lunes, 26 de diciembre de 2016

¿Qué hago con Mercedes?


Buena onda por venir, vos. Ya sabés que a vos te quiero un vergo y que sos como mi primero al mando, broder. Por eso te llamé. Sentate. Te voa contar. Pedite unas chelas en lo que platicamos aunque no sé cómo empezar, vos. No sé y lo peor es que ya estoy harto. Esta chingadera ya me tiene a verga, ¿sabés? Todo el tiempo ando en busca de sexo. De dónde meterla. De dónde venirme. A veces ya no sé ni lo que hago ni por qué.(Gracias por las cervezas, joven. Lo molesto con unos limones, porfas.) De verdad que yo quisiera estar solo con la Mercedes, pero a veces solo no se puede. 
El otro día, un mi cuate me habló de unos como moteles diferentes y me dio curiosidad. La cosa es que he ido. Y resultó que son la maravilla. Ponele, en la entrada, la recepcionista te cobra lo de tu parte del alquiler de habitación y entrás. Hay como una hilera de cuartitos con puerta de madera y  agarradores de metal de esos redonditos, ¿vaa? Son unas mierdas de dos por tres metros, pero lo que importa es que tienen cama. Hay cuartos cerrados, semi-abiertos, y abiertos. Los cerrados pelan la verga porque ya están ocupados. Lo deahuevo son los que quedan. Los que están abiertos por completo están vacíos y tienen la luz encendida. Los que están abiertos a medias son oscuros pero ya tienen gente adentro. Bien alegre la dinámica, vieras. Porque si vos querés, entrás a los que tienen la luz encendida, dejás la puerta abierta a medias, apagás el bombillo y te sentás o te desnudás o lo que se te dé la gana y esperás a que alguien más haya pagado y se quiera meter a donde vos estás. Va, y si querés, entrás a los que están con la puerta "entornada" y empieza el desvergue. Yo he probado los dos y prefiero los que ya tienen gente. Me da miedo quedarme en un cuarto solito y que nadie venga.
El primer ahuevón que me llevé es que allí no llegan mujeres, y  (Gracias por los limones, joven.) mi cuate no me había dado el dato. Pero vos sabés que yo le hago huevos a todo, y además ya había pagado mi entrada, así que me cogí al que estaba en el cuarto medio abierto al que entré.  Y todo de a huevo. Porque vos no sabés quién es ni qué hace ni cuánto gana. No le mirás el color de los ojos, ni la forma de las manos, ni las manchas que pueda tener en el cuerpo. Solo sentís como la energía de alguien que quiere pasársela bien y te dejás llevar. Lo malo es que (vos sos cuate, y por eso te cuento… no me mirés así)  aquel también quería hacer lo suyo, y yo no estaba acostumbrado.  Igual me dejé pero solo de a poquitos porque era nuevo.
Aunque no salí sufriendo de allí, pensé que no iba a volver. Pero soy un aguado, vos. Allí voy cada dos o tres veces por semana. Y es rico. Con el tiempo ya me fui dejando y ahora casi que solo yo soy quien recibe. No me mirés así. Es normal, mano. ¿O vos no se lo hacés a la Claudita? ¿Creés que ellas están hechas de otra cosa o que uno no va a sentir si le hacen lo mismo o qué? ¿Entonces? Dejá que te termine de contar por lo menos, pues.
La cosa es que sigo viendo a la Meches. La sigo besando, desnudando. Me la pienso seguir cogiendo. Y me siguen gustando las mujeres. De vez en cuando voy a los puteros también. A ver gente. Cuerpos. La gente es extraña sin ropa. Y cuando las veo, a las putas, pienso en volver a los moteles. Pienso en todos los cuerpos que he tocado, en todas las manos que han caminado sobre mi espalda. En todas las mordidas que debo de tener en ella. En las uñas que se me clavan en los muslos. Y prefiero imaginarme a la gente a verla. Y sentir que los lleno de mí y me llenan de ellos. Y dejar que se vayan sin saber mi nombre y sin enterarme de la forma de su nariz o de cómo crecen sus pestañas.
¿Pero qué hago con la Mercedes… Qué hago con esta desesperación, mano? ¿Con esta mierda? Pienso decirle en un par de meses que se case conmigo y ver cómo sale todo. A ver si teniéndola en la casa todo el día no pienso en cogerme a nadie más en cuánto salga. Deseáme suerte. Y si querés te paso la dirección del lugarcito este, o yo mismo te llevo. A lo mejor y te llevás la misma sorpresa y ya no me mirás con asco, cómo ahorita. Ay nos vemos otro día y gracias por venir, mano. Ya sé que te urge irte desde que te empecé a contar. Andate, no te preocupés. Yo pago.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Anecdioteces - Taltu y mi Teclado


Mami y papi tuvieron cuatro chicos y desde hace 22 años soy la paciente hermana mayor de dos de ellos que son 6 y 8 años menores que yo. Hace mucho tuve un hermano tres años mayor que murió en un terrible accidente y me dejó en el papel de (según mis papis) ser ejemplo y guía de los nenes, cosa que he hecho poco porque soy "la oveja problemática a la que suspendieron y casi expulsaron varias veces del colegio" de la familia.
Siendo honesta, es fácil tener paciencia cuando uno tiene por hermanos a dos estatuas. Pasa que los nenes fueron educados como robotíos y criados a punta de ver Mtv, novelas, Nick Jr, Nickelodeon y jugar Yoshi's Island en el Super Nintendo. Los nenes se quedaban sentados en el sillón en el que mami nos dejaba sin haber buscado algo con qué jugar y sin haber pensado algo que hacer aunque estuviéramos horas allí.
Eso no quiere decir que no fueran unos malditos. Mi hermana (El Taltu) tiene el increíble poder de ser una molestia cuando se lo propone. Y pasa que le gustaba ser una porquería conmigo frecuentemente y me delataba por todo lo delatable que encontraba. Cuestiones de competencia, me imagino. El nene siempre ha sido pacífico y más afín a mí, así que no me acuerdo de ninguna vez que nos hayamos peleado por nada aunque todavía mantenemos la práctica milenaria que hace nuestros vínculos hermaniles fuertes y sanos:  tirarnos mierda verbalmente cuando podemos.
También creo estar exagerando con eso de que mi hermana era un demonio porque mi único recuerdo relevante de nosotras peleando fue el altercado del teclado . Para las vacaciones del cole (de cuando yo tenía como catorce y ellos seis y ocho) teníamos acceso ilimitado a la consola de videojuegos y solo teníamos (yo) que tener la casa limpia,  los trastes lavados y en general todo en orden para cuando mis papis volvieran. Mami a veces dejaba comida hecha y había que calentarla y si no, nuestros menúes eran comidas fáciles como milanesa o cosas que se doran en tres minutos y que comíamos en la cama de mis papis para jugar en la tele de ellos.
Una vez, mami dejó una crema de camarones y pan para hacer con mantequilla de almuerzo. Calenté la crema y solo puse el pan (una tira como de ocho panes) en la mesa de comer en la cama y se los llevé al cuarto. Normalmente ellos comían sobre la cama y yo a los pies de ella porque quedaba más cerca el nintendo. Al rato de empezar a comer, sentí que algo me cayó en el pelo. Era una bolita de pan.  Luego vino otra, y otra y otra mientras yo trataba de comer. No les dije nada y tampoco me moví para no salir con mi orgullo herido del cuarto y decidí esperar a terminar de comer para sacudirme el pelo al patio porque pensé que se aburrirían. Sin embargo, como 10 minutos después, mi pelo estaba tan lleno de bolas de pan que tiraban una bolita y se caían otras. Los nenes, por supuesto, estaban muertos de la risa pero yo estaba empezando a sentir ira en la garganta. Cuando se les acabó el pan, el Taltu se levantó para ir a buscar pan viejo y yo decidí salir a sacudirme el pelo y de paso ir a mi cuarto a dejar que se me pasara el enojo.
Como dato paralelo, mami Tenchy (mi abue) me regaló a los nueve un teclado eléctrico de cuatro octavas que tuve durante mucho tiempo y que aprendí a tocar de una manera decente.  Normalmente practicaba mientras mis papis no estaban y siempre me sirvió para relajarme y para sentirme virtuosa en algo que al resto no le interesaba.
Al llegar a mi cuarto, puse el teclado en mi cama y lo conecté al enchufe que estaba a un lado de ella. Empecé a tocar la única canción clásica que me sé (Pathetiqué, de Bethoveen, a mucha honra) con los ojos cerrados (como una idiota, lo sé, pero lo hacía como cuando uno quiere probarse que se sabe dónde están las letras en un Keyboard).  Estaba en esas, cuando el Taltu (que supongo no encontró pan) llegó a subirse a mi cama a saltar. A saltar en los espacios que estaban entre el piano y yo, entre el cable y yo y entre el piano y el cable. Por supuesto que mi hermanita nunca ha tenido una excelente sicomotricidad gruesa, así que en uno de los saltos se enredó en el cable del teclado y al bajar se debe haber doblado el pie o algo porque se cayó de la cama arrastrando con ella el cable y mi teclado que crujió horrible en la caída.

Sentí las orejas calientes y sin que le hubiera dado tiempo a levantarse le pateé la espalda y la arrastré del pelo afuera de mi cuarto. Al cerrar la puerta le pegué con ella en la cabeza y le debo haber gritado algo pero no recuerdo qué.
Regresé a recoger mi teclado (Mi amado teclado) y vi que afortunadamente no se había dañado, sin embargo, las orillas de la base estaban medio quebradas pero la pantalla y las teclas funcionaban perfecto. 

