sábado, 21 de enero de 2017

Las agujetas de Guillermo

Todos salieron de la iglesia. No pasaba de las once de la mañana. Enfrente tenían una calzada de cuatro carriles. Dos hacia el sur y dos hacia el norte. Si Norma hubiera notado que los cordones de Guillermo estaban desatados, se habría agachado como acto reflejo para arreglar las cintas del zapato de su hijo. Él habría observado la cabeza de su madre, y la habría besado, como tantas otras veces. Después, Norma se habría detenido, y ambos hubiesen visto a ambos lados de la calle, cruzándola con cautela. La abuela y Gabriela habrían estado esperando del otro lado, para continuar el camino de regreso a casa, pues se habrían adelantado un poco. Gabriela habría extendido la mano hacia Norma, esperando con impaciencia que se la tomara. Probablemente Norma no habría visto la mano extendida de su hija y habría seguido caminando. Mientras regresaban, habrían hablado sobre el cumpleaños de Guillermo y sobre lo que deseaban comer en esa fecha. Gabriela habría recordado, como los últimos días, su bonito vestido rojo, y habría preguntado cuántos días faltaban para que pudiera ponérselo. Norma habría contestado un tanto fastidiada que ya había contestado muchísimas veces a esa pregunta, y la abuela habría dicho -"faltan cuatro"-.
Al llegar a casa, habrían dejado los libros de la iglesia en la mesita rectangular de la sala y habrían ido todos a sus habitaciones. Norma no besaría a Jorge, preocupada como estaría por el dinero. Jorge sentiría nuevamente el rechazo de Norma, y lo ocultaría quejándose por el despilfarro de esta. Seguirían repartiendo culpas unos cuantos minutos hasta que Jorge, hastiado, tomaría el control remoto del televisor y buscaría cualquier canal de deportes para entretenerse como la mayoría de los domingos.
Mientras, la abuela estaría preparando el almuerzo, y los chicos estarían sentados en el desayunador, comiendo gelatina y pellizcándose los brazos el uno al otro de vez en cuando.  La abuela llamaría al orden muchas veces, y les explicaría la importancia de respetarse y quererse como los hermanos que eran. Norma saldría de la habitación a la cocina por un poco de agua, y para sacudirse el tedio, encontraría a sus hijos con las ropas de domingo manchadas de gelatina, y regañaría a su suegra por no haberlos cambiado antes de servirles el refrigerio. Luego servirían el almuerzo y todos hablarían del día en la iglesia, de los amigos de los chicos, y escucharían el eterno lamento de Jorge, quejándose de su monótono trabajo. La comida habría terminado, y Jorge habría vuelto a la televisión, Norma a la cama, y los chicos a la habitación de la abuela. Pronto sería el cumpleaños de Guillermo y la vida era buena.
Fue una lástima que Norma no viera los cordones desatados de los zapatos de Guillermo. Solo vio a Gabriela y a la abuela alcanzar la otra acera y siguió caminando. El automóvil que los embistió no frenó nunca. No tuvo tiempo. Guillermo recibió el impacto de la defensa en el pecho y salió impulsado seis metros adelante, soltándose de la mano de su madre, aunque por inercia, las uñas de ella se clavaron un instante en la muñeca de su hijo, antes de que este saliese despedido contra el pavimento. Norma rebotó sobre el capó y se sumergió en el carro, rompiendo con la cabeza el vidrio delantero y dejando fuera solo la pierna izquierda. La abuela lo vio todo pero no quiso contar nada, salvo que había intentado cubrir los ojos de Gabriela. Los bomberos no tardaron en llegar. Para Guillermo era tarde, todavía convulsionaba cuando lo colocaron en la camilla. Dejó de respirar cuando subían a Norma y su pierna destrozada a la ambulancia. Jorge recibió la llamada del hospital justo cuando iba a bañarse. Era la abuela.
 Ya no almorzaron nada ese día y la gelatina estuvo más de un mes en el refrigerador. La casa se volvió triste y la abuela dejó de pedir ayuda para cocinar. Los años de dolorosa terapia consumieron el ánimo y las pocas ganas de Norma de besar a Jorge cuando alguno de ellos llegaba a casa.
La vida pudo haber sido buena, pero Guillermo no se percató de sus pies en el único día que tenía que haberlo hecho.

Y ahora que lo pienso, ya nunca pude ponerme el vestido rojo. Desde entonces no puedo evitar ver mis zapatos cuando voy a cruzar la calle.

domingo, 8 de enero de 2017

El deshilo


Desde que me vi marcándole a un desconocido para comprarle pastillas, sabía que todo saldría mal.  Lo sentía en el labio inferior, que me temblaba mientras hacía el pedido. A lo hecho, pecho, pensé, mientras preguntaba por el precio y cómo podía obtener el producto.
Hice la cita. Plaza Central.  Sábado.  Tres treinta de la tarde. Desde las tres merodeaba por las tiendas, con ansiedad, sueño y la permanente sensación de que iba a desmayarme pronto. Faltaban seis para las cuatro cuando llegó. Me marcó desde su móvil. Cuando lo vi hablando por teléfono, yo estaba frente a una tienda de zapatos. Me crucé la calle y me encontré con un muchacho, casi adolescente, con una mochila al hombro, que me saludó estrechándome la mano. Nunca me había sentido tan mayor en todos mis veinticinco años. Le pagué y me entregó una hoja impresa y algunas pastillas dentro de una bolsita. Me deseó suerte, se puso los audífonos, y lo vi alejarse. Mis manos temblaban tanto que sentía la bolsita deslizarse entre mis dedos. Pasé por algo para comer en el camino, y regresé a casa, pensando en mis planes del día siguiente.
Ya había hecho mi búsqueda previa en Internet, por lo que sabía que lo que estaba comprando era efectivo. Un conjunto de comprimidos que iban a hacer dilatar mi útero durante la noche y una menstruación un poco más dolorosa era el precio que debía pagar por la irresponsabilidad de haber permitido que un idiota me dejara correr su veneno hacia adentro de las piernas. Al menos, según mis cálculos, sólo llevaba un par de semanas incubándose.

