sábado, 14 de julio de 2018

Perros

Me gustan los perros, pero no como para  que vivan conmigo. Creo que no soportaría encontrarme con su pelo en los sillones o sobre mi ropa. Además, odio el olor que tienen tres días después de haberlos bañado. Me pasaba con los perros que mamá tenía en la casa en que crecí. Tienen algo repulsivo que no soporto y no existe ninguna realidad alterna en que pudiera tener alguno.

Sin embargo, me gustan. Por lo menos una vez al mes viajo por las carreteras y basureros buscando cachorros, perros heridos, a punto de morir de hambre o atropellados. Cuando los encuentro -si tengo suerte-, los meto al baúl y los llevo a un terreno baldío que conozco hace mucho. He descubierto muchas cosas interesantes en mis visitas al terreno.

Cuando se les cortan los tendones de las rodillas, por ejemplo, sus patas toman una rigidez extraña, pero no dejan de aullar. Cortarles las uñas hasta la raíz también los hace retorcerse de dolor. Resulta que tienen venitas conectadas a las garras que se abren. La garganta está llena de tendones que se mueven cuando sufren. En fin... resulta que los animales moribundos son excelentes objetos de estudio y mi espíritu curioso está lleno de dudas.

Hoy, en un basurero, encontré una bolsa moviéndose. En lugar de un montón de cachorros -que creí que encontraría, como pasa a veces (en este pueblo son unos desalmados)- me topé con un bebé que todavía conserva el cordón umbilical. Me sentí inmóvil y pesado como una piedra y no pude reaccionar de inmediato. Esto definitivamente no es un espectáculo diario. Cuando pude pensar bien lo puse en el maletero y me dirigí al terreno baldío.

Llevo poco más de una hora manipulando el bebé y creo, sinceramente, que ya me gustan los niños. Ahora tengo un problema: quién sabe cómo pueda conseguir otros.

miércoles, 3 de enero de 2018

#YoTambién

Dina Fernandez alborotó el avispero recién empezado el año. Después de su columna (Hermosa,colorida dolorosa y triste, tan parecida a América Latina) El hashtag #YoTambién brotó por todas partes.
Durante el día vi infinidad de posts de mujeres violentadas, abusadas y,sobre todo, valientes, contando sus experiencias, para desahogarse, para que otras sepamos que no estamos solas, para  dimensionar el abuso omnipresente, acechando como un monstruo gigante e invisible que nos aniquila sin matarnos (cuando tenemos suerte).
Hace mucho, cuando tenía catorce, mi hermana (que tenía 6) enfermó. Ya no recuerdo bien de qué. Para que no se atrasara en el cole, me enviaron a traer cuadernos a casa de un amiguito que vivía cerca de nosotros.
Su amiguito tenía otros hermanos, uno de ellos, el mayor, tenía diecinueve y estaba en casa. Era hermoso. Alto, Ojos grises, cabello castaño, labios delgados y rojísimos. Siempre me había parecido perfecto. Mientras esperaba por los cuadernos, él y yo nos sentamos en la sala. Me sentía nerviosa porque lo veía interesado. La plática duró menos de cinco minutos. Seguí yendo toda la semana por los cuadernos del amiguito y siempre me sentaba en la sala a hablar con su hermano. El miércoles ya me había besado.  El viernes nos tomábamos de la mano esperando. Yo había estado muy deprimida y su cariño me hacía feliz.
Afortunadamente mi hermana faltó diez días al cole así que los siguientes días también fui. El último de ellos, cuando entré a la casa y me senté en la sala, me extrañó no ver al regordete hermanito. Su hermano me dijo que se había ido a casa de una tía que también vivía cerca. De inmediato me besó. Su impaciencia me puso nerviosa pero no quería que pensara que yo no quería corresponderle así que lo dejé hacerlo. Sentí sus manos tocando mis piernas y la alerta subió por mi pecho al mismo tiempo que sus dedos lo hacían para desabotonar mi blusa.
Le pedí que parara, pero no me escuchó,  así que lo separé de mi boca halándolo por el pelo cuando sentí que mi blusa estaba abierta. Eso lo enfureció y me pegó un puñetazo entre el ojo y la nariz que me atontó y me paralizó. Recuerdo perfecto su voz ronca diciendo que tal vez así me quedaba quieta.
Lo que sucedió después duró menos de un minuto, lo sé. Lo conté. Me dejó la ropa sucia y el corazón roto. Lo vi levantarse a revisar el sillón y dijo que "menos mal era oscuro". Me alcanzó unas toallitas húmedas que usé torpemente mientras me arreglaba la ropa.
Salí llorando pero antes de cerrar la puerta, lo oí decirme que no le dijera a nadie. Que eso me ganaba por puta. Recuerdo haber llegado a casa a llorar hasta cansarme. Recuerdo también haberme bañado muchas veces. Se me hizo un morado en el pómulo, pero cuando me preguntaron, dije que había sido jugando al basket. Un par de semanas después, me expulsaron del colegio por una serie de eventos desafortunados que tenían algo que ver con ese incidente y la depresión severa que venía incubando un año atrás y que terminó con mi segundo intento de suicidio a finales del año escolar.
Al violador (que eso es, a final de cuentas) lo vi frecuentemente durante los siguientes años cerca de casa y siempre sentía sus ojos acusándome, callándome, como si fuera mi culpa. Ahora ya no importa. Hace años que él ya no vive y la sombra de sus dedos tocando mi cuerpo ya no me persigue cuando duermo.
Antes que ustedes, solo las personas más emocionalmente cercanas a mí lo sabían. Pero creo que, como leí tantas veces, callarse es hacerse cómplice. Y es necesaria la dignificación de la víctima, en lugar de culpabilizarla por el constructo misógino que nos hace creer que la culpa es nuestra porque "el hombre llega hasta donde la mujer quiere".
Yo no quise nunca. Yo pedí que parara.

