jueves, 28 de julio de 2016

Un muerto en la casa


Armando ya está viejo. Todos los días saca los perros a las cinco de la mañana. Nadie sabe por qué. Armando no hace nada el resto del día y sin embargo, siempre parece estar ocupado. Son las cinco menos siete. Armando sale de la cama, se pone los zapatos, toma las correas, llama a los perros, asegura las correas a los arneses de los animales, y baja las escaleras con ellos en la mano. Abre la puerta. Un cuerpo que ha estado sentado con la espalda contra la puerta cae pesadamente hacia adentro de la casa. La cabeza rebota contra el piso que Armando ayudó a poner la semana pasada. No hay reacción en el cuerpo ante la caída. El hombre está muerto. Hay un hombre muerto en su casa y Armando se paraliza. Armando le tiene miedo a la muerte. Y le ha caído un muerto dentro. Los perros lo huelen. El ocre hedor del alcohol envuelve su piel. Armando mueve el cuerpo un poco con el pie. Los perros se asustan. Ladran. Siguen olisqueando. Armando tiene mucho miedo, pero decide actuar. 


Toma por debajo de las axilas el cuerpo y entra al muerto por completo. Los perros continúan olfateando. Armando los aleja. Están acostumbrados a su rutina y orinan. Cerca del muerto. Su ropa se impregna del tibio líquido que le ha caído cerca. Armando sube a los perros. Los encierra en su habitación. Regresa. Quiere llevárselo, al muerto. Enterrarlo en el patio. Se siente culpable. Alguien se murió en su casa y él no pudo hacer nada. Lo arrastra. Los perros ladran arriba. Se arrepiente de haber construido su estudio sobre el jardín. Todo dentro es concreto. No tiene palas en el primer piso. No tiene nada. Todo lo que tiene es un cadáver frío y recién orinado por perros acostado en el vestíbulo. Armando sube por segunda vez. Son las cinco quince. Cuando regresa son las y diecisiete. Trae unas sábanas viejas y una pala. Nunca en su vida ha abierto un agujero en el que quepa un cuerpo y tampoco sabe cómo romper el concreto. Piensa que debió haber ayudado a remover el piso viejo cuando ayudó a poner el nuevo. Ahora no le sirve lamentarse. 


Mientras piensa, no ve a las escaleras. Solo ve al muerto.  Sara ha bajado lentamente al oír a los perros. Al ver subir a Armando. Sara ha tenido duda porque Armando nunca está en casa entre las cinco y las cinco treinta de la mañana. Sara ha visto a Armando pasar con unas sábanas y una pala y todo le ha parecido muy extraño. Sara se detiene en las escaleras, con miedo. Hay un bulto en el vestíbulo y Sara no sabe qué es precisamente. Enciende la luz y grita involuntariamente. Armando se asusta. No vaya a creer que fui yo, Sarita, le dice. Sara no sabe qué hacer. Qué pasó, Armando, es la pregunta. Estaba en la puerta cuando iba a sacar a los perros, y lo tuve que entrar, es la respuesta. Armando, lo pueden meter preso. ¿Qué hace metiendo un muerto a la casa? ¿Para qué quiere la pala?¿Qué pensaba hacer? No sé. Solo se me ocurrió. Armando, saque lo que entró. Nos va a meter en problemas. Sáquelo ahorita que no hay gente despierta todavía. Yo le detengo lo que trajo.


Armando va a la puerta, la abre, se para en el dintel y observa la calle vacía. Deja la puerta entreabierta, regresa y ve al muerto. Ahora no quiere tocarlo. El muerto está cada vez más amarillo. Debe ser el clima. Armando toma al cadáver por las axilas nuevamente y lo lleva de vuelta a la entrada. Vuelve a abrir la puerta, se cerciora de que no haya nadie y lo saca por completo. El muerto está tirado ahora en la acera, parece dormir, como tantos otros borrachos en las calles aledañas. Armando cierra la puerta y regresa con Sara, que todavía sostiene la pala y las sábanas. Armando se siente culpable. Sara lo abraza y suben las escaleras juntos. Se sientan en la sala y encienden el televisor como hace Armando siempre que vuelve de sacar a los perros. Se quedan encerrados en casa todo el día. Sara prepara un almuerzo fácil y Armando termina los crucigramas que dejó hace unas semanas, cuando ayudó a poner el piso nuevo. Tiene en el pecho la espina de ser viejo y no haber aprendido nunca a romper concreto. 