 Al entrar a mi habitación, dejé las pastillas sobre la mesa de noche, y encendí la televisión. No pude ver nada. La cabeza me daba vueltas de nuevo. Tal vez por la emoción, tal vez por el miedo. Tal vez porque me sentía un poco culpable. La apagué. Tomé mi teléfono y le escribí a Ximena, para contarle que ya tenía el material. Me respondió angustiada, y tuvimos una plática en la que, por décima vez en el día, me instaba a pensar en lo que estaba haciendo y a reconsiderar mis opciones. La pobre de la Xime siempre trataba de llevarme por la senda del bien. No sabía muy cuán perdida estaba yo para ese entonces. Dijo que le escribiera o llamara si algo pasaba, y le prometí que lo haría. Después de todo, ella era la única persona que estaba siempre pendiente de mí, cosa que agradecía enormemente. Decidí dormir un poco, pues había leído que algunas veces los dolores no dejaban descansar. Ya tenía cosas que hacer el domingo, con lo que no pensaba quedarme tirada en cama. Recosté la cabeza sobre la almohada, y tuve sueños terribles, inducidos, igual que todo el malestar que había arrastrado durante el día, por la ansiedad de lo que haría más tarde.
Cansada del letargo en el que me hallaba,  decidí ir por algo de tomar a la tienda. Para ese entonces, ya eran las siete. Me había decidido a empezar con el proceso a las nueve, para convalecer doce horas, y estar lista al mediodía.  Vi un par de cortos animados, revisé mis redes sociales compulsivamente, y leí una obra de teatro que no había terminado porque era muy tediosa. Volví a ver mi reloj y eran las siete cuarenta y ocho. Decidí empezar. Fui por un poco de agua, tomé la bolsita de las pastillas, y me senté en uno de los sillones que estaban en mi habitación.  Con cuidado introduje los comprimidos, mientras me ayudaba con unas gotas de agua, como decía el instructivo. Fue muy fácil. Acomodé una compresa en mi ropa interior, y me puse la ropa de dormir. No podía tomar somníferos, así que busqué alguna película interesante para ver, además de cereal y leche, y me tiré en la cama, dispuesta a tener una noche de películas.
No pasó más de una hora antes de que me durmiera. Soñé que un pequeño animal de carroña me encontraba moribunda, en posición fetal y me comía, empezando por la espalda hasta salir por mi ombligo, explotándome el estómago, y corriendo lejos con mis entrañas entre los dientes. Sentía un dolor agudo en el vientre y veía mi torso deshilarse hasta llegar al corazón, que fungía como carrete del sanguinolento hilo,  mientras el pequeño animal se alejaba.
Desperté de pronto, y vi a mi alrededor. La televisión seguía encendida, mi habitación parecía gotear una espesa luz amarilla, por la potencia de los 100 watts de mi bombilla, y tenía el corazón retumbando dentro de mis oídos. Había algo dentro de mi cuerpo retorciéndose, y el dolor que había sentido en mis sueños no se había ido al despertar. Sentí ganas de vomitar y prácticamente salté de la cama al baño, no sin antes tomar mi teléfono.
Ya en el baño no pude vomitar a pesar de mis múltiples esfuerzos. Empecé a sentirme verdaderamente enferma. Además, sentía presión sobre la vejiga, y un fuerte dolor abdominal, por lo que decidí sentarme en el retrete a ver qué pasaba. Un líquido caliente y espeso empezó a gotear el excusado en cuanto lo hice. Creí que era lo normal, dadas las circunstancias, hasta que sentí que un objeto mayor resbalaba de mi pelvis hacia el exterior.  Pensé que con un poco de esfuerzo, lo que sea que estuviera obstruyendo el flujo saldría y me permitiría limpiarme y volver a la cama a dormir.
Tomé el teléfono, que había dejado cerca del lavabo, y revisé la hora. Era la una treinta y ocho de la mañana. Todo afuera estaba en silencio. Incluso dentro del baño, la gotera permanente de la ducha caía con estruendo contra las baldosas. Podía sentir mis órganos moviéndose, tratando de acomodarse a la presión que yo estaba ejerciendo para aliviarme del tapón temporal que me estaba lastimando. Un gemido involuntario salió de mi boca, y sentí un objeto más bien largo salir de mis cavidades. No terminó de caer y quedó suspendido y balanceándose sin caer al maldito inodoro. Sentí unas pequeñísimas piernas golpeando mis muslos. No quise ver nada y seguí pujando para sacarlo de mi cuerpo.
¡Malditas pastillas, las había usado demasiado tarde! Lo que mi cuerpo estaba expeliendo no era la pequeña bolsa que decía el instructivo. Lo que estaba sintiendo no podía tener el par de semanas que yo pensaba. Hice mis cuentas y antes de este susto, había tenido uno un par de meses atrás, que, según yo, no había tenido mayores consecuencias. Lo que estaba saliendo de mí debía haber sido producto de aquella vez, y no de las dos o tres semanas que en mi cabeza seguía contando.
Le escribí a la Xime, que me contestó en un par de minutos. La pobre se había estado levantando para revisar su teléfono a lo largo de la noche por si yo escribía. El hablar con ella me devolvió un poco la esperanza.  Le conté lo que pasaba, y, mientras trataba de seguir pujando, y le contaba que no salía, me escribió: -Si ya está afuera, vas a tener que jalarlo para que salga lo que falta-. Sentí repugnancia de solo pensar que tendría que tocar lo que estaba saliendo de mí. Intenté unos minutos más sin ningún avance y me decidí. Entonces me di cuenta de que ya casi todo había salido de mi cuerpo, excepto por la cabeza. La Xime tenía razón. Tenía que jalar.. Empecé a llorar compulsivamente con el ánimo destrozado mientras lo hacía. Al intentar jalarlo con las manos, desprendí una parte de su cuerpo, con lo que algún líquido empezó a correr hacia abajo. Tuve que bajar la cabeza, para ver qué estaba sucediendo. Las lágrimas no me dejaban ver, pero cuando pude enfocar, noté que era su cuello lo que se había roto. El resto de su cuerpo estaba dentro de mis manos, y era diminuto. Yo lo había deshecho. Con el dedo índice tuve que romper la membrana que mantenía el cuello pegado al resto, y lo tiré inmediatamente al retrete. Dejé que el agua corriera por el lavabo mientras empujaba con todas mis fuerzas lo que había quedado dentro. Finalmente salió, y sentí el agua salpicar hacia mis piernas cuando cayó. Volví a tirar de la cadenilla para dejar que se fuera por las alcantarillas. Esperaba también que se llevara mi remordimiento, y la sensación que estaba teniendo de ser mierda. Me incorporé un poco y vi el desastre sobre el retrete. Limpié lo mejor que pude con la ayuda del papel higiénico, del cepillo y el jabón líquido que siempre estaban abajo del lavabo.
 Seguí llorando, mientras me desnudaba para bañarme. Tenía las manos impregnadas del viscoso y sanguinolento líquido que había estado manipulando, y todo mi cuerpo temblaba mientras graduaba la temperatura del agua de la regadera. No me di cuenta de que mi teléfono vibraba mientras estuve allí dentro. Cuando salí, una lucecita blanca parpadeando en el teléfono me advertía de las llamadas perdidas de Ximena. Escribí que no había por qué preocuparse y que le llamaría a la mañana siguiente para contarle lo que quisiera. Me respondió aliviada que quería confirmar que estuviera bien.
Me sequé lo mejor que pude, me puse la toalla alrededor del torso, recogí la ropa y regresé a mi habitación con la culpa y la lástima goteándome por la espalda, y las lágrimas saturadas de vergüenza.
Mientras caminaba hacia la cama, sentí nuevamente un dolor agudo y profundo, pero no sabía dónde. Sabía que el pequeño cuerpo corría, lleno de inmundicia, hacia algún río de aguas negras, y sentía mi cuerpo deshilándose dolorosamente mientras él se alejaba. No había estado soñando antes, y no lo estaba haciendo ahora.