#YoTambién

viernes, 15 de diciembre de 2017

Flores para la abuela


Cuando la abuela nació, la nombraron Hortensia, como su abuela. Supo que su nombre era el de una flor hasta que fue al colegio. De niña, le pedía que me contara esa historia una y otra vez. Al fin y al cabo, su nombre también es el mío y me encantaba saber de dónde venía.
La abuela también decía que le habría gustado llamarse Rosa porque eran sus flores favoritas.

Cada martes, desde que recuerdo, los vendedores de flores pasaban a dejarnos un par de ramos y ella los distribuía por la casa. Dos rosas para su mesita de noche, algunas para la cocina, una para mi habitación y el resto para el florero del comedor.  En el jardín crecían, salvajes, hortensias, geranios y otras flores. Los viernes, cuando yo volvía del colegio, las regábamos para que crecieran fuertes y hermosas, como la abuela esperaba que yo lo hiciera.

En casa solo vivíamos papá, la abuela, una niñera que llegaba cuando la abuela se sentía mal y yo. Nuestra vida era tranquila hasta que papá y los tíos decidieron comprar un mausoleo en el nuevo cementerio de la ciudad. La abuela se negó desde el principio. Dijo que quería que la enterraran con el abuelo. Que siguieran usando el terreno que ellos tenían en su pueblo. El lugar era horrible y encima, carísimo. Que el clima era terrible. Que no podrían sembrar plantas y mucho menos flores. Papá le dijo que era muy pronto para pensar en esas cosas y que, lo mejor del nuevo cementerio, era que se ahorrarían horas de camino hasta el otro terreno que tenían. Que ya estaba decidido.

Durante días, la abuela siguió hablando sola por la cocina, la sala y el jardín, diciendo que no habría dónde poner al menos un rosal para que ella estuviera tranquila. Los tíos dijeron que eran necedades de viejos y dejaron de intentar convencerla, pero papá le contó que había confirmado que podían poner jardineras para sembrar las flores que más le gustaran. La abuela, negando con la cabeza, dijo que no era lo mismo y que ellos no entenderían. Cuando le pregunté por qué se negaba tan rotundamente, dijo que le daba terror la idea de que la metieran en un cajón de piedra en lugar de tierra. Que quería acompañar al abuelo y que ella era una flor que debía volver al jardín del que había salido.

Cuando los tíos llevaron a casa las escrituras del terreno, el asunto al parecer quedó zanjado porque la abuela no volvió a quejarse aunque la veía muy triste y no quería hablarme.  A los días empezó a desvariar. Salía muy temprano al jardín y hacía agujeros con el zapato. Luego ponía la tierra que había removido sobre sus pies y se quedaba quietecita hasta que iba a buscarla y la encontraba viendo al cielo. Cuando le pregunté qué pasaba, dijo que quería volverse un rosal y quedarse en la tierra para siempre.

Pasé algunos días pensando si le decía a papá o no, pero al acercarse el fin de semana, temiendo que la encontrara él y no yo por la mañana, se lo dije. Él me vio con preocupación pero solo dijo que ya hablaría con ella.

El sábado llegó la niñera. Papá llevó a la abuela al doctor muy temprano. Volvieron después de almuerzo y aunque ella se veía relajada, él tenía cara de triste.  Antes de ir a dormir, él me pidió estar alerta con la abuela. También dijo que si notaba algún cambio se lo dejara saber. Pregunté qué había dicho el doctor, pero respondió que había que esperar por resultados de pruebas y hacer más exámenes.
Me dormí pensando qué le pasaría a la abuela y cuando desperté, papá ya se había ido. Fui a buscarla de nuevo al jardín. Esta vez no tenía los pies cubiertos de tierra, pero estaba empeñada en escarbar con las uñas la tierra debajo de sus hortensias. Me acerqué con cuidado y, acariciando su espalda con la mano, pregunté qué le pasaba.  Dijo que sentía que la tierra la llamaba y que solo quería saber de dónde venía el sonido.

Estuve esperando un rato a que se calmara y, luego, la llevé de la mano al baño para limpiarla. Cuando removía la tierra debajo de sus uñas, observé unas raíces diminutas saliendo de ellas y se las quité lo mejor que pude.  El resto del día pasó sin contratiempos y por la noche, cuando llegó papá, le conté el incidente. Me abrazó, y dijo que alguien tendría que hacerse cargo de mí pronto.

Los episodios de la abuela hurgando en la tierra se hicieron más frecuentes y la estadía de mi niñera, permanente. Los sábados papá la llevaba al doctor y volvía cansado y triste. Ella, por su parte, ya no se daba cuenta de mucho. Al volver, casi siempre quería ir al jardín. Sus uñas se volvieron grises y su piel, de pasar todo el día al sol, se fue tornando café. Sus párpados parecían hojas marchitas cayendo sobre sus ojos apagados. Verla me hacía sentir triste.

Una mañana fui a buscarla al jardín pero, como cosa extraña, no estaba.  La encontré en su habitación, que olía a flores recién recién regadas, dormida. Salí de puntillas, para no despertarla y media hora después volví a ver si ya quería comer algo. Toqué sus manos delgadas, con las uñas llenas de tierra y raíces y me asustó su frío. Le toqué la cara y estaba igual. Llamamos a papá, y él a un doctor, y confirmamos que había muerto. Los tíos llegaron en el transcurso del día para hacer los arreglos del funeral y aunque les recordé que ella no quería nuestro mausoleo, dijeron que no íbamos a discutirlo.