Cuando vi que mi tesoro estaba a salvo, dimensioné lo que había hecho y me quedé en silencio. No escuché a nadie llorando. No había nadie hablando por teléfono. Cuando salí (ya sin coraje pero con miedo) vi que mi hermana todavía estaba hecha una piltrafa del pelo en el cuarto de mis papis y habian vuelto a jugar. Los dos me miraban como extrañados y creo que ese día se dieron cuenta de que yo no era tan paciente como pensaban.

Por alguna razón, mi hermana no le contó a mami. Supongo que sabía que tenía la culpa y que yo amaba a mi teclado con todo mi adolescente corazón. Además espero que haya aprendido que hay límites que no se deben cruzar. Uno de ellos es el botar el teclado de tu hermana mayor por estarla chingando.
El teclado se lo robaron de la casa de una amiga hace algunos años y no he comprado otro. Cuando se lo robaron ya no le servían algunas teclas (una vez el Taltu quiso sostener su cono de helado poniéndolo entre las teclas y mojó los contactos) pero todavía lo extraño.
No mantengo una relación cercana con casi nadie pero hablo con los nenes tal vez una vez al mes así que no hubieron daños permanentes y sí tuviera que volver a arrastrar a mi hermanita, creo que lo haría. Una vez le salvé la vida de esa manera pero ese es tema de otra entrada.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Anecdioteces - Cristina y Bárbara


Mis abuelos (mami Tenchy y Papi Iván (que en realidad es mi abuelastrito)) siempre han tenido casas de huéspedes. Me crie en una de ellas y mi infancia, aunque aburrida, estuvo llena de personajes interesantes: Un abogado que olía a cigarro como si se bañara en colillas y que estaba obsesionado con las procesiones, dos estudiantes universitarios guapísimos, el guardia de seguridad de una fábrica de dulces que nos llenaba la vida de chicles y del fuertísimo olor de su loción, muchas mamás solteras y algunos hombres que venían de algún departamento a trabajar al centro de la ciudad.

Durante algún tiempo también vivió en nuestra casa Cristina. Tenía como veinte años, enormes extensiones de pelo y uñas gigantes que parecían hechas para contrastar con su piel morena. Cuando la conocieron, mis hermanos (que son seis y ocho años menores que yo) la veían con una especie de miedo y yo con la curiosidad de mis casi quince años.
Cristina se llamaba en realidad Cristian y había venido aquí de Nicaragua (o tal vez era Honduras, nunca supe muy bien el país) para trabajar en un salón Unisex zonaunero. Salía temprano y llegaba a almorzar a la casa (mi abuelastrito le cocinaba). Por la tarde, mientras nosotros hacíamos tarea, ella veía sus programas de señoras desocupadas mientras comía yogurt o se pintaba las uñas.
Pasaron unas semanas para que nos acostumbráramos a su presencia pero sé que en algún punto comenzamos a hablarle. También en algún momento supe que se prostituía por las noches y que tenía una relación mega cercana con su mamá, a quien decía extrañar mucho.
Una vez la vimos inyectarse algún tipo de aceite en el pecho. Recuerdo que tenía moretes en toda el área y mientras se frotaba la piel, como para distribuir el líquido, nos contaba que “eso no hacía mal porque el cuerpo igual lo absorbía y solo había que volver a inyectarse”. En fin. Nos adaptamos a su presencia llena de cosas que no habíamos visto hacer a nadie (como ponerse pestañas gigantes con una especie de Super Bonder) y ella se acostumbró a nosotros, tres niños silenciosos que no hacían más que ver tele, jugar Nintendo o estar sentados todo el día.

Un día, Cristina llevó a Bárbara y a su voz ronca a la casa. Un amiguito de mi hermano, que estaba de visita, preguntó si era Norteamericana. Le respondimos que no, que era hueco. Nos reímos mucho. Bárbara si tenía implantes de pecho, era rubia, enorme y hermosa aunque no había podido erradicar de su femineidad el áspero timbre de voz que la delataba. A mí me parecía fantástica y la admiraba un poco aunque no me hablara mucho.

A veces veíamos a Bárbara y a Cristina salir de casa con minúsculos y despampanantes shorts y mi abuelo decía que muchas mujeres querrían tener el cuerpo de ellas. Ahora que lo pienso, desde que conocí a Barbara siempre quise tener el pecho justo como ella lo tenía, pero por cuestiones económicas aún no he cumplido ese sueño.

No recuerdo más anécdotas específicas con Cristina y Bárbara, pero de repente ya no las vi en ninguna parte y en su cuarto dejaron puesto el candado. Un día llegó la mamá de Cristina y se quedó a vivir un par de semanas con nosotros. Mi abue estaba esquivo por ese tiempo. Cuando le pregunté por Cristina, me dijo que lo habían lastimado, que andaba por la zona uno una especie de escuadrón de la muerte que ya había descontado algunos prostitutos y herido a muchos más y que la mamá de Cristian (fue la primera vez que escuché que lo nombrara de esa forma) estaba en la casa esperando a que su hijo saliera del hospital para llevárselo de regreso a su país . A Bárbara la habían matado.

Ahora vivo en otra de las casas de mi abuelo, siempre en la zona uno. Justo afuera, contra mi ventana, escucho a los prostitutos que eligieron mi cuadra como su área de operaciones. He oído que, más que prostitutos son dealers, pero sean lo que sean, es común que la gente les grite y los insulte cuando pasan en sus carros. Algunas veces me he despertado por el ruido que hacen cuando les pegan y también cuando ellos rompen vidrios de carros de gente que no les quiere pagar. La policía pasa con frecuencia pero nunca he visto que hagan nada por nadie.

Hoy vi el Hashtag #BastaDeTransfobia y pienso que sí.  Que estoy a pija de idiotas intolerantes como el que se llevó a Bárbara. A ella y a sus diechocho/diecinueve años. Harta de la gente radical que les grita a los dealers de afuera de mi casa que se mueran por huecos. Estoy harta de la gente común que decide odiar a la gente porque no se acomodan en sus patrones de vida.

En “Todo sobre mi madre”, película de Pedro Almodóvar, Agrado (un trasvesti simpatiquísimo) dice  que “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que soñó de sí misma”. ¿Qué requetemierda daño hace (me pregunto) que alguien no quiera quedarse con lo que la genética le dio?


Cristina vino aquí (nos dijo alguna vez) porque la gente era menos mierda que en su país con personas como ella. Para agradecerle la confianza, la regresamos con heridas de bala a la inseguridad de la que estaba huyendo porque se atrevió a no usar su cuerpo como venía de fábrica.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Las Aves

