jueves, 23 de junio de 2016

Baños Profundos


A mamá le gustaba que estuviese muy limpia. Murió hace mucho tiempo pero pienso en ella a veces cuando me baño. Recuerdo que no estuvo un par de años conmigo cuando yo era bebé. Que tuvo que irse a otro país a ganar más dinero y que me dejó con los abuelos. También que regresó cuando yo empezaba a aprender a bañarme, que siempre decía que le gustaba su vida en ese otro lugar y que la única razón por la que vino fue para cuidarme. No supe como era cuando se fue con papá pero el abuelo dice que cuando volvió sin dinero y sin él, era otra persona.
A mí me gustaba dormir con la abuela, salir con la abuela, bañarme con la abuela y vivir con los abuelos, pero a mamá no le gustaba nada de eso. En cuanto volvió dijo que viviría con ella. La abuela dijo que no era necesario, que yo podía quedarme el tiempo que quisiera mientras ella estabilizaba su situación, pero mamá hizo mis maletas y me mudé ese mismo día.
Al instalarnos en su casa, mamá dijo que aprendería a bañarme como se debía cuanto antes. Cuando estaba en la regadera, me ponía gotas de jabón en los dedos índices y me pedía que las pusiera dentro de mis ojos abiertos. Decía que así estarían más limpios. Las primeras veces lloré mucho aunque me pidió con dulzura que me calmara. Mamá decía que debía parpadear hasta que salieran burbujas para que las pestañas y el resto del ojo estuviesen impecables. El interior de mis párpados se calentaba y ardía cuando eso pasaba. A veces hacíamos lo mismo con el interior de mi nariz, y me pedía que aspirase agua por ella hasta que me saliera por la boca aunque luego pasara toda la tarde estornudando. Al terminar el baño siempre tenía los ojos irritados y la nariz roja. Mamá decía lo que hacíamos se llamaban baños profundos. Al salir de la regadera y aprovechando que mis orejas estaban húmedas, mamá les introducía cotonetes hasta que dejaba de escuchar y los latidos de mi corazón rebotaban dolorosamente dentro de mis tímpanos. Podía sentir el algodón tan adentro de mi oído que tosía. Algunas veces sangraba y sentía el líquido caliente escurriéndose por mi mentón. Cuando eso pasaba, mamá tomaba papel higiénico para contener la sangre y no manchar la bata de baño con la que me secaba el resto del cuerpo. Cuando mis oídos se tapaban por el exceso de sangre, mamá usaba una mezcla de alcohol y agua para que la suciedad se suavizara, aunque tenía que usar muchos cotonetes para que esto pasara.
A mamá tampoco le gustaba que mi cabello tuviera nudos. Lo cepillaba con fuerza una y otra vez y en cada vuelta mucho cabello se quedaba atrapado entre las cerdas del peine. Ella decía  este se enredaba porque era muy grueso y que ya me crecería. A mamá también le gustaba que mis uñas estuviesen pulcras. Teníamos un filoso cortauñas que usaba dos veces por  semana. Cuando ella volvió, yo empecé a comerme las uñas, así que decidió no dejar que eso pasara. Para lograrlo, introducía la punta inferior del corta uñas en medio de la piel y la uña y cortaba un poco de ambas para asegurarse de que no pudiera morderme nada. Las puntas de los dedos me sangraban y me ardían un par de días, y cuando las uñas empezaban a crecerme lo suficiente para cubrir la piel lastimada, me las cortaba de nuevo.  Al terminar con el baño, mamá me abrazaba muy fuerte, luego besaba mi frente con ternura y en ese instante yo podía sentir que me quería.
Mamá también se encargaba de mantener mis dientes brillantes. Yo tenía un cepillo de cerdas duras que ella pasaba dentro de mi boca hasta que las encías se inflamaban. Luego me hacía sacar la lengua y lo introducía hasta hacerme vomitar. El hilo dental era obligatorio y su paso por entre mis dientes casi siempre hacía que las encías se abrieran y me llenaran la boca con el ferruginoso sabor de las heridas.
