sábado, 13 de agosto de 2016

El rosal de la abuela


Me están arrancando todo el vello del cuerpo. Tengo los poros abiertos, y la piel en carne viva. Me siento como un sapo, frío. Frío frío. con el pecho atravesado por astillas. Con los pies atestados de clavos que entran por la planta y salen por arriba. Estoy empezando a sudar, y un sudor frío llena mis poros. Empiezo a escurrir sangre y sudor. El sudor hace que los poros me piquen, y la sangre diluida fluye hacia otras partes de mi cuerpo. Intento levantarme, y las astillas que tengo en el pecho me clavan a la cama. No puedo respirar, estoy viscoso, me duele el pecho y todo vibra. Es mi despertador. Me despierto sudando, con la sensación de aún estar clavado a la cama.
Salgo de las sábanas, tomo una ducha, y voy al comedor. Mi abuela ya está esperándome, lista para que hagamos lo que mejor sabemos hacer: hablar y comer.
-¿Qué tal dormiste, m'hijo?-Me pregunta. Pienso mentirle, pero no tiene sentido. -Mal, mama. Hace como una semana sueño muchas cosas meras raras. Me duele el pecho, me siento cansado, me duele la cara y siento que me están puyando. Ya llevo así varios días- La pobre mama Estela abre los ojos desmesuradamente y me dice:-Eso es mal augurio, m'hijo. Eso que te está pasando me suena a cuando brujiaron a Tavo, el hijo de doña Noyita. El pobre andaba con un hervor de pecho, que pa'qué te cuento. Le dolían las rodillas, tenía calentura, y soñaba, como vos, que lo estaban puyando. Qué si era la ex mujer, que le había hecho un amarre.-
-Ay, mama. Pero si lo único que me pasa es que me duele el cuerpo. Tal vez es gripe - le contesto. Me ve con desconfianza y terminamos el desayuno. Llevo mi plato al fregadero, y le pregunto qué tal le ha ido con la nueva gente que llegó a la casa.-Bien, m'hijo. Me gustan los nuevos inquilinos. Pagan a tiempo, a veces no se quedan al desayuno o a la cena, y no dejan shuco el baño.- Ah, qué bueno, mama. Así le da más tiempo a usted para sus cosas- le  respondo.  Le doy un beso en la frente, y tomo la bolsa en que me llevo mi comida.
De camino al trabajo, sigo sintiendo que me duele el pecho. Veo hacia adentro de la camisa, porque estoy empezando a sentir las astillitas de mi sueño. Pienso que soy un idiota, por condicionarme de esa manera. Llego al trabajo, saludo a los cuates. Me siento intranquilo. Solo quiero salir de allí y que llegue la hora de la cena. Y no sé por qué. No me hace falta mi viejita. No siento que se vaya a morir y no estoy preocupado. Pero me siento cansado de sentirme angustiado por querer regresar a mi casa.
El día no pasa nunca. Pólizas y más pólizas por rechazar. Todo el día diciendo no a súplicas escritas de clientes puntuales. Ya no me siento culpable, aunque sé que, de alguna manera, les estoy robando. Cuando al fin son las cinco, tengo que quedarme a dar la resolución de un seguro de última hora. Termino lo más pronto que puedo y me largo. Tengo ganas de escupir esos papeles cerotes, solo por haberme retrasado.
Llego a mi casa. Todos están sentados a la mesa. Me gusta que los inquilinos coman juntos a cierta hora y que coman con nosotros. Parecemos una familia. Todos hablando, y contándonos qué tal el día. Cuando nuevas personas han llegado a alquilar cuartos dónde mi abuela casi siempre se integran rápido, aunque las nuevas habitantes (dos jovencitas venidas de un pueblo escondido en la selva para trabajar en no sé dónde) han querido encajar desde el principio.  