No recuerdo cuando fue la primera vez que traté de advertir a mamá y papá sobre las aves azules que nos estaban matando mientras emigraban de los pueblos fríos del Sur hacia la Ciudad Desierta, pero ahora ya no creo que importe.
Antes, cuando septiembre perdía sus últimos días en las hojas viejas que se arrastraban hacia octubre, veíamos a los pájaros pasar sobre nuestras cabezas mientras huían del frío. Entre los pueblos del Sur y su destino estaba nuestra ciudad. Por eso era normal que sintiéramos sus sombras goteando sobre la espalda y escuchásemos el cielo llenarse de su canto triste de fines de otoño. La fiebre y la tos nos acechaban durante ese tiempo y el médico del pueblo siempre decía que el cambio de clima nos estaba haciendo daño.
Uno de esos días, cuando pasaba por el parque al salir del colegio, me encontré con tres aves azules en una de sus bancas. Sentada a su lado, una señora (que veía de vez en cuando por ser amiga de la abuela) se protegía del sol con una sombrilla. Con la mano libre sostenía algunos mendrugos de pan con los que pretendía alimentar a las palomas. Los pájaros la veían con atención mientras ella trataba de desmenuzar el alimento con la única mano disponible, y estaban tan cerca que casi rozaban su falda cuando ella dejaba caer las migajas, aunque casi no las tocaron. Me quedé parado frente a ellas un rato, asombrado de sus picos pequeños y del azul profundo de sus plumas. Recuerdo que al regresar a casa, sentía los ojos brillantes de la emoción y un poco de picazón en la garganta.
Dos o tres días después, la señora de la sombrilla ya no pudo salir de casa y menos alimentar a las palomas. Cuando hicieron sus servicios funerarios en la iglesia, la abuela nos llevó a mi hermana y a mí para que la acompañáramos. Cuando me asomé al féretro, noté que la señora tenía las puntas del pelo y los bordes de las uñas de un tono azulado que no le había visto antes.
El año siguiente, un grupo de pájaros se quedó a visitar nuestra parroquia. Le conté a mamá. Dijo que ella también los había visto, que se veían lindos sobre el alfeízar en que se habían guarecido y que le daban algo de luz al pueblo. Justo por esos días, el párroco y dos feligreses ya no pudieron abrir los ojos por la mañana y partieron al cementerio con gotas azules en las uñas, como la señora del parque. Mamá dijo que era inevitable porque el pueblo estaba lleno de gente que ya no podía hacer nada más que acumular polvo bajo sus pies. También dijo que vivíamos en un pueblo de viejos y que debíamos pensar en mudarnos. Papá estuvo de acuerdo con lo de los viejos, aunque se negó rotundamente con el tema de la mudanza. Dijo que su familia estaba aquí y que no podía dejarlos. Que su mamá y papá eran mayores y que lo necesitaban allí. Que iban a esperar a que ellos faltasen para que pudiésemos irnos.
Al principio me dio mucha tristeza pensar en dejar a los abuelos, pero no quería morirme azul, así que para evitarlo dejé de pasar por la parroquia mientras los pájaros estuvieron sobre el tendido eléctrico y le pedí lo mismo a mi hermanita. Fue un alivio ver que un par de semanas después, los pájaros continuaron con su ruta.
Desde ese año, cada vez son más las aves azules que se quedan unos días en el pueblo. Y con cada otoño que pasa, menos gente queda en las casas. El año pasado, mi hermana quiso pasar un rato con ellas. Se quedó en el parque un viernes después de clases, y como el lugar estaba casi vacío, fue natural que los pájaros se acercaran. Los correteó toda la tarde y también les lanzó piedras pequeñas para que volaran. La fiebre acabó con ella unas semanas después. Mientras estuvo enferma yo traté de insistir con el asunto de las aves, pero mamá no quería escucharme, y la mirada triste de papá solo me suplicaba silencio. El médico dijo que los pulmones de mi hermana eran muy débiles, y que era un milagro que hubieran resistido el viento de los inviernos pasados. Nadie
preguntó por qué sus párpados estaban del mismo tono azul de las uñas de los demás que enterramos por esos días pero yo no tenía ánimos para preguntar nada.
Hablé con la abuela cuando me sentí menos triste y ella dijo que también sentía que las aves querían acabar con nosotros para quedarse con el pueblo, como había pasado antes con la Ciudad Desierta. Me pidió evitarlos y dijo que ella haría lo mismo mientras cuidaba del abuelo. Fue una lástima que no pudiera cumplirlo, porque murió este verano mientras dormía, así que mamá tuvo muchas razones para creer menos en mi teoría y sobre todo, para afirmar que era el tiempo y el paso del otoño lo que estaba acabando con nuestros vecinos.
Cuando la abuela murió, el abuelo se quedó solo y papá decidió que nos mudáramos a su casa. Papá y mamá no le hablaban mucho porque no les gustaban los ancianos. Desde la muerte de mi hermana, a mí tampoco me prestaban mucha atención, así que decidí que nos haríamos compañía. En los siguientes meses, al volver del colegio lo encontraba sentado en la cama viendo el cielo a través de la ventana, así que me quedaba un rato en la puerta de su habitación, y hablábamos de mis amigos, de las noticias que de vez en cuando llegaban al pueblo, de la abuela y sobre todo, del miedo que ambos sentíamos porque se acercaba la época en que los pájaros azules tenían que emigrar a la Ciudad Desierta.
Un día de finales de septiembre salí temprano del colegio. Llegué a casa y subí a la habitación del abuelo de puntillas, creyendo que dormía. Él no estaba, pero en su lugar encontré a mamá de pie sobre la cama, tratando de llegar a la ventana para colocar algunos trozos de pan. Salí de casa sin que nadie lo notara, tomando unas monedas que estaban cerca de la mesa de la sala y decidí ir a la panadería antes de volver a la hora del almuerzo. Compré un par de panecillos, que escondí bajo mi camisa y regresé a casa.
Al entrar, me dirigí nuevamente a la habitación del abuelo. Esta vez sí estaba. Entusiasmado, me contó que mamá lo había convencido de salir un rato al jardín, antes de que el invierno y las aves llegaran. No hablamos mucho porque llegó mamá y nos pidió que estuviésemos listos para comer, porque papá también había llegado temprano.
Mientras comíamos y hablábamos del día, pedí permiso para ir al baño, diciendo que me sentía mal. Mamá dijo que no me tardara. De camino al sanitario, me desvié a la habitación de papá y mamá y dejé algunos pedazos de pan en la ventana que estaba sobre su cama. Pasé al lavabo a humedecer mis manos y regresé a la mesa.
Al terminar de comer, intenté ir a quitar el pan de la ventana del abuelo, pero mamá estuvo con nosotros el resto del día y no pude escabullirme. Por la tarde, el cielo se llenó del canto de otoño de los pájaros y supe que el abuelo estaba perdido. Antes de ir a dormir, pasé a decirle buenas noches. El canto ahogado que entraba por su ventana me hizo abrazarlo, para luego salir con el corazón encogido por la pena y el miedo. Lo enterramos hoy, con muchos otros ancianos que tampoco soportaron el frío.
Al volver del cementerio, cuando papá tomó mi mano, noté que tiene algunos puntos azules. Empecé a llorar. Extrañados, papá y mamá me pidieron que me calmara, y me explicaron que el abuelo ya estaba viejo y que esas cosas pasan. Mientras intentaban hacer que dejara de llorar tomé las manos de mamá, que están blancas y tersas como siempre.
De regreso a casa, mamá y papá hablaron sobre mudarnos pronto. Mamá dijo que desde hoy dormiré en la habitación del abuelo, porque la mía no se ventila lo suficiente. Mientras oigo a papá toser y trato de pasar mis cosas, me pregunto si podremos mudarnos antes de que mis azules amigos vuelvan a chocar sus alas contra mi ventana.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Granos de Café



Lo que más recuerdo de la abuela es que, cuando yo era pequeña, ella solía darme granos de café mientras desayunaba, aprovechando que mamá estaba ocupada. También recuerdo que en casa todo el mundo contaba que la abuela nació oliendo a café y que, en cuanto pudo caminar, aprendió a subirse al regazo del bisabuelo para oler su café de las mañanas. Algunos años después, cuando él llevó a casa algunos granos para que los probaran, al tocarlos ella le dijo que iba a romperse una pierna. El bisabuelo se burló de la ocurrencia pero se acordó del aviso cuando dos días después, metió el pie en una zanja y lo entablillaron un par de meses para que se recuperara. A pocos días del accidente, la bisabuela también le dio algunos granos a la abuela y de esta manera descubrió que sería madre en menos de un año. Con el tiempo, la abuela descubrió que podía ver lo que a la gente le iba a pasar en el humo del tabaco y en las palmas de la mano y fue así como la casa en que vivo fue conocida durante mucho tiempo como la de la bruja.
Pero eso fue hace mucho, porque la abuela decidió dejar de ver el futuro cuando empezó a sentirse muy enferma. Dijo que la gente le robaba energía, que no quería desperdiciarla en otras personas y ya no quiso leer el café ni la mano ni el humo de nadie. La última vez que la abuela pudo ver el futuro fue cuando nací, porque tocó mis manos y dijo que yo también podría leer el café. Mamá y papá nunca han creído en esas supercherías, pero el comentario hizo que en casa dejaran de tomarlo.
Cuando crecí, la abuela se dio a la tarea de dejarme granitos de café cada vez que podía. Lo malo es que yo no podía ver el futuro de nadie con ellos. Solo sentía oscuridad y frío cuando los tocaba. Además, veía un espacio vacío y profundo que me hacía sentir náuseas como cuando íbamos a los juegos mecánicos de las ferias y al final vomitaba. Después de algunos intentos en que el resultado seguía siendo el mismo, la abuela me pidió que guardara todos los granos en un botecito que ella me había dado cuando era pequeña y me dijo que en unos días conseguiríamos mejor café para ver lo que le pasaba a la gente.
El primero de noviembre, fuimos, como todos los años, al cementerio. La abuela me pidió que llevara los granos de café. Mi hermano llevó su bicicleta y papá y mamá comida y flores. Como estaban ocupados limpiando las lápidas de nuestro mausoleo, mi hermano pidió permiso para andar un rato en la bici y yo dije que estaría viendo las flores que estaban plantadas cerca. A ambos nos dijeron que sí. Fui a la parte de atrás del mausoleo y empecé a escarbar para meter los granos de café de uno en uno, siguiendo las instrucciones que la abuela me había dado. Cuando me faltaban como cuatro, papá llegó y quiso saber qué hacía. Le mostré lo que tenía en la mano y llamó a mamá con un grito espantoso.
Cuando ella llegó y vio lo que tenía en las manos, me preguntó con los ojos llenos de lágrimas y miedo cómo había conseguido lo que estaba sembrando. Le dije que la abuela me los había dado. Papá preguntó si sabía qué era lo estaba tocando. Respondí que café. Papá tomó uno de mis granos, el que tenía un  borde brillante, y me dijo que lo que tenía en las manos eran dientes. Mamá dijo que no eran solo dientes, porque el que papá sostenía era un diente de oro que había estado en la boca de la abuela.
Aunque tenían miedo, ambos estuvieron de acuerdo en que era mejor dejarme enterrar los dientes, aunque yo decidí guardar la lata y uno de mis granos de café sin que ellos se dieran cuenta. Al terminar, regresamos a ver las lápidas y mamá me pidió que rezara en la tumba de la abuela porque eso la ayudaría a descansar en paz.  Papá no quiso estar con nosotros y fue a buscar a mi hermano. Volvió pronto porque mi hermano se había caído y venía de regreso a contarnos. Ese día hablamos mucho sobre la abuela y papá y mamá quisieron saber desde hacía cuánto que la veía y cómo estaba ella, aunque mi hermano apenas si se enteró porque estaba ocupado limpiando las heridas de sus rodillas.
Por la noche, mi hermano llegó a mi habitación como hacía cuando se sentía triste o enfermo. Me mostró su boca, todavía lastimada por la caída y vimos que uno de sus dientes se había aflojado. Me pidió que se lo quitara. Cuando lo hice, vi que él iría con papá cuando se accidentara el año siguiente. Preferí no decirle nada y luego de calmarlo, regresó a dormir y yo intenté hacer lo mismo, aunque un frío inusual que parecía venir desde mis huesos no me dejó hacerlo pronto.
Esa noche soñé que la abuela estaba frente a mí y parecía molesta. En sus manos tenía el botecito y lo movía, haciendo sonar el diente que yo había guardado. Me desperté con el botecito en la mano y el mismo vértigo de cuando tocaba el café por las mañanas.
 El sueño se siguió repitiendo en las semanas siguientes. La imagen de la abuela ya no me daba tranquilidad como antes. Su rostro parecía distorsionado cuando me acercaba y su boca se abría dejando escapar gritos que hacían que me despertara llorando. Dejé de comer porque en las mañanas encontraba largos cabellos blancos en mi plato de desayuno. Intenté no dormir para no soñar con ella, pero en cuanto caía rendida, veía sus ojos negros brillando de ira y sentía el diente rebotando dentro del botecito.