Mamá se concentraba mientras me bañaba, y al salir del baño, siempre se veía muy relajada. Algunas veces, su tranquilidad duraba hasta el siguiente baño. Cuando eso no pasaba, esperaba a que hiciera ruidos en la mesa o a que mis calcetas estuvieran sucias para peinarme de nuevo.
Cuando aprendí a bañarme sola, mamá me pidió que siguiera haciendo los baños profundos y para comprobarlo me olía los ojos y examinaba mis orejas con una lámpara. También metía  sus dedos entre mi labio inferior y los dientes para confirmar que hubiese seguido sus instrucciones. Por más que insistí en que podía peinarme sola, mamá lo hizo por mí hasta que cumplí once. Por ese tiempo el cabello empezó a desaparecer de mi sien derecha.
En muchos años no vi casi nunca a los abuelos, ya que salía de casa con mamá al colegio y ella pasaba por mí después del trabajo. Una vez pasé una semana vomitando y mi mamá decidió llamarlos. Llegaron con el pediatra, que se asustó de mi peso y el estado de mi cabello.  No íbamos nunca al doctor y mamá no tenía dinero para la medicina, pero la abuela compró todo y poco a poco fui llegando a la talla que debía a tener con respecto a mi tamaño. El cabello tardó en crecer un poco y aún hoy veo pequeños agujeros que cubro con sutileza con otros mechones que desperdigo en mi cabeza.
Algunos años después, mientras me bañaba antes de irme a dormir, escuché un grito agudo viniendo del cuarto de mamá. Salí lo más pronto que pude y la encontré inerte en su cama. La moví un par de veces y no reaccionó. Fui por hielo a la nevera y lo coloqué en su cuello pero nada pasó. Toqué su nariz y tampoco estaba entrando o saliendo aire. Me senté a su lado mientras pensaba en qué hacer. Después de algún tiempo decidí despedirme de ella como se merecía. La acomodé como si hubiese estado durmiendo y fui al baño por shampoo, cotonetes y el cortaúñas. Con cuidado puse gotas de shampoo en uno de sus dedos, que ya se estaba poniendo rígido y le abrí los ojos. No pude hacer que parpadeara pero moví sus párpados y luego de obtener un poco de espuma la limpié con su sábana. Metí también cotonetes a sus oídos hasta que sentí que topaban en sus tímpanos. Solo una de sus orejas sangró y tuve que ir al baño por papel para limpiar su lóbulo. Mamá tenía unas uñas larguísimas que me costó mucho trabajo quitar, pero al finalizar, la piel descosida de la punta de los dedos se veía idéntica a la de mis manos. No quise cepillarla porque su boca no se abría pero pasé mis dedos en sus encías inferiores hasta que las vi inflamadas. Arranqué un mechón de su cabello ensortijándolo en mi dedo y halandolo con todas mis fuerzas mientras mi otra mano empujaba al lado opuesto su cabeza. Pensé que era todo lo que podía hacer por ella. Limpié el desastre y puse los restos de sus uñas y los artículos de higiene en una bolsita que tiré en la basura de la cocina. Luego, regresé a taparla y cerrando sus ojos que aún tenían restos de shampoo, le di un beso en la frente y le dije que la amaba.
Fui a mi habitación a dormir un rato y a la mañana siguiente llamé a los abuelos para contarles que mamá no despertaba. Llegaron en cuanto pudieron y todo ese día los oí haciendo llamadas a diferentes partes para poder hacer el funeral a mamá.  El médico que llegó a revisarla declaró que un paro cardiaco le había causado la muerte la noche anterior. Los abuelos se encargaron de su entierro y desde entonces vivo con ellos como antes de que mamá se fuera.
Todavía guardo conmigo el mechón de cabello que tomé de mamá dentro de una bolsa que sellé al vacío. Desde que ella murió, dejé de hacer los baños profundos y mis uñas ya crecen con normalidad. A veces, mientras el agua escurre de mi cabello a mi cara, un poco de espuma entra a mis ojos y cuando eso pasa, me enjuago tanto como puedo. Mientras mis ojos están cerrados y el líquido me quema los párpados, siento a mamá besando mi frente mientras me aprieta contra su cuerpo diciendo que me ama.