Rosa, la más grande de ellas, tiene unos hermosos ojos. Antonia, una sonrisa bastante agradable. Me gusta que me miren. Les gusta que las mire. Quiero que terminen todos de comer y se vayan a sus habitaciones. Pero no quiero que ellas se vayan. -Buen provecho-. Dicen, uno a uno, y se van. Ellas no se quieren ir. Me ven con insistencia. Siento sus pupilas desabotonando mi camisa. Y me siento feliz de verlas. De estar allí con ellas. Con Rosa. Con Rosa y sus ojos oscuros. Con Rosa y sus manos suaves, su cuello terso, sus pechos firmes. Con Rosa, que ahora que la veo bien, parece irradiar luz desde el vientre hacia arriba. Antonia me ve con duda. La veo con condescendencia. Siento que la he herido. No importa. Quiero estar con Rosa. Les hablo del clima, del día en el trabajo. Les pregunto si quieren ir a la sala y ver televisión. Me responden que sí. Me siento junto a Rosa. Siento el calor de sus piernas cerca de las mías. Fingimos ver la tele. Antonia dice tener sueño. Rosa ha ganado. Se va, mientras el diálogo entre el cuerpo de Rosa y el mío se intensifica. Seguimos con la mirada fija en el televisor. Muevo la pierna izquierda, de arriba a abajo, despacio, para acariciar su muslo. Se voltea para verme. Sonríe y dice tener sueño. No quiero que se vaya, y no quiero que se dé cuenta de que no quiero que se vaya. Le digo que es mejor que vaya a dormirse. La erección es evidente. Rosa me da un beso de buenas noches y se larga. Me siento ansioso de nuevo. Veo un rato más la televisión y me dirijo a mi cuarto. A tener el mismo sueño. A repetir la misma rutina.
Dos semanas han pasado de cenar, ver televisión, acariciar a Rosa. No puedo con la desesperación. Me estoy sintiendo enfermo. No quiero ir a trabajar. Mi abuela insiste con eso de que estoy brujeado. Yo pienso que se puede ir mucho a la mierda. Lo que quiero es cogerme a la Rosa. Quererla. Meter mi lengua en su boca, y dejar de pensar en sus piernas cuando estamos sentados en la sala. No sentir la desesperación que siento cuando no estoy con ella. Esto no es amor. Es una necesidad maldita. No me concentro en nada. Pierdo dinero. No he podido encontrar mi pasaporte. Lo iba a usar la otra semana. No he salido con mis cuates. Ni con nadie. Todo por esperar la cena para ver a esa puta. Para que me vuelva loco con las faldas que se pone. Para sentarnos en el sillón, y poner la mano cerca de sus piernas. Y acariciarlas apenas con los dedos. Y volver a soñar que me asfixio. Que me quemo. Que mis pies están llenos de clavos, y que astillas me dejan pegado a la cama. Odio a la Rosa, pero la quiero, la necesito conmigo. Nunca había querido a alguien con esta rabia con que la deseo.
Hoy que es sábado, voy a ayudar a mi abuela. Las muchachas no están los sábados. Su jardín es una desgracia. Las macetas están todas machacadas. Así tal vez se pasa rápido el día. Además la mama Estela ya está viejita. Y hace días que no hablamos. Todo por esta ansiedad mierda que me está comiendo vivo. Empezamos con las plantas de chile. Les muevo la tierra, les pongo abono, les quito las hojitas muertas. Luego con la planta de higo. Esa está más o menos bien. Mi abuela pega un grito. Se le cayó la maceta en la que tenía el rosal amarillo nuevo que le regalaron las patojas. Igual la tierra está mala. Adentro tiene un frasco de café, con mi foto atravesada por alfileres. Es la foto de mi pasaporte, con razón no la encontraba. Tenía razón mi viejita. Llama a la Noya para ver que se hace con el frasquito. Dice que hay que quemarlo y que le tengo que escupir adentro. Mi abuela lo abre. Pétalos de rosa se están pudriendo adentro. Eso y no sé qué otras hierbas. Apesta a desagüe. Jalo desde el fondo de mi ser un escupitajo enorme que embarra toda mi cara. Siento que se me sale todo el odio en esa escupida. Lástima. No salía feo en la foto. Metemos una hoja de periódico empapada en alcohol, y tiramos un cerillo. Cerramos el frasco Dejamos que el fuego crepite hasta que el vidrio  se quiebra. Abrimos el cuarto de las muchachas y ponemos todo en bolsas. Esperamos a que lleguen, sentados en la sala. Brujas malditas, les dice mi abuela. Yo pienso que de todos modos me hubiera cogido a la Rosa. No era necesario el embrujo. Se van llorando. Le miro las piernas a Rosa al salir. Le digo ¡Váyase a la mierda, bruja puta! antes de que cierre la puerta, para que sepa que la odio. Mi abuela me calla. "shhht... No sea malhabladote", me dice.

