quinto muchachito, y aunque ya estaba algo grande y el resto de los patojos ya había crecido, estaba emocionada.

El nene nació un ocho de Junio. Roberto nos llamó del hospital para avisarnos la hora de visita y todos nos arreglamos para ir a verlos. Cuando entramos vi que Roberto estaba llorando. Le pregunté que qué le pasaba y solo me dijo que estaba muy feliz y que se había emocionado demasiado. Cuando entré al cuarto vi a la Juana también llorando, y a su lado a un muchachito que, aunque no era negro, tampoco era blanco como nosotras. Era un mulatito hinchado y gordo, con toda la cara de Anderson, aunque con la boquita de la Juana.
Al par de días salieron del hospital, con Roberto cargando al niño y abrazando a su mujer. A ambos los miraba con auténtica dulzura y parecía que se sentía un poco culpable. Nadie dijo nada del color del nene, al que la Juana le puso Andrés, y todos lo aceptamos como cualquier otro de los patojos.


No sé si Roberto vio alguna vez a Anderson, pero supe que a los meses de nacer el nene, vendió su casa y pidió que lo transfirieran a otro proyecto de lotificaciones. Nada cambió en nosotras y todavía tenemos el comedor, pero el resto de nuestros maridos dejó de trabajar afuera y casi todos pusieron negocios cerca de nuestro terreno. Lo único malo es que la gente que siempre nos tuvo por calientes, ahora a veces piensa que somos unas putas, aunque si uno lo piensa, igual la Juana se quedó con el mismo marido.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Mis vecinos


No recuerdo hace cuánto vivo aquí. Talvez uno, dos años. No puedo ser más específica ahora. Perdone. He tenido siempre esta habitación. También compartido el baño cuando el mío está averiado. Y eso pasa frecuentemente. Como yo, otras personas utilizan el baño general si el suyo no funciona. No los veo mucho, pero los escucho llegar a menudo, y a veces irse.
La primera vez que pasó algo, era tarde. No soy una persona con miedo. Ni ahora ni nunca. Mi baño no funcionaba y yo había vuelto cansada y con ganas de una ducha después del trabajo. Tuve que ir al baño general, como casi siempre en los últimos días. Mientras me duchaba, escuché un grito agónico, aterrorizado y largo salir de la habitación de los vecinos que estaban justo frente al baño. Me duché rápido, y mientras la ropa se pegaba a mi cuerpo, todavía húmedo, salí con cautela a ver qué había sucedido. Durante mi breve baño, escuché a una persona agonizando, y otra que asestaba golpes con furia, mientras farfullaba no sé qué cosas. En cuanto abrí la puerta, el ruido cesó. Pensé que a mi salida encontraría un camino de sangre y un cuerpo todavía moviéndose, pero no quería quedarme atrapada y temblando en donde estaba. Mi sorpresa fue que, al salir, la puerta de los vecinos estaba cerrada y el resto de la casa se encontraba en un silencio interrumpido solamente por