lunes, 26 de diciembre de 2016

¿Qué hago con Mercedes?


Buena onda por venir, vos. Ya sabés que a vos te quiero un vergo y que sos como mi primero al mando, broder. Por eso te llamé. Sentate. Te voa contar. Pedite unas chelas en lo que platicamos aunque no sé cómo empezar, vos. No sé y lo peor es que ya estoy harto. Esta chingadera ya me tiene a verga, ¿sabés? Todo el tiempo ando en busca de sexo. De dónde meterla. De dónde venirme. A veces ya no sé ni lo que hago ni por qué.(Gracias por las cervezas, joven. Lo molesto con unos limones, porfas.) De verdad que yo quisiera estar solo con la Mercedes, pero a veces solo no se puede. 
El otro día, un mi cuate me habló de unos como moteles diferentes y me dio curiosidad. La cosa es que he ido. Y resultó que son la maravilla. Ponele, en la entrada, la recepcionista te cobra lo de tu parte del alquiler de habitación y entrás. Hay como una hilera de cuartitos con puerta de madera y  agarradores de metal de esos redonditos, ¿vaa? Son unas mierdas de dos por tres metros, pero lo que importa es que tienen cama. Hay cuartos cerrados, semi-abiertos, y abiertos. Los cerrados pelan la verga porque ya están ocupados. Lo deahuevo son los que quedan. Los que están abiertos por completo están vacíos y tienen la luz encendida. Los que están abiertos a medias son oscuros pero ya tienen gente adentro. Bien alegre la dinámica, vieras. Porque si vos querés, entrás a los que tienen la luz encendida, dejás la puerta abierta a medias, apagás el bombillo y te sentás o te desnudás o lo que se te dé la gana y esperás a que alguien más haya pagado y se quiera meter a donde vos estás. Va, y si querés, entrás a los que están con la puerta "entornada" y empieza el desvergue. Yo he probado los dos y prefiero los que ya tienen gente. Me da miedo quedarme en un cuarto solito y que nadie venga.
El primer ahuevón que me llevé es que allí no llegan mujeres, y  (Gracias por los limones, joven.) mi cuate no me había dado el dato. Pero vos sabés que yo le hago huevos a todo, y además ya había pagado mi entrada, así que me cogí al que estaba en el cuarto medio abierto al que entré.  Y todo de a huevo. Porque vos no sabés quién es ni qué hace ni cuánto gana. No le mirás el color de los ojos, ni la forma de las manos, ni las manchas que pueda tener en el cuerpo. Solo sentís como la energía de alguien que quiere pasársela bien y te dejás llevar. Lo malo es que (vos sos cuate, y por eso te cuento… no me mirés así)  aquel también quería hacer lo suyo, y yo no estaba acostumbrado.  Igual me dejé pero solo de a poquitos porque era nuevo.
Aunque no salí sufriendo de allí, pensé que no iba a volver. Pero soy un aguado, vos. Allí voy cada dos o tres veces por semana. Y es rico. Con el tiempo ya me fui dejando y ahora casi que solo yo soy quien recibe. No me mirés así. Es normal, mano. ¿O vos no se lo hacés a la Claudita? ¿Creés que ellas están hechas de otra cosa o que uno no va a sentir si le hacen lo mismo o qué? ¿Entonces? Dejá que te termine de contar por lo menos, pues.
La cosa es que sigo viendo a la Meches. La sigo besando, desnudando. Me la pienso seguir cogiendo. Y me siguen gustando las mujeres. De vez en cuando voy a los puteros también. A ver gente. Cuerpos. La gente es extraña sin ropa. Y cuando las veo, a las putas, pienso en volver a los moteles. Pienso en todos los cuerpos que he tocado, en todas las manos que han caminado sobre mi espalda. En todas las mordidas que debo de tener en ella. En las uñas que se me clavan en los muslos. Y prefiero imaginarme a la gente a verla. Y sentir que los lleno de mí y me llenan de ellos. Y dejar que se vayan sin saber mi nombre y sin enterarme de la forma de su nariz o de cómo crecen sus pestañas.
¿Pero qué hago con la Mercedes… Qué hago con esta desesperación, mano? ¿Con esta mierda? Pienso decirle en un par de meses que se case conmigo y ver cómo sale todo. A ver si teniéndola en la casa todo el día no pienso en cogerme a nadie más en cuánto salga. Deseáme suerte. Y si querés te paso la dirección del lugarcito este, o yo mismo te llevo. A lo mejor y te llevás la misma sorpresa y ya no me mirás con asco, cómo ahorita. Ay nos vemos otro día y gracias por venir, mano. Ya sé que te urge irte desde que te empecé a contar. Andate, no te preocupés. Yo pago.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Anecdioteces - Taltu y mi Teclado