El día termina. Cenamos y hablamos con mi abuela. Desde entonces ya no sueño que me astillan el pecho, ni sueño nada, aunque cuando estoy en el sillón buscando algo en la tele, a veces siento junto a las mías las piernas de la Rosa y me sube a la nariz el aroma de sus faldas.

jueves, 28 de julio de 2016

Un muerto en la casa


Armando ya está viejo. Todos los días saca los perros a las cinco de la mañana. Nadie sabe por qué. Armando no hace nada el resto del día y sin embargo, siempre parece estar ocupado. Son las cinco menos siete. Armando sale de la cama, se pone los zapatos, toma las correas, llama a los perros, asegura las correas a los arneses de los animales, y baja las escaleras con ellos en la mano. Abre la puerta. Un cuerpo que ha estado sentado con la espalda contra la puerta cae pesadamente hacia adentro de la casa. La cabeza rebota contra el piso que Armando ayudó a poner la semana pasada. No hay reacción en el cuerpo ante la caída. El hombre está muerto. Hay un hombre muerto en su casa y Armando se paraliza. Armando le tiene miedo a la muerte. Y le ha caído un muerto dentro. Los perros lo huelen. El ocre hedor del alcohol envuelve su piel. Armando mueve el cuerpo un poco con el pie. Los perros se asustan. Ladran. Siguen olisqueando. Armando tiene mucho miedo, pero decide actuar. 


Toma por debajo de las axilas el cuerpo y entra al muerto por completo. Los perros continúan olfateando. Armando los aleja. Están acostumbrados a su rutina y orinan. Cerca del muerto. Su ropa se impregna del tibio líquido que le ha caído cerca. Armando sube a los perros. Los encierra en su habitación. Regresa. Quiere llevárselo, al muerto. Enterrarlo en el patio. Se siente culpable. Alguien se murió en su casa y él no pudo hacer nada. Lo arrastra. Los perros ladran arriba. Se arrepiente de haber construido su estudio sobre el jardín. Todo dentro es concreto. No tiene palas en el primer piso. No tiene nada. Todo lo que tiene es un cadáver frío y recién orinado por perros acostado en el vestíbulo. Armando sube por segunda vez. Son las cinco quince. Cuando regresa son las y diecisiete. Trae unas sábanas viejas y una pala. Nunca en su vida ha abierto un agujero en el que quepa un cuerpo y tampoco sabe cómo romper el concreto. Piensa que debió haber ayudado a remover el piso viejo cuando ayudó a poner el nuevo. Ahora no le sirve lamentarse. 