el agua saliendo del grifo que, en la prisa, había dejado abierto al salir del baño. Regresé a cerrarlo, aunque seguía escuchando en mi cabeza los gritos desesperados de la persona que ya imaginaba muerta en el corredor. Al llegar a mi habitación, me cercioré de asegurar la puerta con el cerrojo, y me dormí casi inmediatamente, ya que sentía la cabeza a punto de estallar por las emociones de los últimos cinco minutos y el cansancio acumulado de ese día.
El siguiente sábado, me llamaron para cubrir a alguien en la oficina. Para variar, mi regadera seguía sin funcionar, así que fui a la comunal de nuevo. Me metí a la ducha, y tan pronto como abrí el grifo, sonidos de ultratumba vinieron de afuera como la vez anterior. Gritos similares y puñetazos hacían eco dentro del baño. No salí de inmediato como la vez anterior, pero cuando lo hice, mi vecino estaba recostado en el marco de su puerta, pues había terminado de barrer. Quería cerciorarme de no ser yo quien enloquecía y le pregunté si había escuchado los gritos que yo había oído hacía un momento. Me explicó que él era amante de los films de horror y suspenso, y que justo veía un fragmento de algo de Hitchcock mientras arreglaba su habitación, lo cual explicaba el terrible ruido. Le dije que había temido por mi vida, y le conté mi experiencia pasada, a lo que sonrió y me pidió disculpas por los sobresaltos. Le agradecí por confirmarme lo que pasaba, fui a mi habitación, me vestí para ir al trabajo, y, mientras iba de camino hacia allá, pensé que me sentía mucho más aliviada de no convivir con un asesino violento o un maniático obsesionado con infringir dolor, como había dado por hecho en la primera ocasión.
Después de esa explicación, se volvió más frecuente el oír gritos y golpes, que en ocasiones llegaban a mi habitación. A veces me asustaba, porque salían de la nada, pero ya no me sentía en peligro.
La vida siguió su curso, hasta hoy que salí del baño. Aunque esta vez no escuché gritos, una mancha de sangre se esparcía afuera del cuarto de mis vecinos. Me asusté y corrí a mi habitación. Sobre la cama se veía algo muerto. No sé qué es.  No quise tocar nada. Todo lo que hice fue gritar y encerrarme. Luego de eso, llamar a emergencias. La operadora me dijo que me calmara, que usted no se iba a tardar. Y de verdad agradezco que esté aquí.
De verdad perdone, pero créame que ahora no sé cómo explicarle por qué sobre mi cama no ve nada. No  entiendo tampoco por qué no hay manchas de sangre en el piso. No sé por qué nadie vive en el cuarto de mis vecinos. Siempre los he visto salir y entrar… ¡Por favor, no me diga que mi casa está desocupada! ¡Yo no vivo aquí sola! Le juro que he compartido el baño con ellos, y tengo miedo, ahora que han venido a dejar algo muerto en donde le he señalado, aunque usted no lo vea.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Don Nico