Mami y papi tuvieron cuatro chicos y desde hace 22 años soy la paciente hermana mayor de dos de ellos que son 6 y 8 años menores que yo. Hace mucho tuve un hermano tres años mayor que murió en un terrible accidente y me dejó en el papel de (según mis papis) ser ejemplo y guía de los nenes, cosa que he hecho poco porque soy "la oveja problemática a la que suspendieron y casi expulsaron varias veces del colegio" de la familia.
Siendo honesta, es fácil tener paciencia cuando uno tiene por hermanos a dos estatuas. Pasa que los nenes fueron educados como robotíos y criados a punta de ver Mtv, novelas, Nick Jr, Nickelodeon y jugar Yoshi's Island en el Super Nintendo. Los nenes se quedaban sentados en el sillón en el que mami nos dejaba sin haber buscado algo con qué jugar y sin haber pensado algo que hacer aunque estuviéramos horas allí.
Eso no quiere decir que no fueran unos malditos. Mi hermana (El Taltu) tiene el increíble poder de ser una molestia cuando se lo propone. Y pasa que le gustaba ser una porquería conmigo frecuentemente y me delataba por todo lo delatable que encontraba. Cuestiones de competencia, me imagino. El nene siempre ha sido pacífico y más afín a mí, así que no me acuerdo de ninguna vez que nos hayamos peleado por nada aunque todavía mantenemos la práctica milenaria que hace nuestros vínculos hermaniles fuertes y sanos:  tirarnos mierda verbalmente cuando podemos.
También creo estar exagerando con eso de que mi hermana era un demonio porque mi único recuerdo relevante de nosotras peleando fue el altercado del teclado . Para las vacaciones del cole (de cuando yo tenía como catorce y ellos seis y ocho) teníamos acceso ilimitado a la consola de videojuegos y solo teníamos (yo) que tener la casa limpia,  los trastes lavados y en general todo en orden para cuando mis papis volvieran. Mami a veces dejaba comida hecha y había que calentarla y si no, nuestros menúes eran comidas fáciles como milanesa o cosas que se doran en tres minutos y que comíamos en la cama de mis papis para jugar en la tele de ellos.
Una vez, mami dejó una crema de camarones y pan para hacer con mantequilla de almuerzo. Calenté la crema y solo puse el pan (una tira como de ocho panes) en la mesa de comer en la cama y se los llevé al cuarto. Normalmente ellos comían sobre la cama y yo a los pies de ella porque quedaba más cerca el nintendo. Al rato de empezar a comer, sentí que algo me cayó en el pelo. Era una bolita de pan.  Luego vino otra, y otra y otra mientras yo trataba de comer. No les dije nada y tampoco me moví para no salir con mi orgullo herido del cuarto y decidí esperar a terminar de comer para sacudirme el pelo al patio porque pensé que se aburrirían. Sin embargo, como 10 minutos después, mi pelo estaba tan lleno de bolas de pan que tiraban una bolita y se caían otras. Los nenes, por supuesto, estaban muertos de la risa pero yo estaba empezando a sentir ira en la garganta. Cuando se les acabó el pan, el Taltu se levantó para ir a buscar pan viejo y yo decidí salir a sacudirme el pelo y de paso ir a mi cuarto a dejar que se me pasara el enojo.
Como dato paralelo, mami Tenchy (mi abue) me regaló a los nueve un teclado eléctrico de cuatro octavas que tuve durante mucho tiempo y que aprendí a tocar de una manera decente.  Normalmente practicaba mientras mis papis no estaban y siempre me sirvió para relajarme y para sentirme virtuosa en algo que al resto no le interesaba.
Al llegar a mi cuarto, puse el teclado en mi cama y lo conecté al enchufe que estaba a un lado de ella. Empecé a tocar la única canción clásica que me sé (Pathetiqué, de Bethoveen, a mucha honra) con los ojos cerrados (como una idiota, lo sé, pero lo hacía como cuando uno quiere probarse que se sabe dónde están las letras en un Keyboard).  Estaba en esas, cuando el Taltu (que supongo no encontró pan) llegó a subirse a mi cama a saltar. A saltar en los espacios que estaban entre el piano y yo, entre el cable y yo y entre el piano y el cable. Por supuesto que mi hermanita nunca ha tenido una excelente sicomotricidad gruesa, así que en uno de los saltos se enredó en el cable del teclado y al bajar se debe haber doblado el pie o algo porque se cayó de la cama arrastrando con ella el cable y mi teclado que crujió horrible en la caída.

