domingo, 27 de septiembre de 2015

Don Nico


Don Nico tuvo suerte hasta de su nombre.
Estaba predestinado a cargar su debilidad hasta en el mote.
 - ¡Qué de a pomada que su nombre sea su vicio! - Le decía Justo, el de la tienda, cuando hablaban de su diminutivo, mientras hacía sencillo el billete de cincuenta con el que Don Nico pagaba por la cajetilla de veinte cigarros que compraba a las siete de la mañana en punto, y que se acabaría antes de las cuatro de la tarde. –Fijate patojo, que yo me enteré hasta hace pocos años de esa babosada, porque los hijos de la Noya me empezaron a decir Don Nicotina, y yo pensé que me estaban diciendo malcriadezas. Y les empecé a gritar “que son unos hijos de aquí y unos hijos de allá” maleducados por estarme mentando la madre. Y no mirás que en eso vino su mamá a decirme que la nicotina es esa cosa que hace que uno sea adicto del cigarrito, y ya nos matamos de la risa todos. Es que a veces uno es bien burro, todo por no saber, fíjate vos. Bueno, pues. Ay nos vemos. Regreso en la tardecita.- Y se iba, con el cadáver del cigarro colgándole de la comisura del labio, mientras le quitaba el seguro rojo a la nueva cajetilla, y cruzaba la calle para entrar a su casa.
El color amarillo de su bigote, el dedo índice y el medio delataban el humeante hábito de nuestro amigo.  Y si uno era lo suficientemente despistado como para no notarlo, el olor que se desprendía de su pecho al hablar, lo hacía. Cuando ponía el habla en movimiento, se podía percibir el traqueteo de impresora de periódico a punto de fundirse, subir por su garganta, mientras el dióxido de carbono que no moría en su aparato respiratorio salía con residuos de humo y hedentina a tostador quemado por la boca. Claro, eso y el hecho de que, mientras estaba despierto, un cigarrillo lo acompañaba a donde fuera, no dejaban dudas sobre que don Nico era un fumador empedernido.
El entorno había ayudado, debo admitir.  Las películas de los 50’s y 60’s que pasaban en los cines Roxy (antes de que fuera Tikal), Mundial, Capitol, y similares, habían dejado en él, como en toda esa generación que estaba naciendo cuando estalló la revolución del 44, el idealismo de ser un macho alfa que trajera revoloteando a féminas de todos los estratos (siempre y cuando estas fueran hermosas). Esto aunado a la aparición de  actores como Tony Curtis, James Dean, y Marlon Brando, (cuyos anuncios de cartón amarillento colgaban afuera de los establecimientos con letra Brush Script) que traían una sonrisa, la virilidad y un cigarro entre los labios, fomentó en gran manera la generación de los fumadores de más de sesenta que sobreviven a nuestros días.
La primera vez que (el por aquel entonces patojo) Nicolás Rubio probó un cigarro, casi se muere. Estaban metidos en el parque San Sebastián, controlando la ronda de policías, que debía pasar cerca de las seis de la tarde (un ratito antes del toque de queda), cuando Joaquín, otro patojo buzo de la cuadra, sacó de su bolsillo un cigarro. –Va, ahorita vamos a ver quién es hombre, pues.- dijo Roberto, a quién los 13 años y la voz de niña traicionaban su intento de parecer macho hecho y derecho. – Mtch, pero si nadie trajo fósforos- Dijo Nico, que estaba más nervioso porque lo viera la policía que por tragar humo, y que era también, el más conservador de sus amigos. - ¡Ay! Qué flor saliste, Nico. Ya sabía yo que no iban a querer, pero también traje carterita- Dijo Joaquín, extrayendo del otro bolsillo una carterita húmeda con tres cerillos. –Va, ¿Quién empieza?-  Saltó Roberto, con ganas de ser el primero. – Que empiece el Nico, así no se nos escapa de dar por lo menos un jalón-.  Determinó Joaquín, acercándose a ver la proeza de su amigo.
Nico estaba hecho un manojo de nervios. Al tomar la carterita de fósforos, se le resbaló y la tuvo que limpiar del lodo que había en el parque. El primer fósforo no encendió nunca. Sus amigos le hicieron casita para que no se le apagara el segundo, y, para evitar que arruinara el cigarro y el fósforo en el intento, Nico jaló todo lo que pudo de un tirón, con lo que el humo llenó su boca, garganta, ojos, y posiblemente, hasta su estómago. Debe haber sido la falta de filtro lo que ocasionó la catástrofe, porque lo siguiente que pasó fue que Nico tosió hasta vomitar. Sus amigos, asustados, trataron de sacarlo del parque, y prometieron que nadie iba a intentar otra vez fumar en su vida. Cuando don Nico se acordaba,  se reía hasta acordarse que el primero que había muerto de los tres había sido Roberto, de enfisema pulmonar. Entonces ya no se reía.
Con el tiempo, el cigarro se había vuelto su adicción. Cuando fumaba, las muchachas jóvenes del sector lo veían, y aunque la mayoría no eran como las voluptuosas diosas del sexo que en su imaginación atraía, había cantineado a más de una en su papel de Stanley. Cuando hacía esto, se recostaba en cualquier casa que estuviera cerca, flexionaba la pierna izquierda, apoyaba el zapato contra la pared, y veía a la joven en cuestión con aire de sufrimiento (o al menos eso le parecía a él).  El principio de los años setenta trajo a la vida y al paladar de don Nico el paraíso de los cigarros con filtro y los cigarros de sabores. La vida se pasaba entre el humo de los buses y autos pequeños, que empezaban a intoxicar los pulmones vírgenes de la ciudad capital, y los vapores que emanaban de los filtros que don Nico aspiraba sin cesar.