Don Nico tuvo suerte hasta de su nombre.
Estaba predestinado a cargar su debilidad hasta en el mote.
 - ¡Qué de a pomada que su nombre sea su vicio! - Le decía Justo, el de la tienda, cuando hablaban de su diminutivo, mientras hacía sencillo el billete de cincuenta con el que Don Nico pagaba por la cajetilla de veinte cigarros que compraba a las siete de la mañana en punto, y que se acabaría antes de las cuatro de la tarde. –Fijate patojo, que yo me enteré hasta hace pocos años de esa babosada, porque los hijos de la Noya me empezaron a decir Don Nicotina, y yo pensé que me estaban diciendo malcriadezas. Y les empecé a gritar “que son unos hijos de aquí y unos hijos de allá” maleducados por estarme mentando la madre. Y no mirás que en eso vino su mamá a decirme que la nicotina es esa cosa que hace que uno sea adicto del cigarrito, y ya nos matamos de la risa todos. Es que a veces uno es bien burro, todo por no saber, fíjate vos. Bueno, pues. Ay nos vemos. Regreso en la tardecita.- Y se iba, con el cadáver del cigarro colgándole de la comisura del labio, mientras le quitaba el seguro rojo a la nueva cajetilla, y cruzaba la calle para entrar a su casa.
El color amarillo de su bigote, el dedo índice y el medio delataban el humeante hábito de nuestro amigo.  Y si uno era lo suficientemente despistado como para no notarlo, el olor que se desprendía de su pecho al hablar, lo hacía. Cuando ponía el habla en movimiento, se podía percibir el traqueteo de impresora de periódico a punto de fundirse, subir por su garganta, mientras el dióxido de carbono que no moría en su aparato respiratorio salía con residuos de humo y hedentina a tostador quemado por la boca. Claro, eso y el hecho de que, mientras estaba despierto, un cigarrillo lo acompañaba a donde fuera, no dejaban dudas sobre que don Nico era un fumador empedernido.
El entorno había ayudado, debo admitir.  Las películas de los 50’s y 60’s que pasaban en los cines Roxy (antes de que fuera Tikal), Mundial, Capitol, y similares, habían dejado en él, como en toda esa generación que estaba naciendo cuando estalló la revolución del 44, el idealismo de ser un macho alfa que trajera revoloteando a féminas de todos los estratos (siempre y cuando estas fueran hermosas). Esto aunado a la aparición de  actores como Tony Curtis, James Dean, y Marlon Brando, (cuyos anuncios de cartón amarillento colgaban afuera de los establecimientos con letra Brush Script) que traían una sonrisa, la virilidad y un cigarro entre los labios, fomentó en gran manera la generación de los fumadores de más de sesenta que sobreviven a nuestros días.
La primera vez que (el por aquel entonces patojo) Nicolás Rubio probó un cigarro, casi se muere. Estaban metidos en el parque San Sebastián, controlando la ronda de policías, que debía pasar cerca de las seis de la tarde (un ratito antes del toque de queda), cuando Joaquín, otro patojo buzo de la cuadra, sacó de su bolsillo un cigarro. –Va, ahorita vamos a ver quién es hombre, pues.- dijo Roberto, a quién los 13 años y la voz de niña traicionaban su intento de parecer macho hecho y derecho. – Mtch, pero si nadie trajo fósforos- Dijo Nico, que estaba más nervioso porque lo viera la policía que por tragar humo, y que era también, el más conservador de sus amigos. - ¡Ay! Qué flor saliste, Nico. Ya sabía yo que no iban a querer, pero también traje carterita- Dijo Joaquín, extrayendo del otro bolsillo una carterita húmeda con tres cerillos. –Va, ¿Quién empieza?-  Saltó Roberto, con ganas de ser el primero. – Que empiece el Nico, así no se nos escapa de dar por lo menos un jalón-.  Determinó Joaquín, acercándose a ver la proeza de su amigo.
Nico estaba hecho un manojo de nervios. Al tomar la carterita de fósforos, se le resbaló y la tuvo que limpiar del lodo que había en el parque. El primer fósforo no encendió nunca. Sus amigos le hicieron casita para que no se le apagara el segundo, y, para evitar que arruinara el cigarro y el fósforo en el intento, Nico jaló todo lo que pudo de un tirón, con lo que el humo llenó su boca, garganta, ojos, y posiblemente, hasta su estómago. Debe haber sido la falta de filtro lo que ocasionó la catástrofe, porque lo siguiente que pasó fue que Nico tosió hasta vomitar. Sus amigos, asustados, trataron de sacarlo del parque, y prometieron que nadie iba a intentar otra vez fumar en su vida. Cuando don Nico se acordaba,  se reía hasta acordarse que el primero que había muerto de los tres había sido Roberto, de enfisema pulmonar. Entonces ya no se reía.
Con el tiempo, el cigarro se había vuelto su adicción. Cuando fumaba, las muchachas jóvenes del sector lo veían, y aunque la mayoría no eran como las voluptuosas diosas del sexo que en su imaginación atraía, había cantineado a más de una en su papel de Stanley. Cuando hacía esto, se recostaba en cualquier casa que estuviera cerca, flexionaba la pierna izquierda, apoyaba el zapato contra la pared, y veía a la joven en cuestión con aire de sufrimiento (o al menos eso le parecía a él).  El principio de los años setenta trajo a la vida y al paladar de don Nico el paraíso de los cigarros con filtro y los cigarros de sabores. La vida se pasaba entre el humo de los buses y autos pequeños, que empezaban a intoxicar los pulmones vírgenes de la ciudad capital, y los vapores que emanaban de los filtros que don Nico aspiraba sin cesar.