Sentí las orejas calientes y sin que le hubiera dado tiempo a levantarse le pateé la espalda y la arrastré del pelo afuera de mi cuarto. Al cerrar la puerta le pegué con ella en la cabeza y le debo haber gritado algo pero no recuerdo qué.
Regresé a recoger mi teclado (Mi amado teclado) y vi que afortunadamente no se había dañado, sin embargo, las orillas de la base estaban medio quebradas pero la pantalla y las teclas funcionaban perfecto. 

Cuando vi que mi tesoro estaba a salvo, dimensioné lo que había hecho y me quedé en silencio. No escuché a nadie llorando. No había nadie hablando por teléfono. Cuando salí (ya sin coraje pero con miedo) vi que mi hermana todavía estaba hecha una piltrafa del pelo en el cuarto de mis papis y habian vuelto a jugar. Los dos me miraban como extrañados y creo que ese día se dieron cuenta de que yo no era tan paciente como pensaban.

Por alguna razón, mi hermana no le contó a mami. Supongo que sabía que tenía la culpa y que yo amaba a mi teclado con todo mi adolescente corazón. Además espero que haya aprendido que hay límites que no se deben cruzar. Uno de ellos es el botar el teclado de tu hermana mayor por estarla chingando.
El teclado se lo robaron de la casa de una amiga hace algunos años y no he comprado otro. Cuando se lo robaron ya no le servían algunas teclas (una vez el Taltu quiso sostener su cono de helado poniéndolo entre las teclas y mojó los contactos) pero todavía lo extraño.
No mantengo una relación cercana con casi nadie pero hablo con los nenes tal vez una vez al mes así que no hubieron daños permanentes y sí tuviera que volver a arrastrar a mi hermanita, creo que lo haría. Una vez le salvé la vida de esa manera pero ese es tema de otra entrada.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Anecdioteces - Cristina y Bárbara


Mis abuelos (mami Tenchy y Papi Iván (que en realidad es mi abuelastrito)) siempre han tenido casas de huéspedes. Me crie en una de ellas y mi infancia, aunque aburrida, estuvo llena de personajes interesantes: Un abogado que olía a cigarro como si se bañara en colillas y que estaba obsesionado con las procesiones, dos estudiantes universitarios guapísimos, el guardia de seguridad de una fábrica de dulces que nos llenaba la vida de chicles y del fuertísimo olor de su loción, muchas mamás solteras y algunos hombres que venían de algún departamento a trabajar al centro de la ciudad.

Durante algún tiempo también vivió en nuestra casa Cristina. Tenía como veinte años, enormes extensiones de pelo y uñas gigantes que parecían hechas para contrastar con su piel morena. Cuando la conocieron, mis hermanos (que son seis y ocho años menores que yo) la veían con una especie de miedo y yo con la curiosidad de mis casi quince años.
Cristina se llamaba en realidad Cristian y había venido aquí de Nicaragua (o tal vez era Honduras, nunca supe muy bien el país) para trabajar en un salón Unisex zonaunero. Salía temprano y llegaba a almorzar a la casa (mi abuelastrito le cocinaba). Por la tarde, mientras nosotros hacíamos tarea, ella veía sus programas de señoras desocupadas mientras comía yogurt o se pintaba las uñas.
Pasaron unas semanas para que nos acostumbráramos a su presencia pero sé que en algún punto comenzamos a hablarle. También en algún momento supe que se prostituía por las noches y que tenía una relación mega cercana con su mamá, a quien decía extrañar mucho.
Una vez la vimos inyectarse algún tipo de aceite en el pecho. Recuerdo que tenía moretes en toda el área y mientras se frotaba la piel, como para distribuir el líquido, nos contaba que “eso no hacía mal porque el cuerpo igual lo absorbía y solo había que volver a inyectarse”. En fin. Nos adaptamos a su presencia llena de cosas que no habíamos visto hacer a nadie (como ponerse pestañas gigantes con una especie de Super Bonder) y ella se acostumbró a nosotros, tres niños silenciosos que no hacían más que ver tele, jugar Nintendo o estar sentados todo el día.

Un día, Cristina llevó a Bárbara y a su voz ronca a la casa. Un amiguito de mi hermano, que estaba de visita, preguntó si era Norteamericana. Le respondimos que no, que era hueco. Nos reímos mucho. Bárbara si tenía implantes de pecho, era rubia, enorme y hermosa aunque no había podido erradicar de su femineidad el áspero timbre de voz que la delataba. A mí me parecía fantástica y la admiraba un poco aunque no me hablara mucho.