Al principio, fumaba un par de cigarros al día. Intentaba aspirar todo el humo posible, y expelerlo por la nariz, como en una cascada de niebla en la que su boca se perdía. Se ahogó muchas veces, pero por la fuerza de la costumbre, lo empezó a hacer con naturalidad. Intentó hacer trucos para impresionar a sus amigos, pero descubrió que el respirar el humo lo tranquilizaba, mientras que el intentar hacer figuras y piruetas con él, le desesperaba por el fracaso constante, así que dejó de tratar. Los inocentes dos cigarros por día rápidamente se convirtieron en 10, luego en 15, y así hasta llegar a las 2 cajetillas que se hacen humo a diario en los pulmones de don Nico.
Él, como cualquier fumador, concibe como una extensión removible de su cuerpo el cilíndrico y humeante objeto. El filtro se acomoda dentro de la boca como el neonato al pecho que le alimenta. Es el cigarro el que se alimenta del hombre, no al revés. Y cuando no está en la boca, el cigarrillo se adhiere al espacio que se le hace entre los dedos, lanzando punzadas de deseo que penetran por la piel y suben a través de las manos del fumador, instándole a que lo lleve a la boca de nuevo.
Antes, don Nico llevaba solo en los vellos de la nariz el olor a tabaco, pero con el paso del tiempo, este se ha acomodado en las cejas y el pelo que le sobresale de la frente, además de la ropa, los dedos y las uñas. El “Ya no fumés, que te vas a morir ahogado”, “el consumo de este producto es dañino para la salud del consumidor”, y las desgarradoras campañas que muestran personas que respiran por medio de un tubo que sobresale de un agujero hecho en la garganta por culpa del cigarro,  no amilanan a don Nico, que ve su vida pasar entre tardes que agonizan frente a su ventana y nubarrones del blanco fantasma que ha vuelto su esclavo eterno. A lo sumo, si responde a estas advertencias, se le ve negar con la cabeza y decir el habitual: -¡Ah, esas son charadas que les dicen para meterles miedo y hacer que compren tratamiento para cáncer y esas babosadas. A mí no me va a pasar nada de esas cosas con las que los ahuevan a ustedes, porque son patojos y mulas!-
Eso sí, todo el mundo en casa de don Nico sabe cuándo nuestro amigo acaba de despertarse. En cuanto su cuerpo se desprende del sueño, un quejido casi gutural huye de su pecho. Tose, como para echar a andar la maquinita de sus pulmones. Se sienta y sigue tosiendo. –Es el polvo- dice, aunque nadie le cree desde hace mucho. Mientras se acostumbra al aire libre de tabaco, sus manos preguntan a la mesita por los dos o tres cigarros que dejó para tener temprano. La carterita siempre dispuesta le regala un fósforo, que le alumbra la cara y chispea en sus ojos, mientras el primer cigarro le dice buenos días. Ya listo para enfrentar la mañana que se aproxima, se dirige al baño, saluda a los que encuentra a su paso, y busca el periódico. No falta quién se lleve las manos a la nariz para evitar el desagradable humo mañanero de don Nico. Pero ya está acostumbrado. Después de cepillarse los dientes, el segundo cigarro se prepara para adentrarse a la boca de don Nico, que por regla general, deja el primero a medias, para no sentir que fuma tanto. Este cigarro agota su vida frente a la ventana en que el viejito se acomoda cuando tiene tiempo para pensar. Miles de cigarros acaban como soldados derrotados, con la cabeza deshecha contra el marco de la pobre ventana, que se ha vuelto marrón a fuerza de suspiros y nicotina. Cuando come, un cenicero aguarda como centinela a que desaparezcan los sagrados alimentos, mientras una delgada columna de humo busca a nuestro personaje, enredándose en la silla y haciendo espirales hacia el cielo, como haciendo tiempo a volver a los pulmones de este amante del humo.
Claro que no todo es miel sobre hojuelas. Una vez se quedó sin cigarros. Un terrible 25 de diciembre, no abrieron las tiendas, y don Nico, acomodado a los horarios que mantenían esclavos a los tenderos, no pensó ni previno el desastre. No hubo quién le diera un pinche cigarrito. Si no hubiera sido por la poca higiene que su ventana mantenía, creo que nuestro amigo se hubiera muerto de la pura cólera ese día. Afortunadamente, su ejército de inválidos lo salvó. En la desesperación, don Nico pasó todo ese día pegado a la ventana, fumando chenca tras chenca, restaurando colilla por colilla, y viendo de vez en cuando hacia abajo, para ver si abrían y podía aliviar la terrible ansiedad que le dolía hasta en el pelo. De más está decir que no abrieron. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, don Nico esperaba impaciente a que la luz de la tienda se reflejara en otra cortina. En cuanto lo hizo, bajó como alma que lleva el diablo, y compró, no una, sino dos cajetillas, para no quedarse sin las provisiones de todo el día.