Cuando entendí que ni ella ni yo podríamos descansar si no enterraba el último de los granos de café, decidí pedirle a  papá y a mamá que me llevaran al cementerio. Al llegar, mientras ellos y mi hermano ponían flores en las tumbas, enterré el último diente lo más pronto que pude y guardé el botecito. Regresé a hablar con la abuela y le pedí que descansara y que me dejara comer y dormir. Nuestra visita no duró mucho y recuerdo haberme dormido en el carro, y desde entonces ya no sueño con la abuela, aunque después de esa visita, a veces, cuando despierto, siento en mi habitación el aroma de los granos de café. También guardo conmigo el botecito, que se ha ido llenando de largos cabellos blancos que mi abuela me deja cuando viene a verme dormir y no quiere despertarme. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Mamita .

Hola, mamita. Te he extrañado. Por eso vine a verte. Porque me gusta como hueles . Siempre a limpio. Aún aquí, que todo huele a árboles altos y al silencio de las calles, huele más a tu perfume cuando me acerco a tu rectángulo. Vengo aquí a pensar en tu pelo corto, tus manos gordas. También vengo porque me gusta cuando me respiras en el pelo y las dos olemos a mi shampoo. Porque quiero que me rasques la espalda. Que me dejes acurrucarme en tu pecho. Quiero que te pongas esos polvos que flotaban en tu cuarto. Tengo ganas de ir por esos helados que encontramos aquel día que nos perdimos, ¿te acuerdas?  Ya no los volvimos a encontrar ni mami ni yo. Y salimos varias veces a buscarlos. Creo que era parte de tu magia. Encontrar cosas para que fueran solo tuyas y mías.
A mami no le gusta que vengamos. Papi también dice que ya no lo vamos a hacer. Que luego me pongo muy nerviosa. Que luego me pongo muy triste. Ellos no saben que yo quiero quedarme. No saben que lloro porque no quiero regresar a la casa, porque allí no estás. No saben que siento que te sales del rectángulo duro en el que te metieron y en el que tu nombre está como borroso, y que por eso cuando estamos aquí hablamos mucho.
Ellos no saben que todavía siento cómo hueles. ¿Cómo puedes estar muerta si cuando sales, todo huele a tu perfume? ¿Si cuando te hablo, oigo tu respiración suave, cómo antes de que te enfermaras? Ellos no saben nada. Ellos solo quieren que tú estés lejos, cómo cuando estabas en el hospital, y siempre tenías los ojos cerrados, y cintas de zapatos que salían de una computadora y se metían a tu nariz.
Ya sé que no hay que decirle nada a mi mami, que ella siempre piensa que necesito ver al doctor. Ella siempre piensa que me voy a poner malita. Así les dice a los locos. Por eso dice que no hay que venir a verte.
¡Pero tenemos que venir, mamita! ¿Quién te va a cantar si yo no vengo? Papi dice que él te va a seguir trayendo las rosas blancas y amarillas que cuidábamos en el jardín, para que no te sientas solita, y que no es necesario que yo venga. Pero nadie te va a cantar aquí. Nadie te va a decir que te quiere. Por eso vengo... Para que te alegres, como yo, cuando estoy contigo...
Bueno, ya me voy, mamita. Ojalá me vuelvan a traer. Ojalá volvamos pronto. Ojalá pueda volver a sentirte respirando en mi pelo, y que las dos volvamos a oler a mi shampoo.


domingo, 2 de octubre de 2016

Anecdioteces.Conejos


Quería empezar mis anecdioteces con la historia de la vez en que (a los dos meses) mami Tenchy (mi abue) y mami me llevaron a un rito de gallinas negras. Pero pasa que del hecho no tengo nada en concreto .Solo la historia de yo siendo un bebito asistiendo al sacrificio de unos animales del color de la noche. Luego pensé contarles que soy un aborto octomesino. Nací una madrugada luego de un coraje y no he sido alguien de darle muchas alegrías a mis papis casi nunca, así que mi nacimiento fue coherente.  Mis historias de nacimiento y primeros meses de vida no son la gran cosa. Vengo de una familia bastante común, aunque la mamá de Papi Iván (mi abuelastrito) leía el tabaco y el café y a veces pienso, un poco con miedo, que vivo en casa de una bruja. No he vivido todo el tiempo aquí y ese es tema de otra entrada, pero basta decir que en esta casa tuve mi primer contacto con los conejos.

Cuando era pequeña, Papi Iván me traía de vez en cuando. En ese tiempo, su hijo hacía cuadros y proyectos artísticos así que el lugar era una especie de casa-galería. Tenían un de ama de llaves que al parecer tenía mucho tiempo de vivir en la casa y ella tenía conejos. Mientras mi abuelo hablaba con ellos, yo me quedaba en la terraza, viendo a los animalillos. Con el tiempo, dejamos de venir pero siempre quise tener un conejo que me quisiera como yo los quería a ellos.
Al empezar mi pubertad, unos tíos nos regalaron, a mis dos hermanos y a mí, un conejo de ojos rojos. Se llamaba Lalan (para hacer corto Ah la lan Puta, como le decía mami cada vez que lo veía). Era un conejo huraño y poco adorable, pero lo queríamos. Como un solo conejo no puede dar tanto amor ni repartirse entre 6 manos, en menos de un par de meses vino otro. Manchitas. Así, cada uno de mis hermanos tenía uno. Pero yo necesitaba amor, comprensión y ternura y sobre todo, no tener que compartir mascota. Así que un día mama Juana (la mamá de mami) me regaló a Pelusa, una coneja de ojos y orejas negras con manchita en el lomo a la que quise mucho. En casa de mis papis había una especie de galera, así que allí dejamos a los animales estar a su antojo. Pocos días después de traer a Pelusa a la casa, nos dimos cuenta de que estaba embarazada. En menos de un año tuvimos treinta y siete conejos en casa y estábamos más felices que Roxanna Baldetti en tienda gringa. Mis papis no tanto. Mis hermanos (de 7-8 años por ese entonces) jugaban a casarlos, haciéndoles velos y corbatines con papel higiénico y yo tenía que ir a veces por bolsas gigantes de hojas de repollo y otras verduras para que comieran. Un día, cansados de los hoyos del patio, del gasto de alimentar a tanto conejo y de la cantidad de popó que los animalitos hacían, mami y papi decidieron llevarse a casi todos nuestros animales, excepto por un par (machos y gays)  a casa de mama Juana.
Como visitábamos con frecuencia a nuestros abuelos, también veíamos con regularidad a los conejos, aunque yo empecé a notar que cada vez había menos. Al comentarle a mi abue, ella dijo que era porque estaban haciendo madrigueras. Una tarde de domingo, en que hicieron un pollo en salsa verde, mi hermana (que siempre ha tenido fama de ser Manos de mantequilla) regó un vaso casi lleno de refresco. Tenía que limpiar y para ello necesitaba el trapeador que estaba en la parte de atrás de la casa de los abuelos, colgado en unos clavitos que estaban en la pared. Iba rumiando la torpeza de mi hermana cuando estiré la mano para tomar el trapo, pero para mi sorpresa me encontré de frente con una piel de conejo con una mancha en el lomo. Le grité a mami para que viniera a ver lo que yo estaba viendo. Cuando llegó, entre risas, me preguntó qué pensaba que había comido. Uno de los días que más roto he tenido el corazón fue ese, que supe que me había comido a mi propia coneja y amiga en un estofado y que los conejos que faltaban también habían sido nuestro almuerzo los domingos anteriores.
Los conejos que quedaron en casa eran muy promiscuos. Tanto que en una de sus carreras para ver quién sodomizaba al otro, uno de ellos acabó sin pene a causa de una mordida, y murió horas después, entre las láminas de la galera. El que quedó era una basura de animal y (además de cogerse todo lo que encontraba) marcaba territorio a cada rato, dejando la casa (una vez incluso a mami) impregnada con su fuerte y característico almizcle. Ya no recuerdo que pasó con él.
Lo cierto es que siempre me han gustado los conejos. Sofía (mi hija) tuvo una coneja que nos duró dos días y se llamaba Princesa Chipe. Luego un conejo gris hermoso que se llenó de ácaros y estuvo unos meses con nosotros. Infinidad de mascotas han pasado por mis manos y he hecho que casi todas me laman porque tengo debilidad por las lenguas de los mamíferos y no me da pena admitirlo.
Hace unas semanas encontré, al ir a desayunar con un buen amigo, un conejo Cabeza de León en una venta clandestina de animales. Fue amor a primera vista, así que la compré. Tomé las fotos respectivas, compré los enseres necesarios, limpié lo mejor que pude para que estuviera cómoda y le puse Moll Flanders, como la prostituta de la novela de Defoe del siglo XVIII. Ella murió ayer, víctima de un paro cardiaco ocasionado por una diarrea.  Y me dejó con el corazón destrozado. Por muchas razones no estoy mucho tiempo en casa. La coneja pasaba encerrada en mi habitación casi todo el tiempo. Hace un rato, justo antes de decidirme a escribir esta anécdota, escuché sus patitas hacer el ruido característico que los conejos hacen cuando huyen y la busqué por inercia. Lloré hasta que todo el dolor que sentía en el pecho subió a mi cabeza. Lo malo de que algo habite un espacio tan pequeño es que se impregna en todo. Aquí está todavía su plato de comida y su agua pura. Su cepillo y la almohada en que dormía. El arnés que le compré para cuando fuéramos al parque. Aquí están también mis ganas de quererla que se quedaron a medias porque no me dio más tiempo para hacerlo.  Siempre me han gustado los conejos y siempre ha sido muy doloroso cuidarlos, pero ha valido la pena.