Cuando se la llevaron, su aroma de flores frescas se esparció por la casa. Sentí lo mismo cuando llegamos al lugar en el que hicieron su funeral. Llegaron muchas flores para ella, casi todas rosas y papá dijo que el entierro había sido digno. Desde entonces vamos a verla casi todas las semanas. Al final, no dejaron poner jardineras así que las flores que llegan los martes a la casa, las ponemos en los floreros que papá le compró.

Hace unas semanas, vi salir hormigas de una diminuta grieta de la construcción cuando fuimos a visitarla. Me sorprendió ver que llevaban hojitas diminutas. Cada vez que llegamos la grieta está mas grande. Ayer nos encontramos con unas raíces saliendo de ella. Papá dijo que le parece extraño y que va a mandar a alguien a que haga las reparaciones necesarias en unos días. Yo creo que la abuela va a encontrar la forma de seguir creciendo, como las flores del jardín al que tanto quiso volver.

miércoles, 2 de agosto de 2017

La muerte de don Tavo

Tavito salió tarde del trabajo como todos los viernes. Cuando llegó a casa, se encontró con el espectáculo de cada semana: la mesa servida, los platos humeantes pero medio vacíos y  su papá pegándole a su mamá en la sala. Tavito iba a seguir la rutina de sentarse en la mesa a esperar a que su papá se calmara pero ya estaba harto, así que antes de cerrar la puerta, tomó uno de los ladrillos que a veces usaban para atrancar la puerta por las noches y se quedó observando.

Don Tavo se había quitado el cinturón, y Conchita sollozaba acurrucada en su sofá, tapándose la cara con ambas manos.  Don Tavo estaba muy borracho. Tanto, que muchos de sus cinturonazos rebotaban en el sillón y no contra el cuerpo de su esposa. Harto de no acertar, soltó el cinturón y empuñó la mano, pero antes de que pudiera levantar el brazo, Tavito le descargó el ladrillo en la cabeza, haciéndolo caer pesadamente sobre el piso recién trapeado.

Tavito se alistó para recibir los puñetazos de su papá, que seguro iba a matarlo, pero don Tavo no se levantó. Conchita se había quitado las manos de la cara, y cuando vió a don Tavo en un charco de sangre, empezó a llorar compulsivamente.

-Ay papaíto. Mataste a tu papá. ¿Ahora qué vamos a hacer?- fue lo único que la señora alcanzó a decir antes de perder la conciencia en el sillón.
Ahora Tavito tenía dos problemas. Despertar a su mamá y confirmar si su papá estaba muerto. Estableció prioridades y le tomó el pulso a don Tavo. Tenía los párpados entreabiertos y el color había desaparecido de sus ojos. De su boca salía parte de la cena y el alcohol que había consumido durante el día, formando una masa amarillenta y espumosa que flotaba sobre la sangre que seguía manando de su cabeza.Definitivamente, don Tavo estaba muerto.

Tavito Consultó su reloj. Eran las nueve cuarenta y uno. Dejó a su papá donde estaba, seguro de que no iba a moverse, cerró la puerta con seguro, y se fue al sillón. Conchita estaba acostumbrada a lo horrible que era vivir con don Tavo, pero lo respetaba profundamente. El verlo boca abajo y sangrando en el suelo había sido demasiado para ella. Tavito tuvo que cargarla para llevarla a su habitación, y acostándola en la cama, la despertó con un pañuelo impregnado de alcohol.

-Mataste a tu papá, m’hijo- repetía. -¿Ahora qué vamos a hacer?-

Tavito se abrazó a su mamá y le dijo muchas veces que las cosas iban a estar bien. Conchita también se abrazó a su hijo, acomodándose en su pecho para protegerse. Sabía que Dios la podía castigar por sentirse aliviada de no tener que soportar más palizas de su esposo,  pero confiaba en su misericordia. Ya iría a la iglesia a rezar por su alivio en cuánto pudiera.

Tavito también se sentía aliviado y aunque estaba muy preocupado, no podía salir del letargo involuntario en que la situación lo tenía. Cuando volvió a ver la hora, el reloj marcaba más de las once y media. Su mamá estaba aún entre sus brazos y todo parecía estar bien. El único detalle era que el cadáver de su papá seguía en el primer nivel, con la cabeza recostada en un charco de su propia sangre.

-Quedate aquí, mamaíta. Voy a ver qué hago. Tratá de dormir, pero no vayas a bajar, ¿si? – Le dijo a Conchita, dejándola en la cama y saliendo lentamente de la habitación para comprobar los daños.

Desde las gradas pudo ver que la sangre se había extendido en la sala, y el olor a vómito era insoportable. Después de pensarlo un rato se decidió por la única opción en que había pensado para salir del problema en que estaba y tomando el teléfono, marcó uno de los cuatro números que sabía de memoria.

-¿Aló, Rafa?- Preguntó en cuanto la llamada entró.
-¿Tavo? ¿Qué pasó, mano?- Le respondió del otro lado una voz adormitada.
–Vos, voy a necesitar un favor de los grandes. Necesito que te vengás para mi casa lo más rápido que podás y que le digas al Pepita que te acompañe.-
-Vaya, mano. No hay clavo. ¿Estás bien?-
- Simón, cuando vengás te explico.
- Vaya, ay llego, ¿oiste?- Fue lo último que escuchó Tavo antes de colgar.