Afortunadamente, no se volvió a quedar sin cigarros. Ahora mismo estará en su lugar de guardia, viendo como las luces de los postes del tendido eléctrico parpadean antes de encenderse definitivamente. Un cigarro se irá consumiendo, mientras la ilusión de ser un fantasma revolotea en la cara de don Nico. Parece indio Cherokee, lanzando mensajes esporádicos que van desde su boca a la ventana, y se pierden antes de llegar al techo. Afuera, se encienden las luces de las tiendas, y la gente que vuelve de los trabajos se saluda sin verse. Los buses fuman diésel para funcionar, y Don Nico y la luz naranja de su boca hacen algo parecido. Mientras la vida del cigarro se consume, el viejito suma un día menos de vida. Si alguien ve hacia la casa de nuestro amigo, la sombra de un hombre que respira humo y recuerdos, y el parpadeo intermitente de una vida que ha pasado entre la niebla, se distinguen a través de una ventana en la que un cigarro muere, y el siguiente se prepara para agotarse entre un bigote amarillento.

¡Ay, vos!


Ay vos
¡Cómo me duele nombrarte!
afuera llueve
aquí dentro otro poco
Las cenizas del fin de domingo
se ensartan en los ojos
y es bien fácil llorarte.

Ay vos
la certeza del mañana
es esa que no llega nunca
la falta del futuro
me está quemando los ojos,
las ganas, la vida.

Ay vos
Salgamos, caminemos
que vos y yo somos sombra y charcos
yo soy todo lo que sobra
y vos, la tristeza de las tardes de frío.

Ay vos,
¡Cómo me dolés por dentro!
la falta de tu risa
la falta de tus ganas
cómo me duelo yo
por esperarte como idiota. 