Al principio, fumaba un par de cigarros al día. Intentaba aspirar todo el humo posible, y expelerlo por la nariz, como en una cascada de niebla en la que su boca se perdía. Se ahogó muchas veces, pero por la fuerza de la costumbre, lo empezó a hacer con naturalidad. Intentó hacer trucos para impresionar a sus amigos, pero descubrió que el respirar el humo lo tranquilizaba, mientras que el intentar hacer figuras y piruetas con él, le desesperaba por el fracaso constante, así que dejó de tratar. Los inocentes dos cigarros por día rápidamente se convirtieron en 10, luego en 15, y así hasta llegar a las 2 cajetillas que se hacen humo a diario en los pulmones de don Nico.
Él, como cualquier fumador, concibe como una extensión removible de su cuerpo el cilíndrico y humeante objeto. El filtro se acomoda dentro de la boca como el neonato al pecho que le alimenta. Es el cigarro el que se alimenta del hombre, no al revés. Y cuando no está en la boca, el cigarrillo se adhiere al espacio que se le hace entre los dedos, lanzando punzadas de deseo que penetran por la piel y suben a través de las manos del fumador, instándole a que lo lleve a la boca de nuevo.
Antes, don Nico llevaba solo en los vellos de la nariz el olor a tabaco, pero con el paso del tiempo, este se ha acomodado en las cejas y el pelo que le sobresale de la frente, además de la ropa, los dedos y las uñas. El “Ya no fumés, que te vas a morir ahogado”, “el consumo de este producto es dañino para la salud del consumidor”, y las desgarradoras campañas que muestran personas que respiran por medio de un tubo que sobresale de un agujero hecho en la garganta por culpa del cigarro,  no amilanan a don Nico, que ve su vida pasar entre tardes que agonizan frente a su ventana y nubarrones del blanco fantasma que ha vuelto su esclavo eterno. A lo sumo, si responde a estas advertencias, se le ve negar con la cabeza y decir el habitual: -¡Ah, esas son charadas que les dicen para meterles miedo y hacer que compren tratamiento para cáncer y esas babosadas. A mí no me va a pasar nada de esas cosas con las que los ahuevan a ustedes, porque son patojos y mulas!-
Eso sí, todo el mundo en casa de don Nico sabe cuándo nuestro amigo acaba de despertarse. En cuanto su cuerpo se desprende del sueño, un quejido casi gutural huye de su pecho. Tose, como para echar a andar la maquinita de sus pulmones. Se sienta y sigue tosiendo. –Es el polvo- dice, aunque nadie le cree desde hace mucho. Mientras se acostumbra al aire libre de tabaco, sus manos preguntan a la mesita por los dos o tres cigarros que dejó para tener temprano. La carterita siempre dispuesta le regala un fósforo, que le alumbra la cara y chispea en sus ojos, mientras el primer cigarro le dice buenos días. Ya listo para enfrentar la mañana que se aproxima, se dirige al baño, saluda a los que encuentra a su paso, y busca el periódico. No falta quién se lleve las manos a la nariz para evitar el desagradable humo mañanero de don Nico. Pero ya está acostumbrado. Después de cepillarse los dientes, el segundo cigarro se prepara para adentrarse a la boca de don Nico, que por regla general, deja el primero a medias, para no sentir que fuma tanto. Este cigarro agota su vida frente a la ventana en que el viejito se acomoda cuando tiene tiempo para pensar. Miles de cigarros acaban como soldados derrotados, con la cabeza deshecha contra el marco de la pobre ventana, que se ha vuelto marrón a fuerza de suspiros y nicotina. Cuando come, un cenicero aguarda como centinela a que desaparezcan los sagrados alimentos, mientras una delgada columna de humo busca a nuestro personaje, enredándose en la silla y haciendo espirales hacia el cielo, como haciendo tiempo a volver a los pulmones de este amante del humo.
Claro que no todo es miel sobre hojuelas. Una vez se quedó sin cigarros. Un terrible 25 de diciembre, no abrieron las tiendas, y don Nico, acomodado a los horarios que mantenían esclavos a los tenderos, no pensó ni previno el desastre. No hubo quién le diera un pinche cigarrito. Si no hubiera sido por la poca higiene que su ventana mantenía, creo que nuestro amigo se hubiera muerto de la pura cólera ese día. Afortunadamente, su ejército de inválidos lo salvó. En la desesperación, don Nico pasó todo ese día pegado a la ventana, fumando chenca tras chenca, restaurando colilla por colilla, y viendo de vez en cuando hacia abajo, para ver si abrían y podía aliviar la terrible ansiedad que le dolía hasta en el pelo. De más está decir que no abrieron. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, don Nico esperaba impaciente a que la luz de la tienda se reflejara en otra cortina. En cuanto lo hizo, bajó como alma que lleva el diablo, y compró, no una, sino dos cajetillas, para no quedarse sin las provisiones de todo el día.