Creo que la culpa la tiene esta casa, que me enseñó desde hace mucho que el cariño y el dolor de la pérdida habitan a veces cuerpos muy pequeños y que desde siempre me ha dejado con las ganas de ser un conejo, para ser hermoso y morirme pronto.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Para ser puta se necesita suerte


La primera vez que se me ocurrió, nadie hablaba muy en serio. “Igual y siempre nos va a quedar la prostitución” dijo una amiga cuando hablábamos de nuestros problemas económicos. Todas reímos y nadie se atrevió a seguir el tema, pues todas sabíamos que incluso cuando parecíamos fáciles, cobrar por cogerse a alguien estaba fuera de los límites de la fingida decencia de cualquiera de nosotras.
Otro día, menos lejano, en el trabajo, alguien volvió a decir lo mismo. Hablamos y reímos, mientras divagábamos entre los pros y contras de ejercerlo para ganar dinero. -Al fin y al cabo, ustedes dan las nalgas de a gratis. Deberían empezar a considerar poner por lo menos una tarifa-. dijo alguien. Volvimos a reír pero la idea se quedó rebotando en mi cabeza el resto del día.
No era que me faltara el dinero. Quiero decir, tampoco me sobraba, pero podía vivir una vida decente con un trabajo medianamente remunerado. Pero la soez idea de prostituirme, de recibir dinero por el simple hecho de dar sexo, me picaba en las sienes, en la boca, se extendía por mi espalda y me vibraba en los muslos, produciéndome ganas de intentarlo por lo menos una vez, para ver qué se sentía.
Empecé a buscar en clasificados. "Damas de compañía" leía en todas partes, pero eran todos "empleos" que empezaban cuando yo aún debía estar en el trabajo. Yo quería una vida oculta, no una ocupación de tiempo completo. Además, pagaban poco.
Siempre creí que se podría obtener más dinero a cambio de la satisfacción que podría ofrecer mi cuerpo, pero supongo que mi escaso metro sesenta y los residuos de grasa que se acumulaban un poco en torno a mi vientre y piernas no me hacían digna de ganar más que unos cuantos miles al mes. -Ni modo- Me dije. -Hasta para ser puta hay que tener suerte-. Dejé de buscar en la prensa y de pasar por los burdeles a los que iba a preguntar en horas de la mañana (por estar menos concurridos), ya que en todas partes requerían horarios fijos de martes a domingo, o por lo menos, estadía permanente en sus instalaciones.
No pensaba tampoco salir a la calle y esperar a que me recogieran porque me daba miedo y vergüenza que alguno de mis amigos (que vivían en áreas cercanas a la mía) viera en qué estaba yo invirtiendo mi tiempo libre.
Así que me resigné a pensar como algo muy lejano el cobrar por erectar a cualquier persona y recibir remuneración y placer al mismo tiempo. Sin embargo, una tarde que regresaba del parque al que voy a caminar cuando me siento aburrida, un Tercel verde, que venía en sentido contrario hacia donde yo iba hizo parpadear sus luces, mientras la ventana del lado del copiloto bajaba con la ayuda del interruptor automático. Un tipo simpático con gorra blanca, a manera de saludo me dijo: -¿Te llevo?- Pensé que allí estaba mi oportunidad. Le sonreí lo más seductoramente que pude, y le pregunté:- ¿A dónde me quiere llevar?-A donde querrás, linda- me dijo, con actitud ganadora. ¿Quiere coger? Le pregunté, tratando de que mis nervios no me delataran, y sintiendo como se agolpaba la sangre en mis mejillas. Pareció confundido y me vio con atención mientras su lengua le humedecía la boca. -¿Cuánto cobrás?- me preguntó un poco avergonzado. ¿Cuánto tiene? le dije, tratando de parecer ducha en el arte del regateo. ¿Te vas por un par de cienes? me dijo. No le contesté nada y me subí a su carro. Me besó la mejilla. Preguntó a dónde íbamos. Le dije que a unas cuantas cuadras, había un auto-hotel que me parecía bien. Pasó a la farmacia. Esperé mientras el corazón galopaba lejos de mi cuerpo y mi conciencia bajaba las persianas para no verme. Vi el interior del carrito mientras discretamente confirmaba que mi cuerpo oliera bien. Regresó y continuamos nuestro camino.
La lona que tapaba la entrada del auto - hotel ensució un poco el vidrio delantero. Bajamos del carro y me tomó de la mano. Me sentía verdaderamente nerviosa. Entramos a la pequeña habitación y puso cerrojo.  Así de pobre era el lugar al que nos habíamos metido.  "Igual te has ido con tipos a los que ni conocés y sin ganar ni un centavo" me seguía repitiendo. Entré al baño mientras él se acomodaba en la camita imperial. Por si las moscas, lavé lo necesario para hacer el trabajo. Salí y él ya estaba casi desnudo. Me quité la ropa en el acto. -Sin besos en la boca y el dinero por adelantado- le dije, porque había escuchado en no sé dónde que eso no se hace si eres prostituta. Sonrió mientras me acercaba. Rompió el empaque de los condones y dejó el dinero en una mesita de noche que había cerca de la cama, mientras me tocaba. El corazón me estallaba en los oídos. Me empecé a desnudar, y mientras mi vergüenza caía con mi ropa interior, sentí una ligera lubricación que me decía que, después de todo, no estaría mal el sexo fortuito y la emoción del dinero.

Afortunada (o desafortunadamente) todo fue muy rápido. En quince minutos ya me había ganado "el par de cienes". Los tomé y regresé al baño. Me ví la cara en el espejo empañado del pequeño baño, y noté que tenía un poco corrido el maquillaje, pero nada más. Me sentí de suerte. El tipo cogía mal, pero había tenido peores encuentros, y eso lo dejaba a él en una escala intermedia. Salí y ya estaba vestido. -¿Por dónde te dejo?- Preguntó. - Por donde me recogió- Le dije. El trayecto de regreso fue silencioso. La culpa me golpeaba en la cabeza, pero al fin y al cabo, no había invertido ni una hora de mi tiempo y de no haber ido, habría estado en casa, comiendo mientras veía cualquier cosa por la tele. Llegamos a dónde tenía que dejarme. -A ver qué otro día te miro, muñeca- Me dijo. Asentí con la cabeza y empecé a caminar. Como mi casa estaba a un par de cuadras de donde me había recogido, y no quería que me viera entrar, solo giré a la derecha y le di vuelta a la calle. Luego, confimando que no me había seguido, retomé el rumbo. Un par de cuidadores de carros ocasionales estaban cerca de un poste y me hicieron el tradicional saludo de “Adiós rica” cuando pasé. Pensé que tendría que tener demasiada necesidad (de dinero o aventuras) para aventarme a lo mismo con cualquiera de ellos.
Mientras pensaba en esto, maquinalmente mi mano buscó dentro de la pequeña bolsa que llevaba mi teléfono, ya que pensaba llamar a mi más cercana amiga para contarle de mi reciente aventura.  Pensé que no lo iba a entender, con lo puritana que era, y lo volví a meter en el mismo compartimento. Si hubiera girado o por lo menos vuelto la cabeza hacia atrás, habría visto al tipo en moto que me seguía desde que los patanes de un par de cuadras atrás me habían saludado, y me habría metido a la tienda de don Alberto, que siempre estaba llena de borrachos, pero que, al menos, me habría guarecido del inminente robo.
-¿A dónde vas?- fue su primera pregunta, que me sobresaltó porque estaba muy cerca ya de casa y venía demasiado emocionada por el reciente suceso. Lo ignoré y caminé un par de pasos hasta que cruzó la moto en mi camino, subiendose con todo y ella a la acera para mostrarme una pequeña arma que hacía bulto en un costado de sus pantalones. -¿Qué llevás en esa bolsa?- fue su siguiente pregunta, al verme parada e inerte. -Sacá tu teléfono y aquí no ha pasado nada- me dijo el muy imbécil. Aunque la verdad, la imbécil fui yo, pues mientras sacaba el teléfono barato de fabricación coreana que llevaba conmigo cuando iba al parque, con el nerviosismo también salieron los dos billetes que acababa de ganarme. –Quédate con esa mierda- me dijo, - mejor solo dame las varas-. Temblando le di el efectivo, que tomó mientras aceleraba con la mano la maldita motocicleta y se alejaba con el dinero que me había costado algo más que quince minutos de mover la pelvis y gemir un poco.