domingo, 17 de abril de 2016

Amarillo

Lo primero que siento es el putazo del carro contra mi puerta. Todo por salir tan tarde. Todo por querer pasar el semáforo en amarillo. Todo por imbécil. El otro carro agarró el mío de costado. ¿Qué me costaba esperarme? Nada. Ahora ni modo. Mi cabeza rebota contra el vidrio. Siento que rompí algo. ¿Habrá sido mi cabeza o el vidrio? Creo que las dos cosas. El golpe hace que mi carro dé vuelta. Me asfixia el cinturón de seguridad. Mi cabeza rebota contra todo. Siento el sabor metálico de la sangre en la garganta. Me ahogo. Algo más se rompe cerca. Creo que son mis costillas. El carro resbala sobre el asfalto, de cabeza.  Encima iba muy rápido. Y el otro idiota seguro igual. No puedo abrir los ojos. Siento la cabeza del tamaño de un letrero de esos gigantes de propaganda y el pelo colgando. Voy a ensuciar la tapicería. Me estoy expandiendo. Mis brazos empiezan cerca del cuello y se extienden por la calle, hasta hacerse parte de la carretera. Siento el peso de los carros que paran cerca de dónde está esta babosada humeando. De seguro subí el carro a la acera. Me van a hacer pagarla si le hice daño a la banqueta. Menos mal no le pegué a un poste. Si no, deuda segura. Y aparte que pago impuestos. Con eso deberían arreglarla. No puedo respirar y siento la sangre resbalando de mi boca. Me rompí algunos dientes. Me rompí todo. No le vi las placas a ese idiota. Lo voy a demandar. Yo venía bien. Uno se puede pasar en amarillo. Aquí se puede hacer. El semáforo no estaba en rojo. Estaba en amarillo. En amarillo pasa cualquiera. Mi esternón es un gusano cortado por el medio que se retuerce. Siento las costillas atravesando algo dentro de mi cuerpo. Me duele horriblemente respirar. Ojalá que me pague ese hijo de puta. No puedo mover nada. La gente se ha ido asomando. Se oyen sus pasos cerca. Encima tan tarde. Se van a tardar los bomberos. No me acuerdo si pagué la última cuota del seguro. Ojalá hayan cámaras en esta calle. Así van a ver que el semáforo estaba en A-MA-RI-LLO. ¡Ah, bien! Si la pagué. El mensajero me llevó el voucher la semana pasada. Entonces no pasa nada. La gente se debe haber quedado como idiota, viendo el choque y nada que le dan vuelta a este carro. ¿No han visto que estas mierdas explotan? Me voy a quemar aquí dentro y entonces si se fregaron. Y yo sin poder ni mover las manos y salir por mí misma. Ni los ojos. Ni abrir la boca. Ya no me sabe a sangre. No puedo ni siquiera mover la lengua. Seguro están ayudando al del otro carro. Idiotas que son. Mi carro aquí volteado y el otro seguro solo se raspó y ya lo sacaron. ¡Denle vuelta a esta mierda! Fijo me cubre el seguro. Ya había que cambiarle la flecha al carrito. Ojalá y le den servicio mayor. Todavía estaba bueno. Saber ni cómo quedó la carrocería con eso de que di vuelta. Se regó el café que llevaba de plano. Debe estar hecho una vomitada aquí adentro. Pero no huelo nada. No siento nada. Pero oigo. La gente mierda que solo habla cerca y no hacen nada.  De plano van a esperar a los bomberos. Y mientras, ¿Yo? Bien gracias. Bien me podría haber ahogado en mi sangre, así como estoy, de cabeza, y estos hijos de puta ayudando al otro. Y ni una ambulancia se oye. ¡Ah, bien! Bien se oye. Pero lejos. Tal vez ni es para mí. Ya quiero que me saquen para que pueda abrir los ojos. Para ver cómo quedó el carrito. Si eran para acá los bomberos. ¡Ah la gran puta! Dice un bombero. O saber. Talvez un doncito. No la vamos a poder sacar. ¿Cómo putas no? Si yo les he dado fichas cuando pasan moviendo el bote blanco ese a media calle. ¿Ni con la quijada de la vida, vos? Le pregunta uno al otro. Pues mejor que usen esa su mierda, porque ya me estoy encabronando. Nel, vos. Mirá como está, le responde el otro idiota. Imbéciles. Yo me pasé en amarillo. AMARILLO. Se les va a armar la de San Quintín si aquí hay cámaras. Esto es negligencia. Al bote se pueden ir estos bomberos hijos de puta por no quererme sacar. Hay que voltear el carro nada más, dice alguien. ¡Puta, usted! ¡Qué brillante idea! Ya creía yo que iba a vivir para siempre dentro de esta mierda que está volteada como cucaracha recién machucada. Saber por qué casi siempre se quedan así. Boca arriba. Son idiotas como la gente que debe estar afuera del carro. Ojalá cargue sus papeles en una bolsa, dicen. Gente mula, dicen. Tener que llamar a la familia a esta hora. Qué bueno que los hueseros de las funerarias siempre le ahorran a uno ese trabajo. Dice otro idiota. Cómo que yo no estuviera oyendo. Escucho ruidos fuertes. ¿Le estarán dando vuelta al carro? Yo creo que si. Ojalá le hayan vaciado extintores antes. Si no, cuando rebote me va a estallar. Mire cómo quedó de hecha huevo. Todo lleno de mierda. De plano cuando empezó a dar vueltas esa babosada se cagó. Y lo pior que en falda. Todo lo hizo un cagadero. Qué bonito se oye, bombero, hablando mierdas con uno aquí presente. Pero no me acuerdo de haberme cagado. De verdad que no. La gente está asustada. De plano ya me vieron. Cómo murmuran. Qué muerte más maldita. Esto no es lo que decían en el colegio. Uno se muere y se va al cielo. O al infierno. Y yo aquí oyendo a estos serotes. De plano me achurraron el carrito. No me hubiera pasado el amarillo. Pero es que aquí siempre se puede. Aquí es diferente. Amarillo es vía. Es casi verde. No le dije ni adiós a mi mamá. Amarillo era. Esstabba en amrarilrlo.