domingo, 14 de diciembre de 2014

El señor Café

Otro día de despertar temprano... Dicen que no te acostumbras nunca a despertarte temprano. Es probable que sea cierto. Duele mucho. La alarma de mi despertador llora  sobre la almohada... 3:35 a.m. Debo apresurarme, tengo una cita...
Ya pasó una semana desde la primera vez que lo vi... Sin ojos, y café... Simplemente café. Rechina un poco cuando se mueve, aunque no se mueve mucho... Los barrotes no lo dejan. Se oye triste, pero me espera.
Mientras voy al baño, por una ducha, nada pasa, creo que aún estoy dormida... Me quito la ropa, y tampoco pienso en nada... El espejo también tiene sueño... Es muy temprano... Hasta la luz se ve cansada...
Me baño y ya con el agua corriendo sobre mi espalda, lo pienso... Pienso en él y en su cara triste, sin ojos y café. Me espera. Sé que ya estará afuera.
No creo que me persiga, pero me da curiosidad, me gustaría poder pararme y preguntarle por qué me espera, pero, tengo que ser honesta... Sé que no va a responderme. Me seco un poco, lo suficiente para no dejar mojada la ropa limpia que me estoy poniendo. Mi pelo cae en mechones largos y desordenados, y me apresuro a ponerle un poco de orden, mientras mi reloj sigue su cuenta regresiva, insinuándome que quizá llegue tarde. 4:23 a.m.
Salgo del baño, y atravieso mi pasillo... Por mi habitación cruzan algunas sombras, pero ya estoy acostumbrada. Mis pies se secan contra la toalla que está en el piso, me pongo las calcetas con un poco de asco, y veo el reloj. 4:32 a.m... Aun no es tarde. Una línea se dibuja en mis párpados para dar algo de volumen a mis ojos.. Me veo al espejo, mientras trato de encontrar los zapatos con los pies. 4:35 ... Salgo de casa, poniéndome los audífonos y subiéndole el volumen al reproductor. Tengo frío.  La cuidad tiene eco, creo que todavía es muy temprano...
Cierro la puerta y camino una cuadra. No hay basura, sólo hojas y la luz amarillo-enfermiza de los postes viejos. Giro, sobre la misma calle, y allí está.

"Buenos días, señor Café", me digo, mientras agacho la cabeza. El estruendo de la música suena dentro de mis oídos, mientras el señor café se mueve un poco para verme pasar, y el ruido avejentado de sus rodillas de madera resuena en mi cabeza. La tienda en la que siempre está parado aún está cerrada. Sigue triste. No puedo ver hacia arriba. Si descubro que tiene cara, no podré seguir caminando. Tengo miedo, eso es todo. "Hasta mañana, señor Café", me digo, apresurando mi paso, con frío, escuchando al señor Café a pesar de la música con la que intento no oirlo. Ya no cruje, pero sigo sin poder ver hacia atrás. 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Saber dibujar

-¿Qué si hubiera querido saber dibujar? Lisa y llanamente, Si.  Más qué pregunta, tómeselo como una aseveración. Pasa que es el más deseado de los talentos que no tuve… quizá más que el de producir dinero por montones. Vamos, que si alguien hace un dibujo de como se siente, o lo que quiera proyectar, a usted le falta echar un vistazo para que se sobrecoja su alma. Eso no pasa cuando uno escribe. Le cuento: Tendría quizá 6 años cuando la falta de luz para ese don me dio en la cara. Un dibujo de esos que se hacen a palitos, con dos formas, y una breve inscripción “Mami i Yeni”, un regalo que inició con la emoción de una sorpresa para que ella no estuviera tan triste de solo tenerme a mí y ya no a mi hermano, que tanta falta le hacía, y terminó con su risa y mi vergüenza… Ella reía, ¿sabe? A carcajadas, de boca abierta. Yo aún no puedo. Reír y negar con la cabeza y ya. Nunca supe si fue por los horrorosos muñequitos, o por la terrible ortografía… 6 años y no poder escribir ni un nombre… ni dibujar un muñeco a palos. Vea que eso quita las ganas, no sé si a cualquiera, pero a mí me da pena.

Y sin embargo, intenté de a mentiras, en las últimas hojas de los cuadernos forrados del colegio, esos que tienen  líneas azules. Y siguieron siendo los mismos palitos, la misma vergüenza de que alguien lo viera. Una vez dibujé un pato, con sus alitas y todo. Tenía hasta patas. Era bonito. Ése lo vio papá. Él no se rio. De hecho, lo vio muy serio, y preguntó si lo había hecho alguien más. Yo estaba hecha unas pascuas. Le dije muy ufana que no (nunca supo que me llevó casi tres horas de llorar y sudar porque no tomaba forma), él dijo que estaba muy sucio (y cómo no, si había pasado dos de esas tres horas borrando para volver a hacer las plumas). Era para él, pero tenía que saber qué pensaba antes de dárselo. Pensé que mejor no. Vuelta a la pena y a guardarlo en mi cajita de fracasos. Pienso en esa caja, y creo que tardó mucho tiempo en casa, hasta que tuve que limpiar mi habitación y todo se fue a la basura. Al menos, para cuando dibujé el pato, ya mi nombre iba bien. 