Caminé los escasos pasos que me faltaban para llegar a casa, entré a mi habitación y preferí reírme. Ya no tenía el dinero, es cierto, pero lo cogido ni quién me lo quite. Ni modo, es cierto eso de que hasta para ser puta hay que tener suerte.  Tal vez salga otro día a ver si pica algo. Aunque esos golpes de suerte se dan pocas veces en la vida. 

sábado, 10 de septiembre de 2016

El Muñequito

-¡Saber por qué, pero cómo hiede, usté!- Le decía Yuri, la peluquera, a Marta, la doñita del atol. -Ay, doña Yuri, lo que pasa es que es loquita la pobre, ya vio que anda siempre con ese su muñeco de arriba para abajo-. -Ay, yo sé pues, pero aunque sea la deberían de bañar. Con que no se venga a recostar aquí es todo, porque después deja un tufo a rata muerta que ni ella se ha de aguantar.- -Es que usté si es mala, nia Yuri.  ¡Ay, no! pobre la Marcela. ¡Cómo cambió desde que la dejó el marido! Y con lo del nene, pior. Yo digo que por eso la deja la Leonor andar allí con el muñeco. ¿Sabe que miro yo mero raro? Que esa su cosa parece como que de trapo fuera del cuerpo, pero la carita como que la hubieran hecho con cera de esa celeste clarito. La gente tiene cada trabe... Ay la miro al rato que ya vinieron por unos chuchitos, ¿oye?- gritó desde la puerta Marta, mientras se limpiaba las manos con el delantal para ir a despachar la comida en su puestito.
Todos sabían que doña Yuri no tenía pelos en la lengua, y que andaba sacando a cuanto marero, limosnero, bolo o loco se paseaba por su puerta a escobazos y con las malas palabras por delante, pero la verdad es que la Marcela nos daba lástima a todos y por eso a ella no le hacía eso. Un par de veces, doña Yuri hasta le había financiado un par de tostadas y unos jugos donde doña Marta, porque la Marcela se miraba que no se acordaba ni de comer. Yo estaba allí oyendo todo porque me pintaba bien el pelo, cobraba barato y tenía buena plática. La verdad, por eso me gustaba ir con ella, aunque fuera tan mal hablada.
La Marcela tenía como 16 años cuando la casaron con el Carpio, un patojo mañoso de la colonia que tenía como 19 para cuando eso pasó. Ya traía panza, decían los vecinos por todos lados, y ni modo, se tuvo que casar. Pero yo miraba que a su modo se querían. Vivieron un par de años en un cuartito que les alquilaba el abuelo de ella como a dos cuadras de mi casa. Cuando se murió el viejito, los sacaron sus tíos, porque se estaban peleando por la "herencia" de los 64 metros cuadrados que don Lacho había dejado intestados. El Carpio hizo lo que pudo y como cabal en ese tiempo se había quedado sin trabajo, se puso a trabajar de brocha cada vez que le dejaban ruletear las 40R. Empezaron a vivir en una como galera que había sido de la mamá de la Marcela, parece. Con mi mamá lo mirábamos gritar por pasaje y silbar como endemoniado cuando íbamos al mercado. Después supimos que había conseguido otra patoja en el extremo de buses, y ya no lo vimos por su cuadra.
La Marcela ni había terminado de estudiar y por eso no trabajaba. Mi mamá decía que era una güevona que no podía ni tender bien la ropa. Cuando el Carpio dejó de llegar y se le acabó el dinero, empezó a limosnear. Salía hecha un asco de ropa y de pelo, a buscar comida para el patojito, que por ese entonces ya tenía como tres años y parecía de uno de lo desnutrido que estaba. Además apenas si sabía caminar porque a ella le gustaba cargarlo siempre. La mirábamos ir a la tienda a pedir fiado, y don Flavio, como era buena onda, le daba siempre aunque sea unos panes y una bolsita de café, aunque sabía que no le iba a pagar porque no tenía con qué. En cuanto recibía la bolsita, salía disparada de regreso para la casa. Cuando la tienda estaba cerrada o don Flavio de veras no tenía, se iba al mercado a pedir fruta aguada, retazos de carne vieja de esa que nunca sirve y que en la tarde le tiran a los chuchos de la calle junto con el hueso de desperdicio, y cosas por el estilo, y de plano con eso le daba de comer al nene.
Lo malo es que de tan poco y tan mal que comía, el patojito se enfermó. Un día llegó a la casa una su vecina a pedirnos unas sillas para usar en el velorio, porque se le había muerto de hambre a la pobre. Con mi mamá hicimos café y unos panes con ensalada de pollo y los llevamos a su casita. Había poca gente. La cajita blanca donde lo habían metido estaba iluminada por unas velas gordas, de esas que venden en vaso de vidrio con imágenes de santos (el buena gente de don Flavio se las había regalado y había montado la coperacha para lo del entierro y la cajita), y la habían subido en una mesa de madera café a la que le habían quitado el mantel y el plástico.
Solo estuvimos un rato ese día, pero al siguiente nos levantamos temprano para adornar el pickup en el que se iban a llevar la cajita. De paso agarramos lugar allí, a la par del muertío porque si no, hubiéramos tenido que tomar bus para el cementerio general. Una tía con la que la Marcela medio se llevaba le dijo que si quería, que se viniera para un cuartito que ella tenía desocupado, y como la pobre estaba aturdida solo subía y bajaba la cabeza a todo lo que uno le decía. El funeral fue rápido, y como había mucho calor, todos nos fuimos rápido también. Yo creo que era porque nadie le hablaba a ella, pero de todos modos, no podíamos dejar de ir al entierro del muchachito.
Nos regresamos en el mismo pickup y la tía de la Marcela se la llevó a su casa casi arrastrada cuando llegamos a la colonia. Parecía que la patoja estaba envuelta en una como bolsa de lágrimas y quejidos. Esa fue la última vez que la vi medio arreglada. A ella le había dejado de importar la vida, y a nosotros, ella. Don Oswaldo nos contó una vez que su tía ya no pasó a verla después de que pasaron como dos semanas de lo del nene.
Un día que fui a la panadería, doña Noyita estaba contándoles a otras viejas de la cuadra que la patoja se había escapado desde hacía unos días, y que tenía bien preocupada a la tía, que hasta entonces supe que se llamaba Doña Leonor. No me quedé a oír más porque ya iba a llover y yo llevaba el canasto del pan sin servilleta. Todas decían que ojalá y Dios la regresara con bien, y todas estaban de acuerdo también en que era una carga para la Leonor, más que una ayuda. Le conté a mi mamá cuando llegué a la casa y me dijo:-Ah, ya se jodieron porque la patoja ya agarró calle, como los loquitos. No te preocupés, que en unos días ya vas a ver como regresa-.
 Y tenía razón, porque como a la semana regresó hecha una lástima, llena de moretones y raspones en las piernas. Las manos estaban destrozadas. Las uñas hasta astilladas las tenía. El sol le había quemado la nariz como si la hubiera metido en fuego, y traía los ojos muertos de tanto llorar. El vestido amarillo que cargaba estaba hecho un caldo, todo lleno de sangre seca y de tierra. Parecía como si se hubiera caído y hubiera rodado durante todo ese tiempo por cómo cargaba la ropa. Todos nos alegramos porque sabíamos que era una buena patoja. A mí me había dado algo así como tristeza porque había oído que la gente de la cuadra ya se la imaginaba muerta en algún barranco.
Don Oswaldo, su vecino que saber por qué siempre sabe todo,  nos contó que traía una bolsa de plástico y que la fue a dejar a su cuartito antes de dejar que su tía la bañara. Le dieron de comer y se encerró en su cuarto como dos días. Para cuando salió ya se había vuelto loca. Empezó a andar por las calles con suéteres enormes, y la bolsa de plástico pegada a su pecho. Después nos dimos cuenta de que era un muñeco. Un muñeco deforme sacado de saber ni qué basurero, con un cuerpecito bien chiquitío y una cabeza extraña. Pero al menos ya no emanaba tristeza y todos pensábamos que el peso de la bolsa en el brazo la hacía sentir mejor.
A veces, la Marcela le cantaba a su muñeco (que ya hasta se miraba grasoso de tanto que lo mantenía en las manos) y cuando le cantaba, le volvía la alegría a los ojos y le vibraba en la voz. Yo la vi una vez y por eso les digo.  Se empezó a juntar con un pegamentero que le tocaba el pelo y la dejaba ponerle la cabeza en el regazo. Y hablaban todo el día aunque nadie oía de qué.
La gente le daba comida a veces, pero como empezó a oler pegamento con el charamilero, si uno la miraba, lo que pedía era pisto.  Y para eso si ya no estábamos. ¿Quería comida? Estaba bueno, no la íbamos a dejar morir de hambre tampoco, pero que pidiera para waipe y pegamento nos puso bravos. Además ya no se aguantaba su peste. No se miraba tan sucia tampoco, pero traía un hedor como a chucho muerto que no se iba ni a cuentazos y ya para ese punto, ni Don Flavio la aceptaba en su tiendita.
-Ella solita se echó la sal. Todo por andar hueliendo pegamento- me dijo mi mamá un día que la vimos cerca de la casa con el charamila. Yo solo le dije que si con la cabeza, mientras nos cruzábamos la calle, para no pasarles cerca.
La Marcela ya ni llegaba a donde su tía.  Dormía con el chara en las banquetas y cuando llovía, se envolvían en un plástico azul y se subían a los bordes de los almacenes que tenían persianas de metal. En el día se iba solita para el parque central a pedir fichas.  Y la gente le daba dinero. Es que daba lástima verla, tan patoja y tan perdida. Se empezó a juntar con los bolitos de allí del parque y la miraba uno en marita, cerca de la concha acústica, recogiendo latas para vender, siempre con una bolsita de Flex en la mano o con un waipe sucio, y el muñeco (metido en una bolsa negra) chineado en la otra.  Lo bueno es que allí en el centro siempre llegaban grupos de voluntarios a dejar comida y por eso no se murió de hambre. Pero eso de andar con bolos ya no es lo mismo que con los locos que huelen pegamento. Yo creo que por eso la mataron.
Andaba la bulla por la cuadra de que habían encontrado a la Marcela degollada por la quinta avenida y cuarta calle creo. Salió hasta en las noticias. Parece que se peleó con uno de los bolos y esos no perdonan nada.  La degollaron y le quitaron su suéter lleno de latas, que era lo único que cargaba que tenía algo de valor. Lo malo es que hasta allí entendimos por qué cargaba el muñequito.
Cuando llegó el ministerio público y estaban levantando el cuerpo, un investigador como que vio la bolsa y la abrió. Y vio al muñequito. En La Extra decía que el trapo se estaba pudriendo. Lo que pasó es que la Marcela, de plano entre la loquera, se había ido a meter al cementerio y sacó la cajita del nene. Como no se lo pudo llevar todo, le quitó la cabeza y le hizo un cuerpo con los trapos que llevaba. Lo que no sabemos es por qué le habrá echado cera en la cara, pero de plano que fue porque cuando lo hizo, no estaba tan loca o tal vez para que no vieran que cargaba al güirito. Doña Marta, la de las tostadas, dice que cada quien tiene su trabe y de plano que tuvo sus razones para hacerlo. Aparte a ella le gustaba el color celeste. Yo siempre pensé que su mero color había sido el amarillo.
Nadie había ido al cementerio a visitar al nene. Fuimos el domingo pasado para ver si mirábamos algo.  Ni mi mamá ni yo nos acordábamos de por dónde se había quedado, pero como don Flavio tenía el número del nicho, con eso lo fuimos a buscar. Nunca le pusieron lápida. Yo toqué el repello y no estaba roto ni nada. Nos pareció raro. Le puse flores y le recé un poquito. Le pedí que perdonara a su mamá, en lo que otra señora y mi mamá iban por agua. Cuando terminé, me puse a ver las inscripciones de las otras tumbitas. Había una que estaba medio rota de una orilla y eso me dio curiosidad. Era más reciente que la del hijo de la Marcela, pero se miraba más maltratada, como si la hubieran abierto y vuelto a pegar de los lados. Pero fuera de eso, si uno miraba bien, la lápida estaba completa, solo lastimada de una orilla. Ya no pude ver más porque en eso llegó mi mamá con el agua, limpiamos y nos fuimos.
Nunca supimos que pasó, pero yo creo que la Marcela agarró la cabeza equivocada cuando se metió al cementerio. Yo también leí el periódico y vi las fotos, y la cabeza que allí se miraba no se parecía a la del patojito desnutrido que ella tenía. Pienso mucho en ella no sé por qué, y no me da miedo lo que hizo, pero si mucha tristeza. Me consuela saber que no cargaba la cabeza correcta. Al menos dejó descansar a su nene completo. Ojalá ella también pueda descansar ahora, y ojalá no haya arrastrado la locura a donde sea que se haya ido.