Mientras piensa, no ve a las escaleras. Solo ve al muerto.  Sara ha bajado lentamente al oír a los perros. Al ver subir a Armando. Sara ha tenido duda porque Armando nunca está en casa entre las cinco y las cinco treinta de la mañana. Sara ha visto a Armando pasar con unas sábanas y una pala y todo le ha parecido muy extraño. Sara se detiene en las escaleras, con miedo. Hay un bulto en el vestíbulo y Sara no sabe qué es precisamente. Enciende la luz y grita involuntariamente. Armando se asusta. No vaya a creer que fui yo, Sarita, le dice. Sara no sabe qué hacer. Qué pasó, Armando, es la pregunta. Estaba en la puerta cuando iba a sacar a los perros, y lo tuve que entrar, es la respuesta. Armando, lo pueden meter preso. ¿Qué hace metiendo un muerto a la casa? ¿Para qué quiere la pala?¿Qué pensaba hacer? No sé. Solo se me ocurrió. Armando, saque lo que entró. Nos va a meter en problemas. Sáquelo ahorita que no hay gente despierta todavía. Yo le detengo lo que trajo.


Armando va a la puerta, la abre, se para en el dintel y observa la calle vacía. Deja la puerta entreabierta, regresa y ve al muerto. Ahora no quiere tocarlo. El muerto está cada vez más amarillo. Debe ser el clima. Armando toma al cadáver por las axilas nuevamente y lo lleva de vuelta a la entrada. Vuelve a abrir la puerta, se cerciora de que no haya nadie y lo saca por completo. El muerto está tirado ahora en la acera, parece dormir, como tantos otros borrachos en las calles aledañas. Armando cierra la puerta y regresa con Sara, que todavía sostiene la pala y las sábanas. Armando se siente culpable. Sara lo abraza y suben las escaleras juntos. Se sientan en la sala y encienden el televisor como hace Armando siempre que vuelve de sacar a los perros. Se quedan encerrados en casa todo el día. Sara prepara un almuerzo fácil y Armando termina los crucigramas que dejó hace unas semanas, cuando ayudó a poner el piso nuevo. Tiene en el pecho la espina de ser viejo y no haber aprendido nunca a romper concreto. 


Después de las dos, alguien se da cuenta de que el aparente borracho es un muerto. Llaman a los bomberos. Los bomberos llegan al lugar y llaman al ministerio público. La gente se aglomera cerca de la casa de Armando. El Ministerio Público coloca cinta amarilla y restringe el acceso a los curiosos. A los investigadores les toma media hora levantar el cadáver y buscar evidencia. Armando y Sara están viendo desde el balcón todo el procedimiento. Al terminar su trabajo, el Ministerio Público levanta la cinta amarilla, meten al cadáver en un carro blanco reglamentario y se dirigen a la morgue. La multitud se dispersa. Sara y Armando regresan a la monotonía. A las cinco menos doce, alguien toca la puerta. Armando abre. ¿Vio lo que pasó aquí frente a su casa? Pregunta el visitante. Armando solo asiente. Debe de haber sido después de que usted sacó a los perros. Si no, de plano que usted hubiera llamado de una vez a los bomberos, con lo cerca que estaba el pobre de su puerta. Armando vuelve a asentir.

Pase, le dice al visitante, cierra la puerta cuando este ha entrado y se ve las manos que unas horas antes pasaron bajo las axilas de un muerto y ve lo reluciente que está su piso nuevo. Muy a su pesar Armando acaba de descubrir que es viejo, que no aprendió nunca a romper concreto y que no es tan amigo como otros creen de llamar a los bomberos.

sábado, 9 de julio de 2016

Cita de esquina

Ya sé que se me hizo tarde para venir a verlo. Es que me quedé haciendo las tareas con Carol. Le tuve que decir que lo terminara de hacer ella, que viera que hacía de cena y que le echara un ojo a los nenes un rato. Me preguntó si iba a salir. Como si no supiera. Me dijo que me pusiera suéter. Que hay frío. Le respondí que sí con la mirada. La suya mostraba ese leve enojo de siempre que vengo a verlo. Antes de arreglarme, vi mis arrugas en el espejo. No había ni una nueva. Algunas canas me están saliendo cerca de la frente. La ropa me queda un poco ajustada. Será por el café y el pan dulce de después de la cena de los últimos días. Me voy a tener que quitar el gustito.
Revisé que la línea de mi falda estuviese recta, como le gusta. Que los ojales de mi blusa estuviesen planchados, y las medias en perfecto estado. Con un cepillo quité las gotas de polvo que se acumularon durante el día en mis zapatos de salir y abrí la puerta cuando las luces de los postes empezaban a despertarse. Tarde. Con lo poco que le gusta estar a oscuras. Son cuatro cuadras y media. Doscientos ochenta y cuatro pasos. Los cuento todos los días. Si me detienen las vecinas, hay que añadir unos veinte pasos más. Hoy, para mi suerte, no había nadie. Caminé muy deprisa antes de llegar a nuestra esquina. Pensé en los nenes. En la pobre Carol. En qué iba a contarle a usted. No pasó nada en el día. Los nenes llegaron en el bus y Carol vino después de la Universidad. Pobrecita. Siempre cansada. Siempre ocupada con el trabajo y la Universidad. Y las tareas. Y los nenes. Y yo... No debe aguantar la pobre.
Hoy vi a don Rafa en la mañana cuando fui por café. Me dijo que todavía lo extrañan en la tiendita. Me preguntó que cuántos años ya. Le dije que dos años con tres meses y cuatro días. Me dijo que ya era tiempo que dejara de venir a verlo. Que no era sano que anduviera con la luz todos los días. Que fue una mala suerte la bala perdida de aquella tarde pero que era tiempo de dejarlo ir. Le repetí que a usted nunca le gustó estar a oscuras. Que además le gustaban las velas. Que me gusta hablarle. Que aquí donde se quedó tirado pusimos la crucita. Que este lugar era importante porque aquí esperábamos a los nenes cuando venían en el bus del colegio. Que la traigo porque así me siento tranquila y de paso se la vengo a poner para que usted no esté de noche solito. Me dijo que a veces gente que no es de aquí pasa de noche por la tienda y le pregunta si es muerto nuevo. Que él explica que la muerte es vieja pero la herida todavía está abierta. Solo le pude decir que sí con la cabeza. Me puso una mano en el hombro y me dijo que si eso me da tranquilidad, que lo siga haciendo. Después de eso salí de la tienda.
La Carol dice, cuando habla de usted, que ya no venga. Que le da vergüenza, que parezco loca viniéndolo a buscar todos los días con la luz. No le haga caso, ella ya lo está olvidando y quiere que yo también lo haga. Los nenes ya ni se acuerdan y nunca me dicen nada cuando vengo ni cuando me voy. Así que hoy no pasó nada diferente pero quería venir a contarle.