Con los trapeadores de su mamá limpió la sangre del piso de la sala, y los llevó a la lavadora. Colocó dosis peligrosas de cloro y continuó con su labor. Para cuando escuchó su teléfono sonar, ya casi había terminado la limpieza profunda del piso, el cuerpo fornido de su papá estaba tendido en la sala, y para evitar más manchas, le había colocado algunas sábanas y una almohada en la cabeza.

- Ah la puta, mano. ¿Qué hiciste?- Le dijo Rafa al entrar a la casa y ver a su tío acostado en una almohada que estaba volviéndose marrón.
Tavo se limitó a subir los hombros, viéndose las palmas de las manos y apretando los labios sin poder decir nada al respecto.

-¿Trajiste al Pepita?- Preguntó, en cuanto pudo.
-Simón. Está con el carro afuera. No le dije que entrara porque no sabía.

-Ah, qué bueno. Llamalo al teléfono y decile que te avise cuando no haya nadie afuera, vamos a sacar esto, y lo vamos a meter al carro.- Dijo Tavito, señalando a su papá mientras Rafa marcaba nervioso.

-Vos, dice que no hay nadie, que te apurés y que igual por la hora la gente ya no anda en la calle.- le dijo Rafa un momento después.

Con la sábana que Tavito había puesto bajo la cabeza de don Tavo, lo envolvieron, y lo sacaron entre los dos. Salieron con miedo pero el Pepita tenía razón porque no había nadie afuera, así que fue fácil meter a don Tavo en el asiento trasero del auto. Tavito se fue con él para mantenerlo erguido y para cuidar que no ensuciara la tapicería. Rafa se subió al asiento del copiloto.

-Ahorita vámonos al campo de fut que está por el chupadero al que va mi papá.- Le dijo Tavito al Pepita, que solo asintió y condujo el auto, que parecía estar lleno de muertos que respiraban agitados.

Al llegar, encontraron el campo a medio iluminar pero vacío. Dieron un par de vueltas para confirmar que no había nadie y se decidieron a parar en la esquina que más oscura les pareció.
– Ahora ayudame a sacarlo .- Le dijo Tavito a Rafa, que ya abría la puerta trasera mientras él se bajaba a buscar piedras. Encontró una que le pareció adecuada y la puso cerca de la acera. 

Al sacar el cuerpo, Rafa le quitó la sábana y trató de ponerlo de pie siguiendo las instrucciones de su primo y pasándo el brazo rígido de su tío alrededor de sus hombros. Entonces Tavito lo tomó por el cuello y le dio un leve empujón hacia atrás, haciendo que don Tavo enterrara la piedra en el cráneo y el cuello con la caída. Rafa se limitó a ver todo con la boca abierta, y el Pepita continuó en su puesto de centinela sin inmutarse. Tavito subió al carro y Rafa hizo lo mismo, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas.

Al llegar a su casa, Tavo se bajó y con un movimiento de cabeza les dijo hasta luego a Rafa y al Pepita, que le devolvieron el saludo y entró a su casa como un sonámbulo.
Era casi la una cuando tocó la puerta de su mamá. La señora lo veía con ojos angustiados, pero ya había dejado de llorar.

–Todo va a estar bien, mama. No se preocupe.- Dijo, y se acercó a la cama para besarle la frente, cómo ella hacía cuando él era un niño. La señora se durmió automáticamente después de ese beso y Tavo fue a su habitación, cayendo rendido en su cama hasta las cuatro de la mañana, hora en que los fuertes golpes que estaban dando en la puerta lo despertaron.

Era don Armando, el señor del periódico, que venía a decirle que habían encontrado a su papá tirado en la calle y se lo habían llevado los bomberos. Tavito le dio las gracias y llamó a los bomberos. Después a la policía. Allí le dijeron que su papá estaba en la morgue. Lo fue a traer y lo velaron esa noche.

-Es que muy bolo era el don, hombre.- Decían las amigas de Conchita, esperando a que esta saliera a recibir las condolencias.

-Ya decía yo que así iba a parar. Es que mucho chupaba y ya no se controlaba ni en la caminada.- Decían también sus amigos de cantina, que habían llegado a la casa a darle el último adiós a su amigo. Solo entonces Tavito pudo llorar y limpiarse los pecados mientras sus lágrimas caían copiosamente y los presentes le pedían que se calmara.

Desde la ventana que daba a la calle, Conchita veía a la gente que estaba llegando sin decidirse a bajar porque don Tavo se había llevado todo su llanto y lo único que tenía para despedirlo era la calma que desde la noche anterior le salía por los poros.