sábado, 27 de agosto de 2016

Feliz Cumpleaños


Muchas gracias por llamar. He estado pensando en usted, ¿sabe? Estaba pensando en contarle a los chicos sus historias. Estuve a punto de narrarles sobre aquella vez que en Petén lo agarró un... ¿un tigre? ¿un puma? Cuando era chiquito solo por eso quería ser cuque como usted, para conocer animales en la selva. Sé que la última vez que lo vi, todavía tenía la cicatriz de las uñas romas de aquel animal en el brazo, pero no puedo recordar cuál de los animales era, mucho menos el resto de la historia. Por eso no les digo nada. Porque todos mis recuerdos son inexactos. Porque usted se parece al invierno. Venía una vez cada año y solo traía frío. Y eso cuando venía. Después dejó de venir. Como si usted y yo nos hubiéramos peleado. Me acuerdo que pensé que hubiera sido mejor que se muriera. Así yo hubiera sabido dónde encontrarlo. Una tumba con su nombre para ir a hablarle. Pero todo lo que mi mamá decía era que usted se había ido a los Estados y que era por mi bien y el de los chicos. Que todos íbamos a ser felices cuando regresara. ¿Es por eso que no puedo ser feliz, papá? ¿Será porque usted nunca volvió? Y no quiero que por eso se sienta culpable o piense que no lo quiero. Ya sé que llamó porque así lo hace cada cumpleaños, para que yo sepa que le importo. Ya sé que nunca se puede gastar más que cinco minutos para comunicarse a otro país cada que alguien cumple años. Mi mamá ya sabe que allá tenemos hermanitos. Los chicos todavía no. Yo lo sé porque ya estoy grande y porque la escuché hablando con la tía. La tía dice que los hombres son malos. Que por eso se van. Que por eso se fue usted también. Que a lo mejor y yo me vuelvo malo y las dejo. Eso no lo dice, pero lo leo en su cara cuando ella me mira. Mi mamá sigue diciendo que usted va a volver un día de estos. Nos lo cuenta como si fuera una historia mágica. Mi mamá es muy ilusa. Pero yo todavía quiero que vuelva. Para que hablemos, para saber qué hizo usted cuando era soldado. Para qué me cuente por qué casi le destroza la mano el tigre, o el puma. Para que me diga si es verdad eso que dice mi tío, que en la selva se pueden comer monos. Que usted se comió uno. Para que me diga si es cierto lo que dice la tía, que se fue porque ya no quería a mi mamá y por eso no le importaron sus hijos, que era mentira que se fue por que iba a ganar en dólares en lugar de su miserable sueldo de enfermero del ejército. Y más que nada, para ver en sus ojos si me quiere como dice cuando me llama. Muchas gracias por llamar, papá. Gracias por el dinero que me va a mandar. Dice mi mamá que ella también se lo agradece. Que le gusta que sea tan puntual. Cuídese, que aquí mi mamá lo espera aunque sabe que no va a venir. Los chicos talvez no, pero creo que yo también me he tragado el cuento. Yo también lo espero. 
 No se preocupe. Yo saludo a los chicos. Hasta luego.

sábado, 13 de agosto de 2016

El rosal de la abuela


Me están arrancando todo el vello del cuerpo. Tengo los poros abiertos, y la piel en carne viva. Me siento como un sapo, frío. Frío frío. con el pecho atravesado por astillas. Con los pies atestados de clavos que entran por la planta y salen por arriba. Estoy empezando a sudar, y un sudor frío llena mis poros. Empiezo a escurrir sangre y sudor. El sudor hace que los poros me piquen, y la sangre diluida fluye hacia otras partes de mi cuerpo. Intento levantarme, y las astillas que tengo en el pecho me clavan a la cama. No puedo respirar, estoy viscoso, me duele el pecho y todo vibra. Es mi despertador. Me despierto sudando, con la sensación de aún estar clavado a la cama.
Salgo de las sábanas, tomo una ducha, y voy al comedor. Mi abuela ya está esperándome, lista para que hagamos lo que mejor sabemos hacer: hablar y comer.
-¿Qué tal dormiste, m'hijo?-Me pregunta. Pienso mentirle, pero no tiene sentido. -Mal, mama. Hace como una semana sueño muchas cosas meras raras. Me duele el pecho, me siento cansado, me duele la cara y siento que me están puyando. Ya llevo así varios días- La pobre mama Estela abre los ojos desmesuradamente y me dice:-Eso es mal augurio, m'hijo. Eso que te está pasando me suena a cuando brujiaron a Tavo, el hijo de doña Noyita. El pobre andaba con un hervor de pecho, que pa'qué te cuento. Le dolían las rodillas, tenía calentura, y soñaba, como vos, que lo estaban puyando. Qué si era la ex mujer, que le había hecho un amarre.-
-Ay, mama. Pero si lo único que me pasa es que me duele el cuerpo. Tal vez es gripe - le contesto. Me ve con desconfianza y terminamos el desayuno. Llevo mi plato al fregadero, y le pregunto qué tal le ha ido con la nueva gente que llegó a la casa.-Bien, m'hijo. Me gustan los nuevos inquilinos. Pagan a tiempo, a veces no se quedan al desayuno o a la cena, y no dejan shuco el baño.- Ah, qué bueno, mama. Así le da más tiempo a usted para sus cosas- le  respondo.  Le doy un beso en la frente, y tomo la bolsa en que me llevo mi comida.
De camino al trabajo, sigo sintiendo que me duele el pecho. Veo hacia adentro de la camisa, porque estoy empezando a sentir las astillitas de mi sueño. Pienso que soy un idiota, por condicionarme de esa manera. Llego al trabajo, saludo a los cuates. Me siento intranquilo. Solo quiero salir de allí y que llegue la hora de la cena. Y no sé por qué. No me hace falta mi viejita. No siento que se vaya a morir y no estoy preocupado. Pero me siento cansado de sentirme angustiado por querer regresar a mi casa.
El día no pasa nunca. Pólizas y más pólizas por rechazar. Todo el día diciendo no a súplicas escritas de clientes puntuales. Ya no me siento culpable, aunque sé que, de alguna manera, les estoy robando. Cuando al fin son las cinco, tengo que quedarme a dar la resolución de un seguro de última hora. Termino lo más pronto que puedo y me largo. Tengo ganas de escupir esos papeles cerotes, solo por haberme retrasado.
Llego a mi casa. Todos están sentados a la mesa. Me gusta que los inquilinos coman juntos a cierta hora y que coman con nosotros. Parecemos una familia. Todos hablando, y contándonos qué tal el día. Cuando nuevas personas han llegado a alquilar cuartos dónde mi abuela casi siempre se integran rápido, aunque las nuevas habitantes (dos jovencitas venidas de un pueblo escondido en la selva para trabajar en no sé dónde) han querido encajar desde el principio.  Rosa, la más grande de ellas, tiene unos hermosos ojos. Antonia, una sonrisa bastante agradable. Me gusta que me miren. Les gusta que las mire. Quiero que terminen todos de comer y se vayan a sus habitaciones. Pero no quiero que ellas se vayan. -Buen provecho-. Dicen, uno a uno, y se van. Ellas no se quieren ir. Me ven con insistencia. Siento sus pupilas desabotonando mi camisa. Y me siento feliz de verlas. De estar allí con ellas. Con Rosa. Con Rosa y sus ojos oscuros. Con Rosa y sus manos suaves, su cuello terso, sus pechos firmes. Con Rosa, que ahora que la veo bien, parece irradiar luz desde el vientre hacia arriba. Antonia me ve con duda. La veo con condescendencia. Siento que la he herido. No importa. Quiero estar con Rosa. Les hablo del clima, del día en el trabajo. Les pregunto si quieren ir a la sala y ver televisión. Me responden que sí. Me siento junto a Rosa. Siento el calor de sus piernas cerca de las mías. Fingimos ver la tele. Antonia dice tener sueño. Rosa ha ganado. Se va, mientras el diálogo entre el cuerpo de Rosa y el mío se intensifica. Seguimos con la mirada fija en el televisor. Muevo la pierna izquierda, de arriba a abajo, despacio, para acariciar su muslo. Se voltea para verme. Sonríe y dice tener sueño. No quiero que se vaya, y no quiero que se dé cuenta de que no quiero que se vaya. Le digo que es mejor que vaya a dormirse. La erección es evidente. Rosa me da un beso de buenas noches y se larga. Me siento ansioso de nuevo. Veo un rato más la televisión y me dirijo a mi cuarto. A tener el mismo sueño. A repetir la misma rutina.
Dos semanas han pasado de cenar, ver televisión, acariciar a Rosa. No puedo con la desesperación. Me estoy sintiendo enfermo. No quiero ir a trabajar. Mi abuela insiste con eso de que estoy brujeado. Yo pienso que se puede ir mucho a la mierda. Lo que quiero es cogerme a la Rosa. Quererla. Meter mi lengua en su boca, y dejar de pensar en sus piernas cuando estamos sentados en la sala. No sentir la desesperación que siento cuando no estoy con ella. Esto no es amor. Es una necesidad maldita. No me concentro en nada. Pierdo dinero. No he podido encontrar mi pasaporte. Lo iba a usar la otra semana. No he salido con mis cuates. Ni con nadie. Todo por esperar la cena para ver a esa puta. Para que me vuelva loco con las faldas que se pone. Para sentarnos en el sillón, y poner la mano cerca de sus piernas. Y acariciarlas apenas con los dedos. Y volver a soñar que me asfixio. Que me quemo. Que mis pies están llenos de clavos, y que astillas me dejan pegado a la cama. Odio a la Rosa, pero la quiero, la necesito conmigo. Nunca había querido a alguien con esta rabia con que la deseo.
Hoy que es sábado, voy a ayudar a mi abuela. Las muchachas no están los sábados. Su jardín es una desgracia. Las macetas están todas machacadas. Así tal vez se pasa rápido el día. Además la mama Estela ya está viejita. Y hace días que no hablamos. Todo por esta ansiedad mierda que me está comiendo vivo. Empezamos con las plantas de chile. Les muevo la tierra, les pongo abono, les quito las hojitas muertas. Luego con la planta de higo. Esa está más o menos bien. Mi abuela pega un grito. Se le cayó la maceta en la que tenía el rosal amarillo nuevo que le regalaron las patojas. Igual la tierra está mala. Adentro tiene un frasco de café, con mi foto atravesada por alfileres. Es la foto de mi pasaporte, con razón no la encontraba. Tenía razón mi viejita. Llama a la Noya para ver que se hace con el frasquito. Dice que hay que quemarlo y que le tengo que escupir adentro. Mi abuela lo abre. Pétalos de rosa se están pudriendo adentro. Eso y no sé qué otras hierbas. Apesta a desagüe. Jalo desde el fondo de mi ser un escupitajo enorme que embarra toda mi cara. Siento que se me sale todo el odio en esa escupida. Lástima. No salía feo en la foto. Metemos una hoja de periódico empapada en alcohol, y tiramos un cerillo. Cerramos el frasco Dejamos que el fuego crepite hasta que el vidrio  se quiebra. Abrimos el cuarto de las muchachas y ponemos todo en bolsas. Esperamos a que lleguen, sentados en la sala. Brujas malditas, les dice mi abuela. Yo pienso que de todos modos me hubiera cogido a la Rosa. No era necesario el embrujo. Se van llorando. Le miro las piernas a Rosa al salir. Le digo ¡Váyase a la mierda, bruja puta! antes de que cierre la puerta, para que sepa que la odio. Mi abuela me calla. "shhht... No sea malhabladote", me dice.