Ya me voy porque hay días como hoy en los que la gente que pasa en los carros disminuye la velocidad cuando me miran encendiéndole la vela y se me queda viendo como si quisiera preguntar y aunque me incomoda, los entiendo. A mí también me daría curiosidad ver una vela prendida a diario en la esquina de un muerto que no es fresco. 

jueves, 23 de junio de 2016

Baños Profundos


A mamá le gustaba que estuviese muy limpia. Murió hace mucho tiempo pero pienso en ella a veces cuando me baño. Recuerdo que no estuvo un par de años conmigo cuando yo era bebé. Que tuvo que irse a otro país a ganar más dinero y que me dejó con los abuelos. También que regresó cuando yo empezaba a aprender a bañarme, que siempre decía que le gustaba su vida en ese otro lugar y que la única razón por la que vino fue para cuidarme. No supe como era cuando se fue con papá pero el abuelo dice que cuando volvió sin dinero y sin él, era otra persona.
A mí me gustaba dormir con la abuela, salir con la abuela, bañarme con la abuela y vivir con los abuelos, pero a mamá no le gustaba nada de eso. En cuanto volvió dijo que viviría con ella. La abuela dijo que no era necesario, que yo podía quedarme el tiempo que quisiera mientras ella estabilizaba su situación, pero mamá hizo mis maletas y me mudé ese mismo día.
Al instalarnos en su casa, mamá dijo que aprendería a bañarme como se debía cuanto antes. Cuando estaba en la regadera, me ponía gotas de jabón en los dedos índices y me pedía que las pusiera dentro de mis ojos abiertos. Decía que así estarían más limpios. Las primeras veces lloré mucho aunque me pidió con dulzura que me calmara. Mamá decía que debía parpadear hasta que salieran burbujas para que las pestañas y el resto del ojo estuviesen impecables. El interior de mis párpados se calentaba y ardía cuando eso pasaba. A veces hacíamos lo mismo con el interior de mi nariz, y me pedía que aspirase agua por ella hasta que me saliera por la boca aunque luego pasara toda la tarde estornudando. Al terminar el baño siempre tenía los ojos irritados y la nariz roja. Mamá decía lo que hacíamos se llamaban baños profundos. Al salir de la regadera y aprovechando que mis orejas estaban húmedas, mamá les introducía cotonetes hasta que dejaba de escuchar y los latidos de mi corazón rebotaban dolorosamente dentro de mis tímpanos. Podía sentir el algodón tan adentro de mi oído que tosía. Algunas veces sangraba y sentía el líquido caliente escurriéndose por mi mentón. Cuando eso pasaba, mamá tomaba papel higiénico para contener la sangre y no manchar la bata de baño con la que me secaba el resto del cuerpo. Cuando mis oídos se tapaban por el exceso de sangre, mamá usaba una mezcla de alcohol y agua para que la suciedad se suavizara, aunque tenía que usar muchos cotonetes para que esto pasara.
A mamá tampoco le gustaba que mi cabello tuviera nudos. Lo cepillaba con fuerza una y otra vez y en cada vuelta mucho cabello se quedaba atrapado entre las cerdas del peine. Ella decía  este se enredaba porque era muy grueso y que ya me crecería. A mamá también le gustaba que mis uñas estuviesen pulcras. Teníamos un filoso cortauñas que usaba dos veces por  semana. Cuando ella volvió, yo empecé a comerme las uñas, así que decidió no dejar que eso pasara. Para lograrlo, introducía la punta inferior del corta uñas en medio de la piel y la uña y cortaba un poco de ambas para asegurarse de que no pudiera morderme nada. Las puntas de los dedos me sangraban y me ardían un par de días, y cuando las uñas empezaban a crecerme lo suficiente para cubrir la piel lastimada, me las cortaba de nuevo.  Al terminar con el baño, mamá me abrazaba muy fuerte, luego besaba mi frente con ternura y en ese instante yo podía sentir que me quería.
Mamá también se encargaba de mantener mis dientes brillantes. Yo tenía un cepillo de cerdas duras que ella pasaba dentro de mi boca hasta que las encías se inflamaban. Luego me hacía sacar la lengua y lo introducía hasta hacerme vomitar. El hilo dental era obligatorio y su paso por entre mis dientes casi siempre hacía que las encías se abrieran y me llenaran la boca con el ferruginoso sabor de las heridas.
Mamá se concentraba mientras me bañaba, y al salir del baño, siempre se veía muy relajada. Algunas veces, su tranquilidad duraba hasta el siguiente baño. Cuando eso no pasaba, esperaba a que hiciera ruidos en la mesa o a que mis calcetas estuvieran sucias para peinarme de nuevo.
Cuando aprendí a bañarme sola, mamá me pidió que siguiera haciendo los baños profundos y para comprobarlo me olía los ojos y examinaba mis orejas con una lámpara. También metía  sus dedos entre mi labio inferior y los dientes para confirmar que hubiese seguido sus instrucciones. Por más que insistí en que podía peinarme sola, mamá lo hizo por mí hasta que cumplí once. Por ese tiempo el cabello empezó a desaparecer de mi sien derecha.
En muchos años no vi casi nunca a los abuelos, ya que salía de casa con mamá al colegio y ella pasaba por mí después del trabajo. Una vez pasé una semana vomitando y mi mamá decidió llamarlos. Llegaron con el pediatra, que se asustó de mi peso y el estado de mi cabello.  No íbamos nunca al doctor y mamá no tenía dinero para la medicina, pero la abuela compró todo y poco a poco fui llegando a la talla que debía a tener con respecto a mi tamaño. El cabello tardó en crecer un poco y aún hoy veo pequeños agujeros que cubro con sutileza con otros mechones que desperdigo en mi cabeza.
Algunos años después, mientras me bañaba antes de irme a dormir, escuché un grito agudo viniendo del cuarto de mamá. Salí lo más pronto que pude y la encontré inerte en su cama. La moví un par de veces y no reaccionó. Fui por hielo a la nevera y lo coloqué en su cuello pero nada pasó. Toqué su nariz y tampoco estaba entrando o saliendo aire. Me senté a su lado mientras pensaba en qué hacer. Después de algún tiempo decidí despedirme de ella como se merecía. La acomodé como si hubiese estado durmiendo y fui al baño por shampoo, cotonetes y el cortaúñas. Con cuidado puse gotas de shampoo en uno de sus dedos, que ya se estaba poniendo rígido y le abrí los ojos. No pude hacer que parpadeara pero moví sus párpados y luego de obtener un poco de espuma la limpié con su sábana. Metí también cotonetes a sus oídos hasta que sentí que topaban en sus tímpanos. Solo una de sus orejas sangró y tuve que ir al baño por papel para limpiar su lóbulo. Mamá tenía unas uñas larguísimas que me costó mucho trabajo quitar, pero al finalizar, la piel descosida de la punta de los dedos se veía idéntica a la de mis manos. No quise cepillarla porque su boca no se abría pero pasé mis dedos en sus encías inferiores hasta que las vi inflamadas. Arranqué un mechón de su cabello ensortijándolo en mi dedo y halandolo con todas mis fuerzas mientras mi otra mano empujaba al lado opuesto su cabeza. Pensé que era todo lo que podía hacer por ella. Limpié el desastre y puse los restos de sus uñas y los artículos de higiene en una bolsita que tiré en la basura de la cocina. Luego, regresé a taparla y cerrando sus ojos que aún tenían restos de shampoo, le di un beso en la frente y le dije que la amaba.
Fui a mi habitación a dormir un rato y a la mañana siguiente llamé a los abuelos para contarles que mamá no despertaba. Llegaron en cuanto pudieron y todo ese día los oí haciendo llamadas a diferentes partes para poder hacer el funeral a mamá.  El médico que llegó a revisarla declaró que un paro cardiaco le había causado la muerte la noche anterior. Los abuelos se encargaron de su entierro y desde entonces vivo con ellos como antes de que mamá se fuera.
Todavía guardo conmigo el mechón de cabello que tomé de mamá dentro de una bolsa que sellé al vacío. Desde que ella murió, dejé de hacer los baños profundos y mis uñas ya crecen con normalidad. A veces, mientras el agua escurre de mi cabello a mi cara, un poco de espuma entra a mis ojos y cuando eso pasa, me enjuago tanto como puedo. Mientras mis ojos están cerrados y el líquido me quema los párpados, siento a mamá besando mi frente mientras me aprieta contra su cuerpo diciendo que me ama.