martes, 11 de julio de 2017

Mamá teje

El día empieza como muchos otros. Mamá se levanta antes de que el sol lama las puntas de las colinas que rodean el pueblo. En cuanto se despierta va a mi habitación y me acompaña a la calle, escoba en mano. Adormilado, barro las hojas amarillentas que el viento de la noche ha sacudido de los árboles y la oigo decir que se le ha acabado una madeja de lana. La blanca.  Presiento que tendré que ir por ella más tarde y faltar al colegio de nuevo.
Termino de barrer mientras ella se sacude el frío de la ropa y la veo entrar a preparar su café. Los dedos de mis pies empiezan a teñirse de azul por el frío de la calle. No debí salir sin calcetines aunque prefiero eso a que ella se moleste por haberlos ensuciado tan temprano.
Entro a casa y la encuentro tomando café. Sus lentes están empañados, pero no importa porque bebe con los ojos cerrados. Dice que el aroma le recuerda a papá. Le pregunto si ha llamado y dice que no, que solo envió mi mensualidad como siempre.  Cuando le quedan un par de sorbos a su taza de café, la voltea, el líquido cae al suelo y con un intento de sonrisa escapando de la comisura de su boca me pide disculpas. Voy por una servilleta para limpiar, pero ella me detiene diciendo que el piso quedará horrible con papel, que use un paño, así que tengo que limpiar con él e ir a lavarlo después de eso.
Cuando termino, noto que no se ha ido a su habitación. No tengo la lana blanca y no puedo tejer, dice. Le digo que voy a bañarme y enseguida voy por ella. Dice que luego tendré tiempo para bañarme, y me da dinero para ir a la tienda de telas e hilos que está en la entrada del pueblo. Reviso la cantidad, que es exacta para comprar la lana y le pregunto si me dará dinero para tomar el autobús. Dice que no es necesario. Que me hará bien hacer ejercicio y caminar un poco. Voy a cepillarme los dientes y trato de arreglar mi pelo. Me pongo los pantalones que el día anterior me puse sucios, calcetines y un par de tennis y salgo de casa.
No se vaya sin despedirse, dice. Me acerco para besar su mejilla y me da una bofetada antes de llegar a ella, como hace siempre, diciéndome que despierte, que parezco dormido. Siento el ardor de sus dedos en la piel, que imagino roja y salgo, con un poco de frío y un poco de hambre saltando en mi estómago.
El camino al almacén de lanas es largo y empinado pero está en línea recta desde casa. Al menos sé que más adelante hay árboles de fruta y podré comer algo. Creo que el desayuno de ayer fue lo último que comí pero no estoy seguro. Me tardo casi una hora en llegar y compro pronto. He tenido que regatear un poco porque las lanas estaban más caras, pero como mamá siempre compra en el mismo lugar, al final he conseguido la preciosa lana blanca al mismo precio "por última vez".
Regreso a casa pronto y encuentro el camino mucho más corto porque ahora va hacia abajo. Al llegar estoy empapado en sudor pero me siento bien. Mamá se bañó mientras no estuve y está muy guapa, aunque ha dejado el baño hecho una porquería y ahora tengo que limpiarlo. Al terminar, veo que ella está revisando lo que llevé y dice que la lana no es igual a la de siempre. Le digo que han cambiado el precio y que la próxima vez tendré que llevar un poco más de dinero. Mamá responde que quiero robarle y que la próxima vez me dará lo mismo. Me siento un poco fastidiado pero no digo nada. Solo quiero bañarme aunque no puedo hacerlo porque mamá quiere que le ayude a limpiar el jardín, así que paso el resto de la mañana recogiendo hojas muertas y revisando el abono de los nuevos rosales que mamá compró la semana anterior y cuando termino, hago la limpieza de la casa muchas veces porque a mamá le molestan las manchas que dejo en el piso cuando camino aunque le he explicado mil veces que no puedo evitar caminar mientras limpio.
En el almuerzo tomo un intento de sopa que consiste en algunas hierbas que recogimos en el jardín por la mañana, que no saben a nada y que me dan más hambre de la que me quitan. La comida de mamá, en cambio, luce fantástica. Creo que fue a la carnicería mientras estuve fuera porque veo una comida completa que incluye una jugosa porción de carne y guarniciones que tarda mucho en comer pero debo esperar hasta que termine para poder levantarme a lavar los platos sucios.
 Cuando acabamos y me dirijo a la cocina veo que el resto de la sopa está derramada en el piso y mamá dice que se le habrá caído por accidente. Entonces me toca limpiar otra vez.  Hasta que brille, ha dicho, y veo que cuando se ha ido de la cocina, sus pies se han llevado la sopa hasta la sala y que ha manchado un poco la alfombra que está cerca de su sillón. Me toma más de una hora limpiar todo porque la alfombra solo se limpia cepillándola. Siento que mi espalda va a romperse y tengo la necesidad de sentarme porque he pasado todo el día haciendo más cosas que las que hago normalmente.
Al terminar con la alfombra, me levanto y veo a mamá tejiendo pacientemente. Me acerco para contarle que ya acabé con todo. No te sientes porque estás sucio, dice, así que me quedo de pie. No sé por qué papá dejó de llamarnos y el dinero que nos manda es poco. No alcanza para nada, termina, hundiéndose en una profunda exhalación con la que parece querer expulsar su frustración o su tristeza.  Solo asiento, sin responder y la veo levantar la mirada, analizándome, desnudándome lentamente mientras niega con la cabeza por la repulsión que le produce verme. Es una lástima que me parezca tanto a papá.
Antes de que descanses, necesito que vayas por pan, murmura, volviendo la vista al precioso chal que está tejiendo. Le pido dinero y responde que utilice el que me sobró de las lanas y aunque le recuerdo que me dio la cantidad exacta, afirma que le he mentido y que quién sabe qué habré comprado al ir en la mañana a la entrada del pueblo. Ella no está criando ladrones y será mejor que vuelva con pan en menos de treinta minutos, CULMINA.
No quiero salir de casa sin dinero. Me siento cansado y triste. Observo a mamá, admirando sus preciosas lanas, su precioso tejido y sus preciosa agujas y siento que la rabia que tengo contenida desde esta mañana me rueda del pecho a la garganta, arrastrando los recuerdos de todos los otros días en que también me he sentido humillado. El enojo me baja por el brazo, corriendo, como yo venía esta mañana de la venta de hilos. Siento los ojos pesados y parpadeo lentamente mientras mi mano se mueve a la canasta con lanas. Entonces veo que he tomado una aguja y la he clavado en la mano de mamá antes de que tenga tiempo de reaccionar. Ella lanza un grito de angustia y me da una bofetada con la mano libre. El sonido de su mano rebotando contra mi piel me causa risa. Pienso que le voy a tejer las manos para que no vuelva a tocarme la cara nunca mientras saco la aguja con la misma fuerza y perforo su blanca mano hasta volverla bermellón. Entonces río. Río hasta que tengo ganas de vomitar y mis ojos se cierran entre millones de colores que parecen salir de mi risa.
Cuando abro los ojos, estoy sobre la alfombra que acabo de limpiar y mamá teje. Qué bueno que te desmayaste antes de salir, me dice cuando ve que estoy moviéndome. No habría podido entrarte. Apenas si pude acomodarte en la alfombra. Seguro el sol de la mañana te hizo daño. Me toco la cara y reviso el piso. Me alegra no haber vomitado. Le pregunto si pasó algo más y dice que no, que le dije que iría a buscar el pan y que me desmayé al dar la vuelta. Siento alivio en mi pecho y trato de incorporarme.  Ve al baño y lávate, me dice.  Cuando llego y me examino, noto marcas de su mano en mi mejilla. Decido bañarme. Me desvisto y entro a la regadera. Al intentar lavar mi pelo, siento dolor en la palma de mi mano. Veo heridas superficiales que por suerte no sangran. Salgo y voy a sentarme al sillón desocupado.
Mamá me observa, con la misma repulsión de cuando estaba sucio y me pregunta cómo me siento. Levanto los hombros para responderle. Papá no va a volver, ¿verdad? sale de mi boca y ninguno vuelve a hablar en toda la noche aunque veo a mamá viéndome con rabia de vez en cuando.