sábado, 26 de marzo de 2016

Vestidos


Desde siempre me han gustado los vestidos. Sentir libertad bajo las prendas. La ligereza de mi cuerpo casi desnudo enfrentándose a la calle, al ambiente, a la opresión de ser yo. Sonrío solo de pensar en mi  piel, tibia y fresca, descubierta  mientras camino por la calle, aunque, al ver hacia abajo,  mi cuerpo esté parcialmente cubierto por la tela que se mueve. Sueño con escotes que descubren a medias mi pecho casi plano y que bajan por mi espalda recta, deslizándose hacia la redondez de mi trasero. También me gustan los de tirantes que desnudan por completo los brazos, aunque evidencien la falta de sol en los hombros y el inicio de las extremidades.
Muchas veces he parado en las tiendas de vestidos después del trabajo, solo para admirar  contornos de hombros, diseños, costuras, rectitudes, texturas, tamaños, colores. Me he detenido también a medir las diferencias entre cadera, pecho y cintura, para comprobar una y otra vez que los diseñadores no saben nada de formas reales y que nunca encontraré un vestido que pueda amoldarse por completo a mi cuerpo.
Y aunque no quepa en ellos, en los hermosos y tentadores vestidos de pliegues que busco en revistas, aparadores y tiendas, eso no significa que no tenga los míos. No tengo muchos porque me gusta la discreción, pero en marzo (a veces abril) los uso cada vez que puedo. Cuando las calles se llenan de calor, de bullicio, de alfombras de aserrín y de gente comprando bebidas frías y comida típica de temporada, mis vestidos se desempolvan y se preparan para verme danzar feliz dentro de ellos.
Hoy es el día en que empiezo el ritual de verano. Me he despertado temprano. Lo primero que hago es tomar un baño que me purifique y me despierte. Me seco lo mejor que puedo y acomodo mis (hermosos, soñados) vestidos entrándolos por encima de mi cabeza. Cubro perfectamente mi pecho, acomodando botón tras botón, hasta el ombligo. Me detengo casi siempre en este punto porque mi piel se eriza cuando mi cuerpo se siente bailando dentro de la floja tela que me cubre. Además de los vestidos, tengo varios cinturones para hacer juego, y  normalmente escojo alguno que combine para colocarlo alrededor de la cintura y darle forma a mi pieza. El espejo de mi habitación es enorme, y en él reviso que el resto de mi atuendo caiga hasta casi los zapatos. Sé que no debería, pero no puedo evitar quitarme la ropa interior. De todas maneras, mis (hermosos, holgados) vestidos son casi siempre oscuros y me esfuerzo por que nada se trasluzca de ellos. Luego de comprobar que mi atuendo esté perfecto, arreglo mi cabello y coloco una leve base de maquillaje sobre mis mejillas. Me gusta verme natural, y me encanta saber que me veo radiante y a tono con el clima. Luego de terminar con esta fase, subo a mi terraza, y dejo que el sol y la cámara de mi teléfono comprueben que puedo salir a la calle con solo el vestido puesto. Me tomo un par de fotos. Quiero irradiar femineidad, sutileza, aunque cuando la cámara me enfoca, las tomas a veces se ven forzadas. Termino la faena de ver mi cuerpo a contraluz y regreso por las gradas.

Bajo a la sala, sonriente y veo a mamá esperándome para despedirse.  Me persigna y me da mi turno. Salgo a la calle, camino algunas cuadras y me sumerjo en el maremágnum de gente que me acompaña en el dudoso festejo de ver un cuerpo martirizado y semidesnudo cargado en hombros. Me resigno y pienso que el fin es más importante que los medios. Al llegar a la dirección que tiene impreso el turno que me ha dado mamá, me pongo un gorro morado, que combina perfecto con los vestidos de mis compañeros y los saludo. “Gusto de verte otra vez, Roberto” me dicen, apretando mis manos, mientras yo lucho por que no se peguen demasiado a mi cuerpo desnudo. Me incorporo a las filas y rezo por que este año no sea el anda tan pesada.

miércoles, 10 de febrero de 2016

La venta de comida



La gente siempre ha sabido que en la familia somos unas calientes. La única herencia que nos dejó la abuela fue la de tener muchachitos antes de los dieciséis. Casi todas las mujeres de la casa, que somos seis, para cuando cumplen dieciocho ya tienen por lo menos tres chirices. Aunque siempre hay gente como la Claudia, que esa se fue más lejos. Empezó a los catorce y ahorita ya tiene tres nenes y una hembrita. Y eso porque algo le pasó en la matriz, si no estaría inundada de güiros. Y digo inundada porque cuatro niños es lo normal aquí en la casa, aunque yo solo tengo dos.

Pero eso de que supieran que somos unas calientes no quería decir que pensaran que éramos unas putas. Teníamos fama de buenas patojas. La abuela siempre dijo que había que ser mujer de su casa y quedarse con el mismo marido, porque si no, ¿Qué iba a pensar la gente? Yo ya voy para diez años con el Carlos. Siento que ya me aburrió, pero de vez en cuando salimos con los nenes, tratamos de hacer cosas diferentes, y no la pasamos mal. Lo mismo pasaba con mis hermanas, así que todas tenemos una vida más o menos estable, aunque durante mucho tiempo, nuestros maridos trabajaron en otros pueblos y no los veíamos mucho.

Ahora que lo pienso, la otra herencia que nos dejó la abuela fue un terrenón cerca del centro del pueblo, en el que todos construimos nuestras casas. Eso me gusta porque siempre estamos cerca y siempre se puede echar la mano a alguien que lo necesite y también pedir ayuda cuando hay clavos. Solo es de salir de la casa y tocar otra puerta, porque todos somos familia. Y los terrenos que están cerca, en general son de familias amigas de mi abuela y por eso todos nos conocíamos de toda la vida y eso estaba bien. Lo malo fue que hace unos años, en tiempo de vacas flacas, Don Octavio vendió su terreno, que empieza donde se termina el nuestro a mano derecha, y una constructora puso una lotificación de casas bien bonitas que estaban más o menos baratas, aunque eran chiquitías. Se vendieron rápido y cuando nos dimos cuenta, vivía cerca de nosotros mucha gente que nunca habíamos visto y a la que no teníamos ganas de conocer.

Justo por esos días, Roberto empezó a viajar mucho para la capital, porque había encontrado trabajo como camionero y le pagaban muy bien. Él me caía bien porque era de los pocos hombres que no habían buscado trabajo fuera. Siempre lo ayudaba a uno, y siempre andaba  contento. Se miraba que quería mucho a la Juana. Antes de su trabajo de camionero, tenían una aceitera en el centro y los dos trabajaban todos los días allí.  Cuando él decidió irse por lo del nuevo trabajo, vendieron el negocio. Yo pienso que ella también quería a su marido pero ya llevaban como catorce años juntos y de plano ya estaba aburrida y por eso no se puso tan mal cuando él ya no estuvo cerca siempre.