Pasó el tiempo y lo más que pude hacer fue un árbol, que no quedó tan sucio.  Ese no lo vio nadie, porque era para el colegio. Pensé llevarlo al concurso de dibujo, pero luego vi otros, y decidí que no más vergüenzas, no más pena, no más rabia, sobre todo, si solo eran unas ramas y unas cuantas hojas.  Ya para ese entonces, estaba muy triste, y no solo con los dibujos, ¿sabe? Y escribía porque era más fácil que hablar con gente. Escribí desde siempre, desde antes de los muñecos a palos. Mi abue decía que “se me daba” y guardaba todo. Cuando se fue ella, no encontré nada más que mis ganas de escribir que se juntaban con mis ganas de verla, y como lo último solo no se podía, todo lo que quedaba era escribir. Y era en verdad eso, porque alguien tiró mis hojas cuando ella ya no estuvo.  


Creo que está mejor dibujar, porque, para saber cuánto ha salido de mí, usted (o cualquiera), debe tomarse su tiempo, analizar, y no basta un vistazo para que sienta cuán triste estuve un abril, o qué tanto reí esa madrugada. Toma tiempo. Incluso un poema, de esos pequeños, que más parecen adivinanzas, requieren de cierta pericia; y es entonces cuando pienso que bien podría yo saber dibujar, y hacer, qué se yo, El Grito, de Edvard Munch, y decir a los gritos de un pincel cuán desesperada me siento, en lugar de aguijonearme con esta pluma, e ir de letra en letra, narrando risas y despedidas, y esperar, además de eso, a que usted se tome el tiempo a leerme completa. Y aun así escribo. A lo mejor ya los palitos emocionales que vengo arrastrando se convierten en Las Lilas de Van Gogh. A lo mejor, si le describo un amanecer que se rompe en el cableado de mi calle, mientras dos vagabundos intentan apoderarse de un trozo de plástico para que la lluvia no los escupa, en la acera de enfrente, cuando salgo de casa, con más miedo que dinero, usted entiende. A lo mejor a usted tampoco pudo hacer más que palitos.

 Disculpe si la respuesta fue larga.  La corta era Si, me habría encantado saber dibujar. Lo habría preferido.
Tal vez duela menos que escribir.-

domingo, 24 de agosto de 2014

Esperas


Tanto planear huidas

planes que se rompen
mares que se alejan
comidas que no llegan
abrazos incompletos 
besos perdidos.

Voy a estar aquí solo para que vengas 
Pero no tardes
las calles están llenas de cicatrices
de lluvias, de risas, de saludos y abrazos.

El sol cae, y las avenidas se llenan
de gente que no es nosotros
regresando a sus casas, 
caminando de la mano
aun sin amarse 
sin un Te amo 
que les corte los labios.

A veces, siento en los dedos el viento que rebota fuera
la noche triste, que aúlla, lejana;
no quiero más fantasmas que me besen la calma
ni dormir sin sentir en mi cama
el peso de tu espalda, tu respirar pausado.

Aquí estoy y aún te espero
a pesar de los planes que se rompen
y los mares que se alejan
a pesar de las promesas rotas 
y los barcos que ya nos hundieron.


domingo, 1 de diciembre de 2013

Historias incompletas

Si tú hoy levantases las uñas de estos dedos que de lejos te dibujan, encontrarías enterradas entre la melancolía y el polvo de tanto escribirte, letras desde el fondo de lo que hemos sido y retazos tristes de ésta historia nuestra; párrafos completos de una historia que me niego a escribir, porque tendría que ponerle un inicio, y por ende, un punto final... una historia que no podría cerrarse, por más capítulos y volúmenes que cercenaran sus hojas... Por eso espero queden bajo la caparazón de mis uñas todas estas palabras que se niegan a volar, y tambien un poco, a soltarte... aunque, a veces... a veces vuelven a escribirte, a ti... a ese lejano reflejo que a veces brilla en mi voz, que a veces se ahoga en la luz de mis ojos... tú, el camino que espero... cuando todo se ha ido... cuando todo se ha vuelto obscuro y sin salida... este camino al que vuelvo incluso cuando tu te has ido y tus ojos no marcan más que el saber que me he perdido... el camino eres tú, aunque la luz de tu aurora, siento que la he perdido hace muchos amaneceres... Y la brisa de la tarde se ha escondido entre otras noches, o muerto antes de llegar al medio día. Pero, si buscaras entre las lineas de mi mano los suspiros que no se hicieron nunca palabras, hallarías toda la esperanza que te guardo, y este polvo que me he vuelto, de tanto esperarte y no ser nadie.