Me vence el sueño. El chal que mamá teje es precioso, aunque no creo que vaya a usarlo todavía porque la sangre de sus manos ha manchado la lana blanca mientras trabaja.

martes, 13 de junio de 2017

El rapto


Hace un año, cerca de estas fechas, me desperté una noche porque sentí que un camino de manos sobre mi cuerpo me sacaba de la cama para  llevarme a la calle con todo y sábanas. Grité todo lo que pude y vi a mamá, todavía en camisón, estirar el cuello para ver si me estaban haciendo daño.
-¡Suéltenme, hijos de puta!- Les grité.
-Métanle algo en la boca. Dios no dice esas cosas.- Dijo alguien que estaba lejos, y me bajaron un poco, lo suficiente para anudar una parte de mi sábana atrás de mi cabeza y meter algo del trapo en mi boca para amortiguar mi voz, cosa que lograron porque pronto empecé a ahogarme con la saliva que bajaba por mi garganta. Decidí dejar de gritar porque de todas formas nadie iba a ayudarme.
Salieron de la casa conmigo en hombros y mamá se asomó a la puerta, todavía con el cuello estirado mientras otras personas intentaban calmarla.
-Con cuidado, m'hijo.-  Me gritó cuando ya dábamos la vuelta a la cuadra y me llevaban a la iglesia.
Cuando llegamos, escuché que la gente, entusiasmada, dejaba de hacer sus cosas y me observaban, como si nunca antes nos hubiésemos visto.
-¡Es el niño Dios!  ¡Ya lo trajeron!- Decían.  Adentro, la iglesia estaba adornada para las fiestas que teníamos que celebrar esa semana. El anda de la procesión estaba casi montada y muchísimas flores adornaban sus esquinas. En el suelo yacía, partida por la cadera, una figura religiosa, que tenía casi todas mis facciones.
Que me dijeran “niño Dios” no era nuevo. Cuando era pequeño, las viejas del pueblo nos detenían en la calle, a mamá y a mí, para decirnos “Te parecés a Dios”. Ella me veía, sonriendo, y ambos dábamos las gracias al mismo tiempo, casi cantando, entre orgullosos y avergonzados. Mientras pensaba en esto, veía a los encargados del anda hacer mediciones para confirmar si yo cabía en el lugar de dios.  Los que me habían traído se rehusaban a bajarme, sosteniendo fuertemente mis piernas y brazos, como si yo fuera un venado que acababan de cazar, probablemente por el miedo a que me escapara.
-¿Cómo se nos fue a caer?- repetían las señoras, llorando, mientras recogían los pedazos de la imagen del suelo. -Menos mal este se le parece- dijo alguien. –A esta hora ya no hubiéramos llegado a ninguna parte para pedir que nos prestaran uno.- Y quién sabe si nos lo hubieran prestado. Mejor a lo seguro.- Concluyeron.
En eso llegó el doctor del pueblo, preguntando por mí y a su solicitud me bajaron por un momento, atándome de pies y manos, y me dejaron frente a la parte superior de la imagen, bajando mi ropa de dormir mientras yo trataba de moverme para evitar que lo hicieran. Inmediatamente sentí un pinchazo en la pierna, un quejido ahogado salió de mi garganta y el doctor dijo que podían quitarme la sábana de la boca. Mientras lo hacían vi que los ojos de la figura me veían con compasión pero sus labios se curvaban en una mueca de burla que me dio vértigo antes de sentir que perdía el conocimiento.
Cuando pude abrir los ojos, sentí el sol quemando mi piel, sin dejarme ver nada. Tardé mucho tiempo en acostumbrarme a la luz de mediodía y cuando lo hice, vi que me habían puesto sobre el anda con una especie de taparrabos por toda vestimenta y que me habían atado de las muñecas, cintura y cuello a una cruz.  También habían metido una bolita de tela en mi boca,  y aunque podía respirar, no pude sacarla con la lengua por más que quise. En la calle, la gente se aglomeraba para verme y una banda que venía tras nosotros tocaba una triste canción que era acompañada por el llanto de la gente que venía en el cortejo.  Al llegar a una esquina y doblar la calle, vi gente persignándose mientras me veían fijamente. Los brazos me dolían y sentía como si mi cabeza tuviese piedras encima. Mi cuello también estaba lastimado y aunque aún quería bajarme, también quería seguir disfrutando del espectáculo. Ya que no tenía opción, seguí observando.  Las mujeres me lanzaban besos, y los hombres rezaban bajo mis pies mientras me cargaban. A cada paso me caían flores en las piernas, en el torso desnudo, y las madres cargaban a sus hijos para que pudieran verme mejor. Un par de niños se asustaron porque yo movía la cabeza pero sus mamás los calmaron enseguida y todos siguieron adorándome mientras la música subía y los cargadores se esforzaban por mantener el paso a lo largo de la calle.
Cuando empecé a buscar rostros conocidos, encontré el de mamá, bañado en lágrimas. Estaba completamente vestida de blanco y la veía orgullosa de mí. Entonces, levanté la cabeza y vi al cielo, tal como estaba la imagen por la que me habían cambiado. Entonces más personas empezaron a verme y escuché algunos aplausos, mientras sentía mi corazón llenarse de vanidad.
Me mantuve así todo el tiempo que pude hasta que sentí el cuello a punto de romperse y entonces dejé caer la cabeza sobre el pecho para descansar un poco. En cuanto sentí fuerzas suficientes, volví a erguirme y vi que mamá seguía observándome y que me hacía señas para que me mantuviera como estaba. Asentí ligeramente y como el cortejo estaba a punto de terminar, no tuve problemas para mantener la pose hasta el final. En la entrada de la iglesia nos recibieron montañas de flores y aplausos. La banda tocó su canción más triste y los cargadores susurraron oraciones pidiéndome perdón por sus pecados mientras yo asentía diciéndoles que estaban perdonados.
Ya dentro de la iglesia colocaron el anda en los soportes destinados para ello y un par de tipos se subieron a desatarme. Me sacaron el trapo de la boca y musitaron un “disculpe” mientras me devolvían la ropa de dormir. Me bajé de inmediato y busqué un lugar seguro para cambiarme  y en cuanto estuve listo, salí de la iglesia hacia la casa.
Vi mucha gente murmurar en la calle pero nadie me dijo nada y cuando llegué a casa, mamá se cercioró de que estuviera bien y me dio bebidas para que me repusiera mientras me abrazaba, orgullosa.  Esa noche dormí perfecto, soñando que me admiraban y al día siguiente mi vida siguió normal aunque el cuello me dolió aún unos días. Un par de meses después supe que habían reparado la figura.
Ayer que volvía del trabajo, vi que la gente de la iglesia estaba adornando la entrada.  Entré y pregunté cómo iba todo a las personas que ayudaban a preparar el cortejo. Entonces, viendo la imagen y una escalera cercana, pedí permiso para subir y comprobar que todo estuviera bien para evitar altercados como el del año pasado. Un poco extrañados, asintieron y entonces me subí a desmontar la imagen y me bajé de inmediato diciéndoles que todo estaba perfecto, yéndome enseguida.