Lo que si pasó es que la Juana estaba acostumbrada al trabajo y cuando ya no tuvo que hacer, se deprimió mucho.  Una vez llegó a la casa y nos pusimos a pensar en qué ocupar nuestro tiempo porque ninguna de nosotras estaba trabajando y todos los patojos estaban ya en la escuela. Se nos ocurrió poner una venta de comida y llevársela a la gente a sus casas. Repartimos volantes, armamos un nuestro menú y mandamos a imprimir una manta vinílica que pusimos cerca de la calle para anunciar el negocio. Luego nos emocionamos mucho porque la gente de la lotificación empezó a comprarnos bastante.

Entonces empezamos a armar nuestra rutina. Lo que hacíamos era arreglar a los patojos y llevarlos a la escuela en la mañanita, e ir al mercado por las cosas que íbamos a usar. Luego regresábamos a la casa a preparar la comida y ya para el medio día salíamos con nuestros azafates llenos de comida en platos de duroport con tapadera y cubiertos plásticos dentro de una bolsita con su servilleta. Hablábamos un rato con la gente que nos compraba a veces, cobrábamos y regresábamos a limpiar los sartenes y ollas. Después de eso regresábamos por los patojos y les dábamos de comer. Por la noche revisábamos las ganancias y también lo que tocaba hacer el día siguiente. Era bien bonito porque todas nos turnábamos para hacer de todo y estábamos ganando un buen dinero. La mayoría de nuestros maridos se pusieron a la defensiva y Carlos, por ejemplo, me dijo que él era hombre suficiente para darnos de comer a todos. Pero ninguna hizo caso porque nosotras no estábamos para que nos dijeran qué hacer, y además el negocio estaba bonito.

Un día llegó a mi casa un negro que venía de la costa y que se llamaba algo así como Anderson. Era un hombrón de dos metros y que tenía como sus cuarenta años. Era un poco panzón y me fue a buscar porque quería que le vendiéramos comida por mes. Al parecer tenía algo que ver con la constructora y había comprado una su casita allí mismo, con lo que trabajaba en la administración toda la mañana y luego se iba a comer a donde vivía.  El lugar en donde había comprado estaba casi al final de la lotificación, así que le dije a la Juana que fuera ella a dejarle la comida. Nunca habíamos llegado allí pero ella quería hacer ejercicio, así que le iba a dejar la comida al Anderson y de paso caminaba un su poquito.  Durante un par de meses la Juana estuvo haciendo su recorrido y ya hasta se miraba más delgada porque decía que después de ir a dejar la comida, caminaba por el borde de la lotificación, para hacer más cardio, y se regresaba a la casa.  Roberto se había ido un mes a recorrer la capital, así que ella tenía más tiempo para hacer las cosas del comedor. Cada vez se tardaba más en regresar, pero se miraba más en forma y también más arreglada, así que todos pensábamos que estaba bien que hiciera sus cosas. Cuando Roberto regresó, la Juana no salió unos días de la casa. En cuanto los patojos se iban se encerraba con el marido. Por eso no nos extrañó que al poco tiempo nos dijera que estaba embarazada. Era su quinto muchachito, y aunque ya estaba algo grande y el resto de los patojos ya había crecido, estaba emocionada.

El nene nació un ocho de Junio. Roberto nos llamó del hospital para avisarnos la hora de visita y todos nos arreglamos para ir a verlos. Cuando entramos vi que Roberto estaba llorando. Le pregunté que qué le pasaba y solo me dijo que estaba muy feliz y que se había emocionado demasiado. Cuando entré al cuarto vi a la Juana también llorando, y a su lado a un muchachito que, aunque no era negro, tampoco era blanco como nosotras. Era un mulatito hinchado y gordo, con toda la cara de Anderson, aunque con la boquita de la Juana.
Al par de días salieron del hospital, con Roberto cargando al niño y abrazando a su mujer. A ambos los miraba con auténtica dulzura y parecía que se sentía un poco culpable. Nadie dijo nada del color del nene, al que la Juana le puso Andrés, y todos lo aceptamos como cualquier otro de los patojos.


No sé si Roberto vio alguna vez a Anderson, pero supe que a los meses de nacer el nene, vendió su casa y pidió que lo transfirieran a otro proyecto de lotificaciones. Nada cambió en nosotras y todavía tenemos el comedor, pero el resto de nuestros maridos dejó de trabajar afuera y casi todos pusieron negocios cerca de nuestro terreno. Lo único malo es que la gente que siempre nos tuvo por calientes, ahora a veces piensa que somos unas putas, aunque si uno lo piensa, igual la Juana se quedó con el mismo marido.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Mis vecinos