Autómata

Intentando despertar, con los ojos aun cerrados, busco el teléfono a ciegas. mis dedos, insomnes, aunque perezosos, ingresan con lentitud la contraseña de desbloqueo... Lo podria hacer dormida; de hecho creo que ya he leido conversaciones mientras en teoria duermo. mientras mis pupilas luchan por acostumbrarse a la luz, abro la bandeja de mensajes... tengo la vaga impresión de que aún no estoy despierta... de cualquier forma, mis pupilas se contraen y dilatan en un vaiven desbocado mientras busco nuevos mensajes... sé que mi cerebro aun no ha procesado la información de lo que mis ojos van leyendo, pero mis dedos ya estan dando una respuesta compleja... Algun día quiza deje de sorprenderme lo que hace mi cerebro mientras mi cuerpo está inutilizado... Algun dia, pero no hoy. En fin... soy una linea de producción por mi misma... en cuanto mis ojos estan completamente abiertos, mi cuerpo se mueve como un robot por mi habitación, trotando por la banda sin fin por la que transita mi vida en una eterna rutina. Salir de la cama, desconectar el teléfono de su cargador, buscar zapatos de baño... /la misma rutina/... encender la luz (que a veces dudo sea necesaria, porque, repito: -"podria hacer todo dormida... y en ocasiones, lo he hecho"-) dirigirme al baño y ... la ducha... La ducha... Creo que nada en este mundo te prepara para una ducha fria por la madrugada... y creo que es de los pocos aspectos en la vida en los que, a pesar de la frecuencia con que se realice, jamas te dejará acostumbrarse al flagelo y la violación involuntaria a la que somete el limpiar la piel con el frio liquido que escupe la regadera cuando aun los rayos de sol no se han filtrado por las tuberias. Salir de la ducha y enfrentarse al mundo desnuda, es tambien, una alteridad que no puedo vencer... aunque sé que es demasiado inverosímil el asearme con ropa, y que en algun momento, la vulnerabilidad de mi desnudez habrá de ganar la batalla. Me salto el proceso de secado, excepto por el cabello... y la ropa coge restos de agua limpia que, algunas veces, ya ha sido filtrada por los poros que el agua sensibiliza y abre. He notado, con alarmante inquietud, que toda mi vida, se programa en función a un diagrama de flujo... y no me preocupa el diagrama, me preocupa que todo está programado... me aterra ser un autómata... tomar el autobus en cierto rango de horas, trabajar en horarios en los que tengo que atarme, literalmente, a un cable, y escuchar voces que se quejan, por quince horas en promedio... tener un rango de tiempo en el que debo relajarme y el cual no debe exceder los 15 minutos... unas 4 veces al dia, mas tiempos regulares en los que mi estomago debe satisfacerse, le alcance el tiempo o no. Seguir horarios, alarmas.. números... todo el tiempo es una cuenta regresiva hacia algo... mi tiempo de sueño lo mide la alarma, que aun antes de sonar, ya me tiene despierta... Cuando el cable que ata mi cabeza me tiene conectada como un operador, sigo siendo este diagrama de flujo... Con respuestas metódicas hacia todo, preveo eventualidades... si pasa algo, siempre hay dos caminos... si me equivoco al inicio todo desembocará en que todo habrá estado mal... siempre una ecuación... siempre una variable... mas que todo, una variable me indicará hacia que dirección seguir... Las mismas palabras, disculpas segmentadas, con un matiz distinto... las voces suenan... las voces, horrorosas, desde el o tro lado de el cable, se desesperan... yo me desespero... resuenan en mi cabeza distintas posibles respuestas mientras mi boca se mueve, y yo no se si pienso o no... soy un autómata, diseñado para dar respuestas ambiguas... Soy un autómata que se ha sincronizado a un cable... y el sueño ya no me deja dormir... se repite la misma rutina en mi cabeza... y me sueño una y mil veces despierta, y siendo un robot... Suena la misma alarma, la misma hora, y mis manos nuevamente se deslizan en busca del teléfono... otra vez esta rutina... y si... Sigo siendo un autómata...