A veces veíamos a Bárbara y a Cristina salir de casa con minúsculos y despampanantes shorts y mi abuelo decía que muchas mujeres querrían tener el cuerpo de ellas. Ahora que lo pienso, desde que conocí a Barbara siempre quise tener el pecho justo como ella lo tenía, pero por cuestiones económicas aún no he cumplido ese sueño.

No recuerdo más anécdotas específicas con Cristina y Bárbara, pero de repente ya no las vi en ninguna parte y en su cuarto dejaron puesto el candado. Un día llegó la mamá de Cristina y se quedó a vivir un par de semanas con nosotros. Mi abue estaba esquivo por ese tiempo. Cuando le pregunté por Cristina, me dijo que lo habían lastimado, que andaba por la zona uno una especie de escuadrón de la muerte que ya había descontado algunos prostitutos y herido a muchos más y que la mamá de Cristian (fue la primera vez que escuché que lo nombrara de esa forma) estaba en la casa esperando a que su hijo saliera del hospital para llevárselo de regreso a su país . A Bárbara la habían matado.

Ahora vivo en otra de las casas de mi abuelo, siempre en la zona uno. Justo afuera, contra mi ventana, escucho a los prostitutos que eligieron mi cuadra como su área de operaciones. He oído que, más que prostitutos son dealers, pero sean lo que sean, es común que la gente les grite y los insulte cuando pasan en sus carros. Algunas veces me he despertado por el ruido que hacen cuando les pegan y también cuando ellos rompen vidrios de carros de gente que no les quiere pagar. La policía pasa con frecuencia pero nunca he visto que hagan nada por nadie.

Hoy vi el Hashtag #BastaDeTransfobia y pienso que sí.  Que estoy a pija de idiotas intolerantes como el que se llevó a Bárbara. A ella y a sus diechocho/diecinueve años. Harta de la gente radical que les grita a los dealers de afuera de mi casa que se mueran por huecos. Estoy harta de la gente común que decide odiar a la gente porque no se acomodan en sus patrones de vida.

En “Todo sobre mi madre”, película de Pedro Almodóvar, Agrado (un trasvesti simpatiquísimo) dice  que “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que soñó de sí misma”. ¿Qué requetemierda daño hace (me pregunto) que alguien no quiera quedarse con lo que la genética le dio?


Cristina vino aquí (nos dijo alguna vez) porque la gente era menos mierda que en su país con personas como ella. Para agradecerle la confianza, la regresamos con heridas de bala a la inseguridad de la que estaba huyendo porque se atrevió a no usar su cuerpo como venía de fábrica.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Las Aves