No recuerdo hace cuánto vivo aquí. Talvez uno, dos años. No puedo ser más específica ahora. Perdone. He tenido siempre esta habitación. También compartido el baño cuando el mío está averiado. Y eso pasa frecuentemente. Como yo, otras personas utilizan el baño general si el suyo no funciona. No los veo mucho, pero los escucho llegar a menudo, y a veces irse.
La primera vez que pasó algo, era tarde. No soy una persona con miedo. Ni ahora ni nunca. Mi baño no funcionaba y yo había vuelto cansada y con ganas de una ducha después del trabajo. Tuve que ir al baño general, como casi siempre en los últimos días. Mientras me duchaba, escuché un grito agónico, aterrorizado y largo salir de la habitación de los vecinos que estaban justo frente al baño. Me duché rápido, y mientras la ropa se pegaba a mi cuerpo, todavía húmedo, salí con cautela a ver qué había sucedido. Durante mi breve baño, escuché a una persona agonizando, y otra que asestaba golpes con furia, mientras farfullaba no sé qué cosas. En cuanto abrí la puerta, el ruido cesó. Pensé que a mi salida encontraría un camino de sangre y un cuerpo todavía moviéndose, pero no quería quedarme atrapada y temblando en donde estaba. Mi sorpresa fue que, al salir, la puerta de los vecinos estaba cerrada y el resto de la casa se encontraba en un silencio interrumpido solamente por el agua saliendo del grifo que, en la prisa, había dejado abierto al salir del baño. Regresé a cerrarlo, aunque seguía escuchando en mi cabeza los gritos desesperados de la persona que ya imaginaba muerta en el corredor. Al llegar a mi habitación, me cercioré de asegurar la puerta con el cerrojo, y me dormí casi inmediatamente, ya que sentía la cabeza a punto de estallar por las emociones de los últimos cinco minutos y el cansancio acumulado de ese día.
El siguiente sábado, me llamaron para cubrir a alguien en la oficina. Para variar, mi regadera seguía sin funcionar, así que fui a la comunal de nuevo. Me metí a la ducha, y tan pronto como abrí el grifo, sonidos de ultratumba vinieron de afuera como la vez anterior. Gritos similares y puñetazos hacían eco dentro del baño. No salí de inmediato como la vez anterior, pero cuando lo hice, mi vecino estaba recostado en el marco de su puerta, pues había terminado de barrer. Quería cerciorarme de no ser yo quien enloquecía y le pregunté si había escuchado los gritos que yo había oído hacía un momento. Me explicó que él era amante de los films de horror y suspenso, y que justo veía un fragmento de algo de Hitchcock mientras arreglaba su habitación, lo cual explicaba el terrible ruido. Le dije que había temido por mi vida, y le conté mi experiencia pasada, a lo que sonrió y me pidió disculpas por los sobresaltos. Le agradecí por confirmarme lo que pasaba, fui a mi habitación, me vestí para ir al trabajo, y, mientras iba de camino hacia allá, pensé que me sentía mucho más aliviada de no convivir con un asesino violento o un maniático obsesionado con infringir dolor, como había dado por hecho en la primera ocasión.
Después de esa explicación, se volvió más frecuente el oír gritos y golpes, que en ocasiones llegaban a mi habitación. A veces me asustaba, porque salían de la nada, pero ya no me sentía en peligro.
La vida siguió su curso, hasta hoy que salí del baño. Aunque esta vez no escuché gritos, una mancha de sangre se esparcía afuera del cuarto de mis vecinos. Me asusté y corrí a mi habitación. Sobre la cama se veía algo muerto. No sé qué es.  No quise tocar nada. Todo lo que hice fue gritar y encerrarme. Luego de eso, llamar a emergencias. La operadora me dijo que me calmara, que usted no se iba a tardar. Y de verdad agradezco que esté aquí.
De verdad perdone, pero créame que ahora no sé cómo explicarle por qué sobre mi cama no ve nada. No  entiendo tampoco por qué no hay manchas de sangre en el piso. No sé por qué nadie vive en el cuarto de mis vecinos. Siempre los he visto salir y entrar… ¡Por favor, no me diga que mi casa está desocupada! ¡Yo no vivo aquí sola! Le juro que he compartido el baño con ellos, y tengo miedo, ahora que han venido a dejar algo muerto en donde le he señalado, aunque usted no lo vea.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Don Nico