Al llegar a casa le he dicho a mamá que tengo sueño y que quiero dormir pronto. Ella me ha dado las buenas noches pero me he puesto la ropa de dormir del año pasado porque creo que es de buena suerte.  Me he mantenido alerta y creo escuchar que tocan la puerta. Mamá pregunta si necesitan algo y escucho mucha gente entrando e ignorando su pregunta. Entonces cierro los ojos, tratando de esconder mi sonrisa, que se parece a la que la figura me devolvió el año pasado y siento nuevamente un camino de manos subiendo a mi cuerpo que me lleva  (pretendemos todos que es a la fuerza) a la alegría de ser su dios de nuevo.

martes, 2 de mayo de 2017

El gato


Mi vida es aburrida. No tengo amigos ni ganas de hacerlos. De lunes a viernes voy al trabajo y vuelvo a la casa que el abuelo me dejó hace algunos años. En la entrada hay un enorme y oscuro pasillo, en el que siempre me entretengo unos instantes buscando a tientas el interruptor. Cuando lo encuentro y enciendo las luces, camino entre habitaciones vacías que no me he molestado en poner en renta. Al fondo, un patio interno me lleva a la cocina, a la que solo voy en busca de algo que no tenga que cocinar. Ya con provisiones en mano, me dirijo a mi habitación y casi siempre termino dormitando en el sillón o en la cama mientras la televisión pasa crímenes de décadas pasadas o telenovelas que nunca estuvieron de moda.

Mi rutina era estable, pero hace algunos meses, mientras veía el cielo por el patio antes de entrar por algo de comer, un gato gris saltó del jardín a la ventana de la cocina, para luego huir por la terraza, maullando como si lo hubieran herido. Después del susto que me provocó el intruso, pensé que el pobre gato había venido por comida y había salido aterrado. Revisé brevemente la cocina y el pasillo y todo estaba en orden, así que fui por una bolsa de frituras y la llevé a mi habitación para terminar mi día como los anteriores.

La tarde siguiente, el gato me esperaba en el pasillo, maullando. Traté de llamarlo mientras caminaba a la pared del pasillo, buscando el interruptor y aunque no me siguió, tampoco huyó. Fui a la cocina y volví con algunas galletas para dárselas, pero las vio con indiferencia y se quedó observándome. Entonces recordé que a papá y a mamá no les gustaban las mascotas y que nunca había tenido una. Puse una rodilla en el suelo y alargué la mano, para tratar de acercarme al felino y para mi sorpresa, no se movió. Mientras pensaba si estaba preparada para adoptar a un gato o no, algo debe haberlo asustado, porque salió corriendo, sin darme tiempo de acariciarlo, o alimentarlo, o quedármelo.