domingo, 17 de abril de 2016

Amarillo

Lo primero que siento es el putazo del carro contra mi puerta. Todo por salir tan tarde. Todo por querer pasar el semáforo en amarillo. Todo por imbécil. El otro carro agarró el mío de costado. ¿Qué me costaba esperarme? Nada. Ahora ni modo. Mi cabeza rebota contra el vidrio. Siento que rompí algo. ¿Habrá sido mi cabeza o el vidrio? Creo que las dos cosas. El golpe hace que mi carro dé vuelta. Me asfixia el cinturón de seguridad. Mi cabeza rebota contra todo. Siento el sabor metálico de la sangre en la garganta. Me ahogo. Algo más se rompe cerca. Creo que son mis costillas. El carro resbala sobre el asfalto, de cabeza.  Encima iba muy rápido. Y el otro idiota seguro igual. No puedo abrir los ojos. Siento la cabeza del tamaño de un letrero de esos gigantes de propaganda y el pelo colgando. Voy a ensuciar la tapicería. Me estoy expandiendo. Mis brazos empiezan cerca del cuello y se extienden por la calle, hasta hacerse parte de la carretera. Siento el peso de los carros que paran cerca de dónde está esta babosada humeando. De seguro subí el carro a la acera. Me van a hacer pagarla si le hice daño a la banqueta. Menos mal no le pegué a un poste. Si no, deuda segura. Y aparte que pago impuestos. Con eso deberían arreglarla. No puedo respirar y siento la sangre resbalando de mi boca. Me rompí algunos dientes. Me rompí todo. No le vi las placas a ese idiota. Lo voy a demandar. Yo venía bien. Uno se puede pasar en amarillo. Aquí se puede hacer. El semáforo no estaba en rojo. Estaba en amarillo. En amarillo pasa cualquiera. Mi esternón es un gusano cortado por el medio que se retuerce. Siento las costillas atravesando algo dentro de mi cuerpo. Me duele horriblemente respirar. Ojalá que me pague ese hijo de puta. No puedo mover nada. La gente se ha ido asomando. Se oyen sus pasos cerca. Encima tan tarde. Se van a tardar los bomberos. No me acuerdo si pagué la última cuota del seguro. Ojalá hayan cámaras en esta calle. Así van a ver que el semáforo estaba en A-MA-RI-LLO. ¡Ah, bien! Si la pagué. El mensajero me llevó el voucher la semana pasada. Entonces no pasa nada. La gente se debe haber quedado como idiota, viendo el choque y nada que le dan vuelta a este carro. ¿No han visto que estas mierdas explotan? Me voy a quemar aquí dentro y entonces si se fregaron. Y yo sin poder ni mover las manos y salir por mí misma. Ni los ojos. Ni abrir la boca. Ya no me sabe a sangre. No puedo ni siquiera mover la lengua. Seguro están ayudando al del otro carro. Idiotas que son. Mi carro aquí volteado y el otro seguro solo se raspó y ya lo sacaron. ¡Denle vuelta a esta mierda! Fijo me cubre el seguro. Ya había que cambiarle la flecha al carrito. Ojalá y le den servicio mayor. Todavía estaba bueno. Saber ni cómo quedó la carrocería con eso de que di vuelta. Se regó el café que llevaba de plano. Debe estar hecho una vomitada aquí adentro. Pero no huelo nada. No siento nada. Pero oigo. La gente mierda que solo habla cerca y no hacen nada.  De plano van a esperar a los bomberos. Y mientras, ¿Yo? Bien gracias. Bien me podría haber ahogado en mi sangre, así como estoy, de cabeza, y estos hijos de puta ayudando al otro. Y ni una ambulancia se oye. ¡Ah, bien! Bien se oye. Pero lejos. Tal vez ni es para mí. Ya quiero que me saquen para que pueda abrir los ojos. Para ver cómo quedó el carrito. Si eran para acá los bomberos. ¡Ah la gran puta! Dice un bombero. O saber. Talvez un doncito. No la vamos a poder sacar. ¿Cómo putas no? Si yo les he dado fichas cuando pasan moviendo el bote blanco ese a media calle. ¿Ni con la quijada de la vida, vos? Le pregunta uno al otro. Pues mejor que usen esa su mierda, porque ya me estoy encabronando. Nel, vos. Mirá como está, le responde el otro idiota. Imbéciles. Yo me pasé en amarillo. AMARILLO. Se les va a armar la de San Quintín si aquí hay cámaras. Esto es negligencia. Al bote se pueden ir estos bomberos hijos de puta por no quererme sacar. Hay que voltear el carro nada más, dice alguien. ¡Puta, usted! ¡Qué brillante idea! Ya creía yo que iba a vivir para siempre dentro de esta mierda que está volteada como cucaracha recién machucada. Saber por qué casi siempre se quedan así. Boca arriba. Son idiotas como la gente que debe estar afuera del carro. Ojalá cargue sus papeles en una bolsa, dicen. Gente mula, dicen. Tener que llamar a la familia a esta hora. Qué bueno que los hueseros de las funerarias siempre le ahorran a uno ese trabajo. Dice otro idiota. Cómo que yo no estuviera oyendo. Escucho ruidos fuertes. ¿Le estarán dando vuelta al carro? Yo creo que si. Ojalá le hayan vaciado extintores antes. Si no, cuando rebote me va a estallar. Mire cómo quedó de hecha huevo. Todo lleno de mierda. De plano cuando empezó a dar vueltas esa babosada se cagó. Y lo pior que en falda. Todo lo hizo un cagadero. Qué bonito se oye, bombero, hablando mierdas con uno aquí presente. Pero no me acuerdo de haberme cagado. De verdad que no. La gente está asustada. De plano ya me vieron. Cómo murmuran. Qué muerte más maldita. Esto no es lo que decían en el colegio. Uno se muere y se va al cielo. O al infierno. Y yo aquí oyendo a estos serotes. De plano me achurraron el carrito. No me hubiera pasado el amarillo. Pero es que aquí siempre se puede. Aquí es diferente. Amarillo es vía. Es casi verde. No le dije ni adiós a mi mamá. Amarillo era. Esstabba en amrarilrlo.