Don Nico tuvo suerte hasta de su nombre.
Estaba predestinado a cargar su debilidad hasta en el mote.
 - ¡Qué de a pomada que su nombre sea su vicio! - Le decía Justo, el de la tienda, cuando hablaban de su diminutivo, mientras hacía sencillo el billete de cincuenta con el que Don Nico pagaba por la cajetilla de veinte cigarros que compraba a las siete de la mañana en punto, y que se acabaría antes de las cuatro de la tarde. –Fijate patojo, que yo me enteré hasta hace pocos años de esa babosada, porque los hijos de la Noya me empezaron a decir Don Nicotina, y yo pensé que me estaban diciendo malcriadezas. Y les empecé a gritar “que son unos hijos de aquí y unos hijos de allá” maleducados por estarme mentando la madre. Y no mirás que en eso vino su mamá a decirme que la nicotina es esa cosa que hace que uno sea adicto del cigarrito, y ya nos matamos de la risa todos. Es que a veces uno es bien burro, todo por no saber, fíjate vos. Bueno, pues. Ay nos vemos. Regreso en la tardecita.- Y se iba, con el cadáver del cigarro colgándole de la comisura del labio, mientras le quitaba el seguro rojo a la nueva cajetilla, y cruzaba la calle para entrar a su casa.
El color amarillo de su bigote, el dedo índice y el medio delataban el humeante hábito de nuestro amigo.  Y si uno era lo suficientemente despistado como para no notarlo, el olor que se desprendía de su pecho al hablar, lo hacía. Cuando ponía el habla en movimiento, se podía percibir el traqueteo de impresora de periódico a punto de fundirse, subir por su garganta, mientras el dióxido de carbono que no moría en su aparato respiratorio salía con residuos de humo y hedentina a tostador quemado por la boca. Claro, eso y el hecho de que, mientras estaba despierto, un cigarrillo lo acompañaba a donde fuera, no dejaban dudas sobre que don Nico era un fumador empedernido.
El entorno había ayudado, debo admitir.  Las películas de los 50’s y 60’s que pasaban en los cines Roxy (antes de que fuera Tikal), Mundial, Capitol, y similares, habían dejado en él, como en toda esa generación que estaba naciendo cuando estalló la revolución del 44, el idealismo de ser un macho alfa que trajera revoloteando a féminas de todos los estratos (siempre y cuando estas fueran hermosas). Esto aunado a la aparición de  actores como Tony Curtis, James Dean, y Marlon Brando, (cuyos anuncios de cartón amarillento colgaban afuera de los establecimientos con letra Brush Script) que traían una sonrisa, la virilidad y un cigarro entre los labios, fomentó en gran manera la generación de los fumadores de más de sesenta que sobreviven a nuestros días.
La primera vez que (el por aquel entonces patojo) Nicolás Rubio probó un cigarro, casi se muere. Estaban metidos en el parque San Sebastián, controlando la ronda de policías, que debía pasar cerca de las seis de la tarde (un ratito antes del toque de queda), cuando Joaquín, otro patojo buzo de la cuadra, sacó de su bolsillo un cigarro. –Va, ahorita vamos a ver quién es hombre, pues.- dijo Roberto, a quién los 13 años y la voz de niña traicionaban su intento de parecer macho hecho y derecho. – Mtch, pero si nadie trajo fósforos- Dijo Nico, que estaba más nervioso porque lo viera la policía que por tragar humo, y que era también, el más conservador de sus amigos. - ¡Ay! Qué flor saliste, Nico. Ya sabía yo que no iban a querer, pero también traje carterita- Dijo Joaquín, extrayendo del otro bolsillo una carterita húmeda con tres cerillos. –Va, ¿Quién empieza?-  Saltó Roberto, con ganas de ser el primero. – Que empiece el Nico, así no se nos escapa de dar por lo menos un jalón-.  Determinó Joaquín, acercándose a ver la proeza de su amigo.
Nico estaba hecho un manojo de nervios. Al tomar la carterita de fósforos, se le resbaló y la tuvo que limpiar del lodo que había en el parque. El primer fósforo no encendió nunca. Sus amigos le hicieron casita para que no se le apagara el segundo, y, para evitar que arruinara el cigarro y el fósforo en el intento, Nico jaló todo lo que pudo de un tirón, con lo que el humo llenó su boca, garganta, ojos, y posiblemente, hasta su estómago. Debe haber sido la falta de filtro lo que ocasionó la catástrofe, porque lo siguiente que pasó fue que Nico tosió hasta vomitar. Sus amigos, asustados, trataron de sacarlo del parque, y prometieron que nadie iba a intentar otra vez fumar en su vida. Cuando don Nico se acordaba,  se reía hasta acordarse que el primero que había muerto de los tres había sido Roberto, de enfisema pulmonar. Entonces ya no se reía.
Con el tiempo, el cigarro se había vuelto su adicción. Cuando fumaba, las muchachas jóvenes del sector lo veían, y aunque la mayoría no eran como las voluptuosas diosas del sexo que en su imaginación atraía, había cantineado a más de una en su papel de Stanley. Cuando hacía esto, se recostaba en cualquier casa que estuviera cerca, flexionaba la pierna izquierda, apoyaba el zapato contra la pared, y veía a la joven en cuestión con aire de sufrimiento (o al menos eso le parecía a él).  El principio de los años setenta trajo a la vida y al paladar de don Nico el paraíso de los cigarros con filtro y los cigarros de sabores. La vida se pasaba entre el humo de los buses y autos pequeños, que empezaban a intoxicar los pulmones vírgenes de la ciudad capital, y los vapores que emanaban de los filtros que don Nico aspiraba sin cesar.