No recuerdo cuando fue la primera vez que traté de advertir a mamá y papá sobre las aves azules que nos estaban matando mientras emigraban de los pueblos fríos del Sur hacia la Ciudad Desierta, pero ahora ya no creo que importe.
Antes, cuando septiembre perdía sus últimos días en las hojas viejas que se arrastraban hacia octubre, veíamos a los pájaros pasar sobre nuestras cabezas mientras huían del frío. Entre los pueblos del Sur y su destino estaba nuestra ciudad. Por eso era normal que sintiéramos sus sombras goteando sobre la espalda y escuchásemos el cielo llenarse de su canto triste de fines de otoño. La fiebre y la tos nos acechaban durante ese tiempo y el médico del pueblo siempre decía que el cambio de clima nos estaba haciendo daño.
Uno de esos días, cuando pasaba por el parque al salir del colegio, me encontré con tres aves azules en una de sus bancas. Sentada a su lado, una señora (que veía de vez en cuando por ser amiga de la abuela) se protegía del sol con una sombrilla. Con la mano libre sostenía algunos mendrugos de pan con los que pretendía alimentar a las palomas. Los pájaros la veían con atención mientras ella trataba de desmenuzar el alimento con la única mano disponible, y estaban tan cerca que casi rozaban su falda cuando ella dejaba caer las migajas, aunque casi no las tocaron. Me quedé parado frente a ellas un rato, asombrado de sus picos pequeños y del azul profundo de sus plumas. Recuerdo que al regresar a casa, sentía los ojos brillantes de la emoción y un poco de picazón en la garganta.
Dos o tres días después, la señora de la sombrilla ya no pudo salir de casa y menos alimentar a las palomas. Cuando hicieron sus servicios funerarios en la iglesia, la abuela nos llevó a mi hermana y a mí para que la acompañáramos. Cuando me asomé al féretro, noté que la señora tenía las puntas del pelo y los bordes de las uñas de un tono azulado que no le había visto antes.
El año siguiente, un grupo de pájaros se quedó a visitar nuestra parroquia. Le conté a mamá. Dijo que ella también los había visto, que se veían lindos sobre el alfeízar en que se habían guarecido y que le daban algo de luz al pueblo. Justo por esos días, el párroco y dos feligreses ya no pudieron abrir los ojos por la mañana y partieron al cementerio con gotas azules en las uñas, como la señora del parque. Mamá dijo que era inevitable porque el pueblo estaba lleno de gente que ya no podía hacer nada más que acumular polvo bajo sus pies. También dijo que vivíamos en un pueblo de viejos y que debíamos pensar en mudarnos. Papá estuvo de acuerdo con lo de los viejos, aunque se negó rotundamente con el tema de la mudanza. Dijo que su familia estaba aquí y que no podía dejarlos. Que su mamá y papá eran mayores y que lo necesitaban allí. Que iban a esperar a que ellos faltasen para que pudiésemos irnos.
Al principio me dio mucha tristeza pensar en dejar a los abuelos, pero no quería morirme azul, así que para evitarlo dejé de pasar por la parroquia mientras los pájaros estuvieron sobre el tendido eléctrico y le pedí lo mismo a mi hermanita. Fue un alivio ver que un par de semanas después, los pájaros continuaron con su ruta.
Desde ese año, cada vez son más las aves azules que se quedan unos días en el pueblo. Y con cada otoño que pasa, menos gente queda en las casas. El año pasado, mi hermana quiso pasar un rato con ellas. Se quedó en el parque un viernes después de clases, y como el lugar estaba casi vacío, fue natural que los pájaros se acercaran. Los correteó toda la tarde y también les lanzó piedras pequeñas para que volaran. La fiebre acabó con ella unas semanas después. Mientras estuvo enferma yo traté de insistir con el asunto de las aves, pero mamá no quería escucharme, y la mirada triste de papá solo me suplicaba silencio. El médico dijo que los pulmones de mi hermana eran muy débiles, y que era un milagro que hubieran resistido el viento de los inviernos pasados. Nadie
preguntó por qué sus párpados estaban del mismo tono azul de las uñas de los demás que enterramos por esos días pero yo no tenía ánimos para preguntar nada.
Hablé con la abuela cuando me sentí menos triste y ella dijo que también sentía que las aves querían acabar con nosotros para quedarse con el pueblo, como había pasado antes con la Ciudad Desierta. Me pidió evitarlos y dijo que ella haría lo mismo mientras cuidaba del abuelo. Fue una lástima que no pudiera cumplirlo, porque murió este verano mientras dormía, así que mamá tuvo muchas razones para creer menos en mi teoría y sobre todo, para afirmar que era el tiempo y el paso del otoño lo que estaba acabando con nuestros vecinos.
Cuando la abuela murió, el abuelo se quedó solo y papá decidió que nos mudáramos a su casa. Papá y mamá no le hablaban mucho porque no les gustaban los ancianos. Desde la muerte de mi hermana, a mí tampoco me prestaban mucha atención, así que decidí que nos haríamos compañía. En los siguientes meses, al volver del colegio lo encontraba sentado en la cama viendo el cielo a través de la ventana, así que me quedaba un rato en la puerta de su habitación, y hablábamos de mis amigos, de las noticias que de vez en cuando llegaban al pueblo, de la abuela y sobre todo, del miedo que ambos sentíamos porque se acercaba la época en que los pájaros azules tenían que emigrar a la Ciudad Desierta.
Un día de finales de septiembre salí temprano del colegio. Llegué a casa y subí a la habitación del abuelo de puntillas, creyendo que dormía. Él no estaba, pero en su lugar encontré a mamá de pie sobre la cama, tratando de llegar a la ventana para colocar algunos trozos de pan. Salí de casa sin que nadie lo notara, tomando unas monedas que estaban cerca de la mesa de la sala y decidí ir a la panadería antes de volver a la hora del almuerzo. Compré un par de panecillos, que escondí bajo mi camisa y regresé a casa.
Al entrar, me dirigí nuevamente a la habitación del abuelo. Esta vez sí estaba. Entusiasmado, me contó que mamá lo había convencido de salir un rato al jardín, antes de que el invierno y las aves llegaran. No hablamos mucho porque llegó mamá y nos pidió que estuviésemos listos para comer, porque papá también había llegado temprano.
Mientras comíamos y hablábamos del día, pedí permiso para ir al baño, diciendo que me sentía mal. Mamá dijo que no me tardara. De camino al sanitario, me desvié a la habitación de papá y mamá y dejé algunos pedazos de pan en la ventana que estaba sobre su cama. Pasé al lavabo a humedecer mis manos y regresé a la mesa.
Al terminar de comer, intenté ir a quitar el pan de la ventana del abuelo, pero mamá estuvo con nosotros el resto del día y no pude escabullirme. Por la tarde, el cielo se llenó del canto de otoño de los pájaros y supe que el abuelo estaba perdido. Antes de ir a dormir, pasé a decirle buenas noches. El canto ahogado que entraba por su ventana me hizo abrazarlo, para luego salir con el corazón encogido por la pena y el miedo. Lo enterramos hoy, con muchos otros ancianos que tampoco soportaron el frío.
Al volver del cementerio, cuando papá tomó mi mano, noté que tiene algunos puntos azules. Empecé a llorar. Extrañados, papá y mamá me pidieron que me calmara, y me explicaron que el abuelo ya estaba viejo y que esas cosas pasan. Mientras intentaban hacer que dejara de llorar tomé las manos de mamá, que están blancas y tersas como siempre.
De regreso a casa, mamá y papá hablaron sobre mudarnos pronto. Mamá dijo que desde hoy dormiré en la habitación del abuelo, porque la mía no se ventila lo suficiente. Mientras oigo a papá toser y trato de pasar mis cosas, me pregunto si podremos mudarnos antes de que mis azules amigos vuelvan a chocar sus alas contra mi ventana.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Granos de Café