sábado, 26 de marzo de 2016

Vestidos


Desde siempre me han gustado los vestidos. Sentir libertad bajo las prendas. La ligereza de mi cuerpo casi desnudo enfrentándose a la calle, al ambiente, a la opresión de ser yo. Sonrío solo de pensar en mi  piel, tibia y fresca, descubierta  mientras camino por la calle, aunque, al ver hacia abajo,  mi cuerpo esté parcialmente cubierto por la tela que se mueve. Sueño con escotes que descubren a medias mi pecho casi plano y que bajan por mi espalda recta, deslizándose hacia la redondez de mi trasero. También me gustan los de tirantes que desnudan por completo los brazos, aunque evidencien la falta de sol en los hombros y el inicio de las extremidades.
Muchas veces he parado en las tiendas de vestidos después del trabajo, solo para admirar  contornos de hombros, diseños, costuras, rectitudes, texturas, tamaños, colores. Me he detenido también a medir las diferencias entre cadera, pecho y cintura, para comprobar una y otra vez que los diseñadores no saben nada de formas reales y que nunca encontraré un vestido que pueda amoldarse por completo a mi cuerpo.
Y aunque no quepa en ellos, en los hermosos y tentadores vestidos de pliegues que busco en revistas, aparadores y tiendas, eso no significa que no tenga los míos. No tengo muchos porque me gusta la discreción, pero en marzo (a veces abril) los uso cada vez que puedo. Cuando las calles se llenan de calor, de bullicio, de alfombras de aserrín y de gente comprando bebidas frías y comida típica de temporada, mis vestidos se desempolvan y se preparan para verme danzar feliz dentro de ellos.
Hoy es el día en que empiezo el ritual de verano. Me he despertado temprano. Lo primero que hago es tomar un baño que me purifique y me despierte. Me seco lo mejor que puedo y acomodo mis (hermosos, soñados) vestidos entrándolos por encima de mi cabeza. Cubro perfectamente mi pecho, acomodando botón tras botón, hasta el ombligo. Me detengo casi siempre en este punto porque mi piel se eriza cuando mi cuerpo se siente bailando dentro de la floja tela que me cubre. Además de los vestidos, tengo varios cinturones para hacer juego, y  normalmente escojo alguno que combine para colocarlo alrededor de la cintura y darle forma a mi pieza. El espejo de mi habitación es enorme, y en él reviso que el resto de mi atuendo caiga hasta casi los zapatos. Sé que no debería, pero no puedo evitar quitarme la ropa interior. De todas maneras, mis (hermosos, holgados) vestidos son casi siempre oscuros y me esfuerzo por que nada se trasluzca de ellos. Luego de comprobar que mi atuendo esté perfecto, arreglo mi cabello y coloco una leve base de maquillaje sobre mis mejillas. Me gusta verme natural, y me encanta saber que me veo radiante y a tono con el clima. Luego de terminar con esta fase, subo a mi terraza, y dejo que el sol y la cámara de mi teléfono comprueben que puedo salir a la calle con solo el vestido puesto. Me tomo un par de fotos. Quiero irradiar femineidad, sutileza, aunque cuando la cámara me enfoca, las tomas a veces se ven forzadas. Termino la faena de ver mi cuerpo a contraluz y regreso por las gradas.

Bajo a la sala, sonriente y veo a mamá esperándome para despedirse.  Me persigna y me da mi turno. Salgo a la calle, camino algunas cuadras y me sumerjo en el maremágnum de gente que me acompaña en el dudoso festejo de ver un cuerpo martirizado y semidesnudo cargado en hombros. Me resigno y pienso que el fin es más importante que los medios. Al llegar a la dirección que tiene impreso el turno que me ha dado mamá, me pongo un gorro morado, que combina perfecto con los vestidos de mis compañeros y los saludo. “Gusto de verte otra vez, Roberto” me dicen, apretando mis manos, mientras yo lucho por que no se peguen demasiado a mi cuerpo desnudo. Me incorporo a las filas y rezo por que este año no sea el anda tan pesada.

miércoles, 10 de febrero de 2016

La venta de comida



La gente siempre ha sabido que en la familia somos unas calientes. La única herencia que nos dejó la abuela fue la de tener muchachitos antes de los dieciséis. Casi todas las mujeres de la casa, que somos seis, para cuando cumplen dieciocho ya tienen por lo menos tres chirices. Aunque siempre hay gente como la Claudia, que esa se fue más lejos. Empezó a los catorce y ahorita ya tiene tres nenes y una hembrita. Y eso porque algo le pasó en la matriz, si no estaría inundada de güiros. Y digo inundada porque cuatro niños es lo normal aquí en la casa, aunque yo solo tengo dos.

Pero eso de que supieran que somos unas calientes no quería decir que pensaran que éramos unas putas. Teníamos fama de buenas patojas. La abuela siempre dijo que había que ser mujer de su casa y quedarse con el mismo marido, porque si no, ¿Qué iba a pensar la gente? Yo ya voy para diez años con el Carlos. Siento que ya me aburrió, pero de vez en cuando salimos con los nenes, tratamos de hacer cosas diferentes, y no la pasamos mal. Lo mismo pasaba con mis hermanas, así que todas tenemos una vida más o menos estable, aunque durante mucho tiempo, nuestros maridos trabajaron en otros pueblos y no los veíamos mucho.

Ahora que lo pienso, la otra herencia que nos dejó la abuela fue un terrenón cerca del centro del pueblo, en el que todos construimos nuestras casas. Eso me gusta porque siempre estamos cerca y siempre se puede echar la mano a alguien que lo necesite y también pedir ayuda cuando hay clavos. Solo es de salir de la casa y tocar otra puerta, porque todos somos familia. Y los terrenos que están cerca, en general son de familias amigas de mi abuela y por eso todos nos conocíamos de toda la vida y eso estaba bien. Lo malo fue que hace unos años, en tiempo de vacas flacas, Don Octavio vendió su terreno, que empieza donde se termina el nuestro a mano derecha, y una constructora puso una lotificación de casas bien bonitas que estaban más o menos baratas, aunque eran chiquitías. Se vendieron rápido y cuando nos dimos cuenta, vivía cerca de nosotros mucha gente que nunca habíamos visto y a la que no teníamos ganas de conocer.