Al principio, fumaba un par de cigarros al día. Intentaba aspirar todo el humo posible, y expelerlo por la nariz, como en una cascada de niebla en la que su boca se perdía. Se ahogó muchas veces, pero por la fuerza de la costumbre, lo empezó a hacer con naturalidad. Intentó hacer trucos para impresionar a sus amigos, pero descubrió que el respirar el humo lo tranquilizaba, mientras que el intentar hacer figuras y piruetas con él, le desesperaba por el fracaso constante, así que dejó de tratar. Los inocentes dos cigarros por día rápidamente se convirtieron en 10, luego en 15, y así hasta llegar a las 2 cajetillas que se hacen humo a diario en los pulmones de don Nico.
Él, como cualquier fumador, concibe como una extensión removible de su cuerpo el cilíndrico y humeante objeto. El filtro se acomoda dentro de la boca como el neonato al pecho que le alimenta. Es el cigarro el que se alimenta del hombre, no al revés. Y cuando no está en la boca, el cigarrillo se adhiere al espacio que se le hace entre los dedos, lanzando punzadas de deseo que penetran por la piel y suben a través de las manos del fumador, instándole a que lo lleve a la boca de nuevo.
Antes, don Nico llevaba solo en los vellos de la nariz el olor a tabaco, pero con el paso del tiempo, este se ha acomodado en las cejas y el pelo que le sobresale de la frente, además de la ropa, los dedos y las uñas. El “Ya no fumés, que te vas a morir ahogado”, “el consumo de este producto es dañino para la salud del consumidor”, y las desgarradoras campañas que muestran personas que respiran por medio de un tubo que sobresale de un agujero hecho en la garganta por culpa del cigarro,  no amilanan a don Nico, que ve su vida pasar entre tardes que agonizan frente a su ventana y nubarrones del blanco fantasma que ha vuelto su esclavo eterno. A lo sumo, si responde a estas advertencias, se le ve negar con la cabeza y decir el habitual: -¡Ah, esas son charadas que les dicen para meterles miedo y hacer que compren tratamiento para cáncer y esas babosadas. A mí no me va a pasar nada de esas cosas con las que los ahuevan a ustedes, porque son patojos y mulas!-
Eso sí, todo el mundo en casa de don Nico sabe cuándo nuestro amigo acaba de despertarse. En cuanto su cuerpo se desprende del sueño, un quejido casi gutural huye de su pecho. Tose, como para echar a andar la maquinita de sus pulmones. Se sienta y sigue tosiendo. –Es el polvo- dice, aunque nadie le cree desde hace mucho. Mientras se acostumbra al aire libre de tabaco, sus manos preguntan a la mesita por los dos o tres cigarros que dejó para tener temprano. La carterita siempre dispuesta le regala un fósforo, que le alumbra la cara y chispea en sus ojos, mientras el primer cigarro le dice buenos días. Ya listo para enfrentar la mañana que se aproxima, se dirige al baño, saluda a los que encuentra a su paso, y busca el periódico. No falta quién se lleve las manos a la nariz para evitar el desagradable humo mañanero de don Nico. Pero ya está acostumbrado. Después de cepillarse los dientes, el segundo cigarro se prepara para adentrarse a la boca de don Nico, que por regla general, deja el primero a medias, para no sentir que fuma tanto. Este cigarro agota su vida frente a la ventana en que el viejito se acomoda cuando tiene tiempo para pensar. Miles de cigarros acaban como soldados derrotados, con la cabeza deshecha contra el marco de la pobre ventana, que se ha vuelto marrón a fuerza de suspiros y nicotina. Cuando come, un cenicero aguarda como centinela a que desaparezcan los sagrados alimentos, mientras una delgada columna de humo busca a nuestro personaje, enredándose en la silla y haciendo espirales hacia el cielo, como haciendo tiempo a volver a los pulmones de este amante del humo.
Claro que no todo es miel sobre hojuelas. Una vez se quedó sin cigarros. Un terrible 25 de diciembre, no abrieron las tiendas, y don Nico, acomodado a los horarios que mantenían esclavos a los tenderos, no pensó ni previno el desastre. No hubo quién le diera un pinche cigarrito. Si no hubiera sido por la poca higiene que su ventana mantenía, creo que nuestro amigo se hubiera muerto de la pura cólera ese día. Afortunadamente, su ejército de inválidos lo salvó. En la desesperación, don Nico pasó todo ese día pegado a la ventana, fumando chenca tras chenca, restaurando colilla por colilla, y viendo de vez en cuando hacia abajo, para ver si abrían y podía aliviar la terrible ansiedad que le dolía hasta en el pelo. De más está decir que no abrieron. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, don Nico esperaba impaciente a que la luz de la tienda se reflejara en otra cortina. En cuanto lo hizo, bajó como alma que lleva el diablo, y compró, no una, sino dos cajetillas, para no quedarse sin las provisiones de todo el día.

Afortunadamente, no se volvió a quedar sin cigarros. Ahora mismo estará en su lugar de guardia, viendo como las luces de los postes del tendido eléctrico parpadean antes de encenderse definitivamente. Un cigarro se irá consumiendo, mientras la ilusión de ser un fantasma revolotea en la cara de don Nico. Parece indio Cherokee, lanzando mensajes esporádicos que van desde su boca a la ventana, y se pierden antes de llegar al techo. Afuera, se encienden las luces de las tiendas, y la gente que vuelve de los trabajos se saluda sin verse. Los buses fuman diésel para funcionar, y Don Nico y la luz naranja de su boca hacen algo parecido. Mientras la vida del cigarro se consume, el viejito suma un día menos de vida. Si alguien ve hacia la casa de nuestro amigo, la sombra de un hombre que respira humo y recuerdos, y el parpadeo intermitente de una vida que ha pasado entre la niebla, se distinguen a través de una ventana en la que un cigarro muere, y el siguiente se prepara para agotarse entre un bigote amarillento.

¡Ay, vos!


Ay vos
¡Cómo me duele nombrarte!
afuera llueve
aquí dentro otro poco
Las cenizas del fin de domingo
se ensartan en los ojos
y es bien fácil llorarte.

Ay vos
la certeza del mañana
es esa que no llega nunca
la falta del futuro
me está quemando los ojos,
las ganas, la vida.

Ay vos
Salgamos, caminemos
que vos y yo somos sombra y charcos
yo soy todo lo que sobra
y vos, la tristeza de las tardes de frío.

Ay vos,
¡Cómo me dolés por dentro!
la falta de tu risa
la falta de tus ganas
cómo me duelo yo
por esperarte como idiota.