El día termina. Cenamos y hablamos con mi abuela. Desde entonces ya no sueño que me astillan el pecho, ni sueño nada, aunque cuando estoy en el sillón buscando algo en la tele, a veces siento junto a las mías las piernas de la Rosa y me sube a la nariz el aroma de sus faldas.

jueves, 28 de julio de 2016

Un muerto en la casa


Armando ya está viejo. Todos los días saca los perros a las cinco de la mañana. Nadie sabe por qué. Armando no hace nada el resto del día y sin embargo, siempre parece estar ocupado. Son las cinco menos siete. Armando sale de la cama, se pone los zapatos, toma las correas, llama a los perros, asegura las correas a los arneses de los animales, y baja las escaleras con ellos en la mano. Abre la puerta. Un cuerpo que ha estado sentado con la espalda contra la puerta cae pesadamente hacia adentro de la casa. La cabeza rebota contra el piso que Armando ayudó a poner la semana pasada. No hay reacción en el cuerpo ante la caída. El hombre está muerto. Hay un hombre muerto en su casa y Armando se paraliza. Armando le tiene miedo a la muerte. Y le ha caído un muerto dentro. Los perros lo huelen. El ocre hedor del alcohol envuelve su piel. Armando mueve el cuerpo un poco con el pie. Los perros se asustan. Ladran. Siguen olisqueando. Armando tiene mucho miedo, pero decide actuar. 


Toma por debajo de las axilas el cuerpo y entra al muerto por completo. Los perros continúan olfateando. Armando los aleja. Están acostumbrados a su rutina y orinan. Cerca del muerto. Su ropa se impregna del tibio líquido que le ha caído cerca. Armando sube a los perros. Los encierra en su habitación. Regresa. Quiere llevárselo, al muerto. Enterrarlo en el patio. Se siente culpable. Alguien se murió en su casa y él no pudo hacer nada. Lo arrastra. Los perros ladran arriba. Se arrepiente de haber construido su estudio sobre el jardín. Todo dentro es concreto. No tiene palas en el primer piso. No tiene nada. Todo lo que tiene es un cadáver frío y recién orinado por perros acostado en el vestíbulo. Armando sube por segunda vez. Son las cinco quince. Cuando regresa son las y diecisiete. Trae unas sábanas viejas y una pala. Nunca en su vida ha abierto un agujero en el que quepa un cuerpo y tampoco sabe cómo romper el concreto. Piensa que debió haber ayudado a remover el piso viejo cuando ayudó a poner el nuevo. Ahora no le sirve lamentarse. 


Mientras piensa, no ve a las escaleras. Solo ve al muerto.  Sara ha bajado lentamente al oír a los perros. Al ver subir a Armando. Sara ha tenido duda porque Armando nunca está en casa entre las cinco y las cinco treinta de la mañana. Sara ha visto a Armando pasar con unas sábanas y una pala y todo le ha parecido muy extraño. Sara se detiene en las escaleras, con miedo. Hay un bulto en el vestíbulo y Sara no sabe qué es precisamente. Enciende la luz y grita involuntariamente. Armando se asusta. No vaya a creer que fui yo, Sarita, le dice. Sara no sabe qué hacer. Qué pasó, Armando, es la pregunta. Estaba en la puerta cuando iba a sacar a los perros, y lo tuve que entrar, es la respuesta. Armando, lo pueden meter preso. ¿Qué hace metiendo un muerto a la casa? ¿Para qué quiere la pala?¿Qué pensaba hacer? No sé. Solo se me ocurrió. Armando, saque lo que entró. Nos va a meter en problemas. Sáquelo ahorita que no hay gente despierta todavía. Yo le detengo lo que trajo.


Armando va a la puerta, la abre, se para en el dintel y observa la calle vacía. Deja la puerta entreabierta, regresa y ve al muerto. Ahora no quiere tocarlo. El muerto está cada vez más amarillo. Debe ser el clima. Armando toma al cadáver por las axilas nuevamente y lo lleva de vuelta a la entrada. Vuelve a abrir la puerta, se cerciora de que no haya nadie y lo saca por completo. El muerto está tirado ahora en la acera, parece dormir, como tantos otros borrachos en las calles aledañas. Armando cierra la puerta y regresa con Sara, que todavía sostiene la pala y las sábanas. Armando se siente culpable. Sara lo abraza y suben las escaleras juntos. Se sientan en la sala y encienden el televisor como hace Armando siempre que vuelve de sacar a los perros. Se quedan encerrados en casa todo el día. Sara prepara un almuerzo fácil y Armando termina los crucigramas que dejó hace unas semanas, cuando ayudó a poner el piso nuevo. Tiene en el pecho la espina de ser viejo y no haber aprendido nunca a romper concreto. 


Después de las dos, alguien se da cuenta de que el aparente borracho es un muerto. Llaman a los bomberos. Los bomberos llegan al lugar y llaman al ministerio público. La gente se aglomera cerca de la casa de Armando. El Ministerio Público coloca cinta amarilla y restringe el acceso a los curiosos. A los investigadores les toma media hora levantar el cadáver y buscar evidencia. Armando y Sara están viendo desde el balcón todo el procedimiento. Al terminar su trabajo, el Ministerio Público levanta la cinta amarilla, meten al cadáver en un carro blanco reglamentario y se dirigen a la morgue. La multitud se dispersa. Sara y Armando regresan a la monotonía. A las cinco menos doce, alguien toca la puerta. Armando abre. ¿Vio lo que pasó aquí frente a su casa? Pregunta el visitante. Armando solo asiente. Debe de haber sido después de que usted sacó a los perros. Si no, de plano que usted hubiera llamado de una vez a los bomberos, con lo cerca que estaba el pobre de su puerta. Armando vuelve a asentir.

Pase, le dice al visitante, cierra la puerta cuando este ha entrado y se ve las manos que unas horas antes pasaron bajo las axilas de un muerto y ve lo reluciente que está su piso nuevo. Muy a su pesar Armando acaba de descubrir que es viejo, que no aprendió nunca a romper concreto y que no es tan amigo como otros creen de llamar a los bomberos.