Después de las dos, alguien se da cuenta de que el aparente borracho es un muerto. Llaman a los bomberos. Los bomberos llegan al lugar y llaman al ministerio público. La gente se aglomera cerca de la casa de Armando. El Ministerio Público coloca cinta amarilla y restringe el acceso a los curiosos. A los investigadores les toma media hora levantar el cadáver y buscar evidencia. Armando y Sara están viendo desde el balcón todo el procedimiento. Al terminar su trabajo, el Ministerio Público levanta la cinta amarilla, meten al cadáver en un carro blanco reglamentario y se dirigen a la morgue. La multitud se dispersa. Sara y Armando regresan a la monotonía. A las cinco menos doce, alguien toca la puerta. Armando abre. ¿Vio lo que pasó aquí frente a su casa? Pregunta el visitante. Armando solo asiente. Debe de haber sido después de que usted sacó a los perros. Si no, de plano que usted hubiera llamado de una vez a los bomberos, con lo cerca que estaba el pobre de su puerta. Armando vuelve a asentir.

Pase, le dice al visitante, cierra la puerta cuando este ha entrado y se ve las manos que unas horas antes pasaron bajo las axilas de un muerto y ve lo reluciente que está su piso nuevo. Muy a su pesar Armando acaba de descubrir que es viejo, que no aprendió nunca a romper concreto y que no es tan amigo como otros creen de llamar a los bomberos.

sábado, 9 de julio de 2016

Cita de esquina

Ya sé que se me hizo tarde para venir a verlo. Es que me quedé haciendo las tareas con Carol. Le tuve que decir que lo terminara de hacer ella, que viera que hacía de cena y que le echara un ojo a los nenes un rato. Me preguntó si iba a salir. Como si no supiera. Me dijo que me pusiera suéter. Que hay frío. Le respondí que sí con la mirada. La suya mostraba ese leve enojo de siempre que vengo a verlo. Antes de arreglarme, vi mis arrugas en el espejo. No había ni una nueva. Algunas canas me están saliendo cerca de la frente. La ropa me queda un poco ajustada. Será por el café y el pan dulce de después de la cena de los últimos días. Me voy a tener que quitar el gustito.
Revisé que la línea de mi falda estuviese recta, como le gusta. Que los ojales de mi blusa estuviesen planchados, y las medias en perfecto estado. Con un cepillo quité las gotas de polvo que se acumularon durante el día en mis zapatos de salir y abrí la puerta cuando las luces de los postes empezaban a despertarse. Tarde. Con lo poco que le gusta estar a oscuras. Son cuatro cuadras y media. Doscientos ochenta y cuatro pasos. Los cuento todos los días. Si me detienen las vecinas, hay que añadir unos veinte pasos más. Hoy, para mi suerte, no había nadie. Caminé muy deprisa antes de llegar a nuestra esquina. Pensé en los nenes. En la pobre Carol. En qué iba a contarle a usted. No pasó nada en el día. Los nenes llegaron en el bus y Carol vino después de la Universidad. Pobrecita. Siempre cansada. Siempre ocupada con el trabajo y la Universidad. Y las tareas. Y los nenes. Y yo... No debe aguantar la pobre.
Hoy vi a don Rafa en la mañana cuando fui por café. Me dijo que todavía lo extrañan en la tiendita. Me preguntó que cuántos años ya. Le dije que dos años con tres meses y cuatro días. Me dijo que ya era tiempo que dejara de venir a verlo. Que no era sano que anduviera con la luz todos los días. Que fue una mala suerte la bala perdida de aquella tarde pero que era tiempo de dejarlo ir. Le repetí que a usted nunca le gustó estar a oscuras. Que además le gustaban las velas. Que me gusta hablarle. Que aquí donde se quedó tirado pusimos la crucita. Que este lugar era importante porque aquí esperábamos a los nenes cuando venían en el bus del colegio. Que la traigo porque así me siento tranquila y de paso se la vengo a poner para que usted no esté de noche solito. Me dijo que a veces gente que no es de aquí pasa de noche por la tienda y le pregunta si es muerto nuevo. Que él explica que la muerte es vieja pero la herida todavía está abierta. Solo le pude decir que sí con la cabeza. Me puso una mano en el hombro y me dijo que si eso me da tranquilidad, que lo siga haciendo. Después de eso salí de la tienda.
La Carol dice, cuando habla de usted, que ya no venga. Que le da vergüenza, que parezco loca viniéndolo a buscar todos los días con la luz. No le haga caso, ella ya lo está olvidando y quiere que yo también lo haga. Los nenes ya ni se acuerdan y nunca me dicen nada cuando vengo ni cuando me voy. Así que hoy no pasó nada diferente pero quería venir a contarle.

Ya me voy porque hay días como hoy en los que la gente que pasa en los carros disminuye la velocidad cuando me miran encendiéndole la vela y se me queda viendo como si quisiera preguntar y aunque me incomoda, los entiendo. A mí también me daría curiosidad ver una vela prendida a diario en la esquina de un muerto que no es fresco.