Afortunadamente, no se volvió a quedar sin cigarros. Ahora mismo estará en su lugar de guardia, viendo como las luces de los postes del tendido eléctrico parpadean antes de encenderse definitivamente. Un cigarro se irá consumiendo, mientras la ilusión de ser un fantasma revolotea en la cara de don Nico. Parece indio Cherokee, lanzando mensajes esporádicos que van desde su boca a la ventana, y se pierden antes de llegar al techo. Afuera, se encienden las luces de las tiendas, y la gente que vuelve de los trabajos se saluda sin verse. Los buses fuman diésel para funcionar, y Don Nico y la luz naranja de su boca hacen algo parecido. Mientras la vida del cigarro se consume, el viejito suma un día menos de vida. Si alguien ve hacia la casa de nuestro amigo, la sombra de un hombre que respira humo y recuerdos, y el parpadeo intermitente de una vida que ha pasado entre la niebla, se distinguen a través de una ventana en la que un cigarro muere, y el siguiente se prepara para agotarse entre un bigote amarillento.

¡Ay, vos!


Ay vos
¡Cómo me duele nombrarte!
afuera llueve
aquí dentro otro poco
Las cenizas del fin de domingo
se ensartan en los ojos
y es bien fácil llorarte.

Ay vos
la certeza del mañana
es esa que no llega nunca
la falta del futuro
me está quemando los ojos,
las ganas, la vida.

Ay vos
Salgamos, caminemos
que vos y yo somos sombra y charcos
yo soy todo lo que sobra
y vos, la tristeza de las tardes de frío.

Ay vos,
¡Cómo me dolés por dentro!
la falta de tu risa
la falta de tus ganas
cómo me duelo yo
por esperarte como idiota. 


domingo, 14 de diciembre de 2014

El señor Café

Otro día de despertar temprano... Dicen que no te acostumbras nunca a despertarte temprano. Es probable que sea cierto. Duele mucho. La alarma de mi despertador llora  sobre la almohada... 3:35 a.m. Debo apresurarme, tengo una cita...
Ya pasó una semana desde la primera vez que lo vi... Sin ojos, y café... Simplemente café. Rechina un poco cuando se mueve, aunque no se mueve mucho... Los barrotes no lo dejan. Se oye triste, pero me espera.
Mientras voy al baño, por una ducha, nada pasa, creo que aún estoy dormida... Me quito la ropa, y tampoco pienso en nada... El espejo también tiene sueño... Es muy temprano... Hasta la luz se ve cansada...
Me baño y ya con el agua corriendo sobre mi espalda, lo pienso... Pienso en él y en su cara triste, sin ojos y café. Me espera. Sé que ya estará afuera.
No creo que me persiga, pero me da curiosidad, me gustaría poder pararme y preguntarle por qué me espera, pero, tengo que ser honesta... Sé que no va a responderme. Me seco un poco, lo suficiente para no dejar mojada la ropa limpia que me estoy poniendo. Mi pelo cae en mechones largos y desordenados, y me apresuro a ponerle un poco de orden, mientras mi reloj sigue su cuenta regresiva, insinuándome que quizá llegue tarde. 4:23 a.m.
Salgo del baño, y atravieso mi pasillo... Por mi habitación cruzan algunas sombras, pero ya estoy acostumbrada. Mis pies se secan contra la toalla que está en el piso, me pongo las calcetas con un poco de asco, y veo el reloj. 4:32 a.m... Aun no es tarde. Una línea se dibuja en mis párpados para dar algo de volumen a mis ojos.. Me veo al espejo, mientras trato de encontrar los zapatos con los pies. 4:35 ... Salgo de casa, poniéndome los audífonos y subiéndole el volumen al reproductor. Tengo frío.  La cuidad tiene eco, creo que todavía es muy temprano...
Cierro la puerta y camino una cuadra. No hay basura, sólo hojas y la luz amarillo-enfermiza de los postes viejos. Giro, sobre la misma calle, y allí está.

"Buenos días, señor Café", me digo, mientras agacho la cabeza. El estruendo de la música suena dentro de mis oídos, mientras el señor café se mueve un poco para verme pasar, y el ruido avejentado de sus rodillas de madera resuena en mi cabeza. La tienda en la que siempre está parado aún está cerrada. Sigue triste. No puedo ver hacia arriba. Si descubro que tiene cara, no podré seguir caminando. Tengo miedo, eso es todo. "Hasta mañana, señor Café", me digo, apresurando mi paso, con frío, escuchando al señor Café a pesar de la música con la que intento no oirlo. Ya no cruje, pero sigo sin poder ver hacia atrás. 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Saber dibujar

-¿Qué si hubiera querido saber dibujar? Lisa y llanamente, Si.  Más qué pregunta, tómeselo como una aseveración. Pasa que es el más deseado de los talentos que no tuve… quizá más que el de producir dinero por montones. Vamos, que si alguien hace un dibujo de como se siente, o lo que quiera proyectar, a usted le falta echar un vistazo para que se sobrecoja su alma. Eso no pasa cuando uno escribe. Le cuento: Tendría quizá 6 años cuando la falta de luz para ese don me dio en la cara. Un dibujo de esos que se hacen a palitos, con dos formas, y una breve inscripción “Mami i Yeni”, un regalo que inició con la emoción de una sorpresa para que ella no estuviera tan triste de solo tenerme a mí y ya no a mi hermano, que tanta falta le hacía, y terminó con su risa y mi vergüenza… Ella reía, ¿sabe? A carcajadas, de boca abierta. Yo aún no puedo. Reír y negar con la cabeza y ya. Nunca supe si fue por los horrorosos muñequitos, o por la terrible ortografía… 6 años y no poder escribir ni un nombre… ni dibujar un muñeco a palos. Vea que eso quita las ganas, no sé si a cualquiera, pero a mí me da pena.