Lo que más recuerdo de la abuela es que, cuando yo era pequeña, ella solía darme granos de café mientras desayunaba, aprovechando que mamá estaba ocupada. También recuerdo que en casa todo el mundo contaba que la abuela nació oliendo a café y que, en cuanto pudo caminar, aprendió a subirse al regazo del bisabuelo para oler su café de las mañanas. Algunos años después, cuando él llevó a casa algunos granos para que los probaran, al tocarlos ella le dijo que iba a romperse una pierna. El bisabuelo se burló de la ocurrencia pero se acordó del aviso cuando dos días después, metió el pie en una zanja y lo entablillaron un par de meses para que se recuperara. A pocos días del accidente, la bisabuela también le dio algunos granos a la abuela y de esta manera descubrió que sería madre en menos de un año. Con el tiempo, la abuela descubrió que podía ver lo que a la gente le iba a pasar en el humo del tabaco y en las palmas de la mano y fue así como la casa en que vivo fue conocida durante mucho tiempo como la de la bruja.
Pero eso fue hace mucho, porque la abuela decidió dejar de ver el futuro cuando empezó a sentirse muy enferma. Dijo que la gente le robaba energía, que no quería desperdiciarla en otras personas y ya no quiso leer el café ni la mano ni el humo de nadie. La última vez que la abuela pudo ver el futuro fue cuando nací, porque tocó mis manos y dijo que yo también podría leer el café. Mamá y papá nunca han creído en esas supercherías, pero el comentario hizo que en casa dejaran de tomarlo.
Cuando crecí, la abuela se dio a la tarea de dejarme granitos de café cada vez que podía. Lo malo es que yo no podía ver el futuro de nadie con ellos. Solo sentía oscuridad y frío cuando los tocaba. Además, veía un espacio vacío y profundo que me hacía sentir náuseas como cuando íbamos a los juegos mecánicos de las ferias y al final vomitaba. Después de algunos intentos en que el resultado seguía siendo el mismo, la abuela me pidió que guardara todos los granos en un botecito que ella me había dado cuando era pequeña y me dijo que en unos días conseguiríamos mejor café para ver lo que le pasaba a la gente.
El primero de noviembre, fuimos, como todos los años, al cementerio. La abuela me pidió que llevara los granos de café. Mi hermano llevó su bicicleta y papá y mamá comida y flores. Como estaban ocupados limpiando las lápidas de nuestro mausoleo, mi hermano pidió permiso para andar un rato en la bici y yo dije que estaría viendo las flores que estaban plantadas cerca. A ambos nos dijeron que sí. Fui a la parte de atrás del mausoleo y empecé a escarbar para meter los granos de café de uno en uno, siguiendo las instrucciones que la abuela me había dado. Cuando me faltaban como cuatro, papá llegó y quiso saber qué hacía. Le mostré lo que tenía en la mano y llamó a mamá con un grito espantoso.
Cuando ella llegó y vio lo que tenía en las manos, me preguntó con los ojos llenos de lágrimas y miedo cómo había conseguido lo que estaba sembrando. Le dije que la abuela me los había dado. Papá preguntó si sabía qué era lo estaba tocando. Respondí que café. Papá tomó uno de mis granos, el que tenía un  borde brillante, y me dijo que lo que tenía en las manos eran dientes. Mamá dijo que no eran solo dientes, porque el que papá sostenía era un diente de oro que había estado en la boca de la abuela.
Aunque tenían miedo, ambos estuvieron de acuerdo en que era mejor dejarme enterrar los dientes, aunque yo decidí guardar la lata y uno de mis granos de café sin que ellos se dieran cuenta. Al terminar, regresamos a ver las lápidas y mamá me pidió que rezara en la tumba de la abuela porque eso la ayudaría a descansar en paz.  Papá no quiso estar con nosotros y fue a buscar a mi hermano. Volvió pronto porque mi hermano se había caído y venía de regreso a contarnos. Ese día hablamos mucho sobre la abuela y papá y mamá quisieron saber desde hacía cuánto que la veía y cómo estaba ella, aunque mi hermano apenas si se enteró porque estaba ocupado limpiando las heridas de sus rodillas.
Por la noche, mi hermano llegó a mi habitación como hacía cuando se sentía triste o enfermo. Me mostró su boca, todavía lastimada por la caída y vimos que uno de sus dientes se había aflojado. Me pidió que se lo quitara. Cuando lo hice, vi que él iría con papá cuando se accidentara el año siguiente. Preferí no decirle nada y luego de calmarlo, regresó a dormir y yo intenté hacer lo mismo, aunque un frío inusual que parecía venir desde mis huesos no me dejó hacerlo pronto.
Esa noche soñé que la abuela estaba frente a mí y parecía molesta. En sus manos tenía el botecito y lo movía, haciendo sonar el diente que yo había guardado. Me desperté con el botecito en la mano y el mismo vértigo de cuando tocaba el café por las mañanas.
 El sueño se siguió repitiendo en las semanas siguientes. La imagen de la abuela ya no me daba tranquilidad como antes. Su rostro parecía distorsionado cuando me acercaba y su boca se abría dejando escapar gritos que hacían que me despertara llorando. Dejé de comer porque en las mañanas encontraba largos cabellos blancos en mi plato de desayuno. Intenté no dormir para no soñar con ella, pero en cuanto caía rendida, veía sus ojos negros brillando de ira y sentía el diente rebotando dentro del botecito.

Cuando entendí que ni ella ni yo podríamos descansar si no enterraba el último de los granos de café, decidí pedirle a  papá y a mamá que me llevaran al cementerio. Al llegar, mientras ellos y mi hermano ponían flores en las tumbas, enterré el último diente lo más pronto que pude y guardé el botecito. Regresé a hablar con la abuela y le pedí que descansara y que me dejara comer y dormir. Nuestra visita no duró mucho y recuerdo haberme dormido en el carro, y desde entonces ya no sueño con la abuela, aunque después de esa visita, a veces, cuando despierto, siento en mi habitación el aroma de los granos de café. También guardo conmigo el botecito, que se ha ido llenando de largos cabellos blancos que mi abuela me deja cuando viene a verme dormir y no quiere despertarme.