Justo por esos días, Roberto empezó a viajar mucho para la capital, porque había encontrado trabajo como camionero y le pagaban muy bien. Él me caía bien porque era de los pocos hombres que no habían buscado trabajo fuera. Siempre lo ayudaba a uno, y siempre andaba  contento. Se miraba que quería mucho a la Juana. Antes de su trabajo de camionero, tenían una aceitera en el centro y los dos trabajaban todos los días allí.  Cuando él decidió irse por lo del nuevo trabajo, vendieron el negocio. Yo pienso que ella también quería a su marido pero ya llevaban como catorce años juntos y de plano ya estaba aburrida y por eso no se puso tan mal cuando él ya no estuvo cerca siempre.

Lo que si pasó es que la Juana estaba acostumbrada al trabajo y cuando ya no tuvo que hacer, se deprimió mucho.  Una vez llegó a la casa y nos pusimos a pensar en qué ocupar nuestro tiempo porque ninguna de nosotras estaba trabajando y todos los patojos estaban ya en la escuela. Se nos ocurrió poner una venta de comida y llevársela a la gente a sus casas. Repartimos volantes, armamos un nuestro menú y mandamos a imprimir una manta vinílica que pusimos cerca de la calle para anunciar el negocio. Luego nos emocionamos mucho porque la gente de la lotificación empezó a comprarnos bastante.

Entonces empezamos a armar nuestra rutina. Lo que hacíamos era arreglar a los patojos y llevarlos a la escuela en la mañanita, e ir al mercado por las cosas que íbamos a usar. Luego regresábamos a la casa a preparar la comida y ya para el medio día salíamos con nuestros azafates llenos de comida en platos de duroport con tapadera y cubiertos plásticos dentro de una bolsita con su servilleta. Hablábamos un rato con la gente que nos compraba a veces, cobrábamos y regresábamos a limpiar los sartenes y ollas. Después de eso regresábamos por los patojos y les dábamos de comer. Por la noche revisábamos las ganancias y también lo que tocaba hacer el día siguiente. Era bien bonito porque todas nos turnábamos para hacer de todo y estábamos ganando un buen dinero. La mayoría de nuestros maridos se pusieron a la defensiva y Carlos, por ejemplo, me dijo que él era hombre suficiente para darnos de comer a todos. Pero ninguna hizo caso porque nosotras no estábamos para que nos dijeran qué hacer, y además el negocio estaba bonito.

Un día llegó a mi casa un negro que venía de la costa y que se llamaba algo así como Anderson. Era un hombrón de dos metros y que tenía como sus cuarenta años. Era un poco panzón y me fue a buscar porque quería que le vendiéramos comida por mes. Al parecer tenía algo que ver con la constructora y había comprado una su casita allí mismo, con lo que trabajaba en la administración toda la mañana y luego se iba a comer a donde vivía.  El lugar en donde había comprado estaba casi al final de la lotificación, así que le dije a la Juana que fuera ella a dejarle la comida. Nunca habíamos llegado allí pero ella quería hacer ejercicio, así que le iba a dejar la comida al Anderson y de paso caminaba un su poquito.  Durante un par de meses la Juana estuvo haciendo su recorrido y ya hasta se miraba más delgada porque decía que después de ir a dejar la comida, caminaba por el borde de la lotificación, para hacer más cardio, y se regresaba a la casa.  Roberto se había ido un mes a recorrer la capital, así que ella tenía más tiempo para hacer las cosas del comedor. Cada vez se tardaba más en regresar, pero se miraba más en forma y también más arreglada, así que todos pensábamos que estaba bien que hiciera sus cosas. Cuando Roberto regresó, la Juana no salió unos días de la casa. En cuanto los patojos se iban se encerraba con el marido. Por eso no nos extrañó que al poco tiempo nos dijera que estaba embarazada. Era su quinto muchachito, y aunque ya estaba algo grande y el resto de los patojos ya había crecido, estaba emocionada.

El nene nació un ocho de Junio. Roberto nos llamó del hospital para avisarnos la hora de visita y todos nos arreglamos para ir a verlos. Cuando entramos vi que Roberto estaba llorando. Le pregunté que qué le pasaba y solo me dijo que estaba muy feliz y que se había emocionado demasiado. Cuando entré al cuarto vi a la Juana también llorando, y a su lado a un muchachito que, aunque no era negro, tampoco era blanco como nosotras. Era un mulatito hinchado y gordo, con toda la cara de Anderson, aunque con la boquita de la Juana.
Al par de días salieron del hospital, con Roberto cargando al niño y abrazando a su mujer. A ambos los miraba con auténtica dulzura y parecía que se sentía un poco culpable. Nadie dijo nada del color del nene, al que la Juana le puso Andrés, y todos lo aceptamos como cualquier otro de los patojos.


No sé si Roberto vio alguna vez a Anderson, pero supe que a los meses de nacer el nene, vendió su casa y pidió que lo transfirieran a otro proyecto de lotificaciones. Nada cambió en nosotras y todavía tenemos el comedor, pero el resto de nuestros maridos dejó de trabajar afuera y casi todos pusieron negocios cerca de nuestro terreno. Lo único malo es que la gente que siempre nos tuvo por calientes, ahora a veces piensa que somos unas putas, aunque si uno lo piensa, igual la Juana se quedó con el mismo marido.