Y sin embargo, intenté de a mentiras, en las últimas hojas de los cuadernos forrados del colegio, esos que tienen  líneas azules. Y siguieron siendo los mismos palitos, la misma vergüenza de que alguien lo viera. Una vez dibujé un pato, con sus alitas y todo. Tenía hasta patas. Era bonito. Ése lo vio papá. Él no se rio. De hecho, lo vio muy serio, y preguntó si lo había hecho alguien más. Yo estaba hecha unas pascuas. Le dije muy ufana que no (nunca supo que me llevó casi tres horas de llorar y sudar porque no tomaba forma), él dijo que estaba muy sucio (y cómo no, si había pasado dos de esas tres horas borrando para volver a hacer las plumas). Era para él, pero tenía que saber qué pensaba antes de dárselo. Pensé que mejor no. Vuelta a la pena y a guardarlo en mi cajita de fracasos. Pienso en esa caja, y creo que tardó mucho tiempo en casa, hasta que tuve que limpiar mi habitación y todo se fue a la basura. Al menos, para cuando dibujé el pato, ya mi nombre iba bien. 

Pasó el tiempo y lo más que pude hacer fue un árbol, que no quedó tan sucio.  Ese no lo vio nadie, porque era para el colegio. Pensé llevarlo al concurso de dibujo, pero luego vi otros, y decidí que no más vergüenzas, no más pena, no más rabia, sobre todo, si solo eran unas ramas y unas cuantas hojas.  Ya para ese entonces, estaba muy triste, y no solo con los dibujos, ¿sabe? Y escribía porque era más fácil que hablar con gente. Escribí desde siempre, desde antes de los muñecos a palos. Mi abue decía que “se me daba” y guardaba todo. Cuando se fue ella, no encontré nada más que mis ganas de escribir que se juntaban con mis ganas de verla, y como lo último solo no se podía, todo lo que quedaba era escribir. Y era en verdad eso, porque alguien tiró mis hojas cuando ella ya no estuvo.  


Creo que está mejor dibujar, porque, para saber cuánto ha salido de mí, usted (o cualquiera), debe tomarse su tiempo, analizar, y no basta un vistazo para que sienta cuán triste estuve un abril, o qué tanto reí esa madrugada. Toma tiempo. Incluso un poema, de esos pequeños, que más parecen adivinanzas, requieren de cierta pericia; y es entonces cuando pienso que bien podría yo saber dibujar, y hacer, qué se yo, El Grito, de Edvard Munch, y decir a los gritos de un pincel cuán desesperada me siento, en lugar de aguijonearme con esta pluma, e ir de letra en letra, narrando risas y despedidas, y esperar, además de eso, a que usted se tome el tiempo a leerme completa. Y aun así escribo. A lo mejor ya los palitos emocionales que vengo arrastrando se convierten en Las Lilas de Van Gogh. A lo mejor, si le describo un amanecer que se rompe en el cableado de mi calle, mientras dos vagabundos intentan apoderarse de un trozo de plástico para que la lluvia no los escupa, en la acera de enfrente, cuando salgo de casa, con más miedo que dinero, usted entiende. A lo mejor a usted tampoco pudo hacer más que palitos.

 Disculpe si la respuesta fue larga.  La corta era Si, me habría encantado saber dibujar. Lo habría preferido.
Tal vez duela menos que escribir.-

domingo, 24 de agosto de 2014

Esperas


Tanto planear huidas

planes que se rompen
mares que se alejan
comidas que no llegan
abrazos incompletos 
besos perdidos.

Voy a estar aquí solo para que vengas 
Pero no tardes
las calles están llenas de cicatrices
de lluvias, de risas, de saludos y abrazos.

El sol cae, y las avenidas se llenan
de gente que no es nosotros
regresando a sus casas, 
caminando de la mano
aun sin amarse 
sin un Te amo 
que les corte los labios.

A veces, siento en los dedos el viento que rebota fuera
la noche triste, que aúlla, lejana;
no quiero más fantasmas que me besen la calma
ni dormir sin sentir en mi cama
el peso de tu espalda, tu respirar pausado.

Aquí estoy y aún te espero
a pesar de los planes que se rompen
y los mares que se alejan
a pesar de las promesas rotas 
y los barcos que ya nos hundieron.