Sus visitas se hicieron frecuentes. Tanto que empecé a pasar al supermercado por comida y galletas para él, esperando que en algún momento quisiera comer. Al llegar a casa y mostrárselas siempre las olfateaba, indiferente, y sus profundos ojos grises recorrían mi nariz, mi boca, mis ojos y mi cuello. Su mirada profunda me incomodaba un poco, pero sentirlo cerca me hacía sentir menos sola.

Un día, mientras ponía su comida en el suelo, se acercó a mi pierna y se frotó contra ella, ronroneando de placer mientras yo evitaba moverme y sentía los brazos erizándoseme con su contacto. Estuvimos así algunos minutos y luego, cuando estuvo satisfecho, se fue. Me quedé pensando que quería que se quedara y la noche se me fue viendo a la puerta y esperando a que volviera.

El frotarse contra mi pierna se nos hizo rutina. En cuanto lo hacía, sentía su ronroneo subir en mi cuerpo, picándome en la lengua, en los dedos, en el cuello.  Empecé a soñar con él. Con sus ojos grises y la forma en que mi cuerpo respondía a sus caricias. Soñaba que subía al sillón y me dejaba acariciarlo.  Cuando despertaba, mi piel aún estaba eriza y pasaba el día esperando para verlo de nuevo.

Empecé a dejar abierta la puerta de mi habitación cuando iba al baño. Siempre que regresaba, el gato iba saliendo.  Entonces me acercaba a la cama y sentía el calor de su cuerpo desprendiéndose de mis sábanas y me alegraba pensar que se estaba acercando a mí.  A partir de esos encuentros, dejé de dormir bien.  Soñaba al gato durmiendo en mis sillones, acompañándome, viéndome mientras me bañaba y dejándose acariciar. Me despertaba incómoda y me sentía ansiosa por lo que el animal me estaba causando.

Una mañana, mientras salía de la ducha, vi su silueta en la ventana del baño. Cuando la abrí, salió huyendo.  No me molesté en cerrarla de nuevo y el día siguiente, por la mañana, lo vi observando mis movimientos fijamente mientras la espuma del jabón limpiaba mi piel. Sentí frío en la espalda, pero continué mi baño, sonriendo y pensando que el gato disfrutaba tanto como yo de mi baño. A partir de entonces, empezó a llegar por las mañanas y las noches y aunque su resistencia me molestaba, las sensaciones que me provocaba mientras lo veía observarme me producían placer y me hacían sentir confundida.

La semana pasada comí algo que me indigestó en el trabajo y llegué deshecha a casa. El gato no estaba. Traté de descansar un poco pero las ganas de vomitar me lo impidieron. Dejé la puerta de mi habitación abierta y no me dio tiempo de encender ninguna de las del pasillo. Estuve un buen rato tratando de liberar mi cuerpo de la intoxicación y cuando volví,  vi una sombra enorme, como de un hombre alto con sombrero, asomándose por la puerta. Al terminar la sombra, lo que salió de mi habitación fue el gato. Tardé un poco en entrar porque moría de miedo, pero al hacerlo, no encontré nada.  Pensé entonces que estaba muy cansada y que el poco dormir y el mucho pensar en el gato me estaban haciendo daño.

El día siguiente decidí que ya no quería que el animal me viera al bañarme, así que cerré la ventana. Mientras me desvestía, vi pasar la misma sombra del hombre ensombrerado y ya no creí que fuera producto de mi malestar de la noche anterior. Salí del baño y encontré al gato, viendo la ventana sin atreverse a subir.  Lo ahuyenté y salió por el patio en un par de segundos, pero la imagen de la sombra apareció intermitentemente todo ese día en mi cabeza.

La siguiente noche, el gato no estaba cuando llegué y decidí repetir el proceso de dejar la luz de mi habitación encendida y el pasillo a oscuras mientras iba al baño. También la siguiente. Y la siguiente. Y la siguiente. Y todas las veces,  la suma de la luz contra el cuerpo del gato, daba como resultado que el hombre con sombrero salía de mi cuarto. Al llegar a mi cama, esta seguía caliente, caliente del maldito animal.

Este jueves fingí ir a al baño en cuanto escuché al gato en la terraza. Ya adentro, esperé algunos segundos, contando con que entrara a mi habitación. Entonces, caminé sigilosamente, casi pegada a la pared del pasillo, con la certeza de que iba a encontrarme de frente con el hombre de sombrero que me había acompañado los últimos meses. Estaba a punto de llegar a la puerta cuando mi zapato se desprendió del talón, haciendo ruido y solo  me dio tiempo de asomar la cabeza hacia adentro, para encontrarme con una figura larga que con cada paso se fue compactando hasta volverse el gato gris de siempre en mi pasillo.

El corazón me reventaba en el pecho y me sentía asustada y mortificada por el ruido que no me dejó ver qué era lo que había estado en mi casa en los últimos tiempos. Sentí que me faltaba el aire y decidí que necesitaba descansar y reponerme de la conmoción que sentía. Caminé a la cama con la intención de hacerlo pero me detuve porque mis pies tropezaron con el sombrero que en la huida se le cayó al gato.

Desde entonces he regresado a la rutina de dormitar mientras la televisión está encendida. Mi vida ha vuelto a ser tan aburrida como antes y ya no he pensado en qué pudo haber pasado la noche del jueves.  De más está decir que el gato no ha vuelto pero he despertado los últimos días con la espalda eriza, los nervios crispados y su sombrero entre las manos.